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Presentación

442px-Emblem of the Papacy SE svgBienvenido a este blog de actualidad religiosa,de filosofía, de combate de la Verdad contra la secta modernista del "Concilio Vaticano II", de honor, amor y fidelidad al Magisterio infalible de la Santa Iglesia Católica, y de discusión sobre la actualidad de Méjico.
   Este blog pretende también reunir las direcciones de los centros de Misa y de sacerdotes NON UNA CUM, celebrando el Santo Sacrificio en total desunión a "Benedicto XVI" en México.

   No reconocemos, pues, la legitimidad de la autoridad de los "Papas del Concilio" Vaticano II. Estamos ciertos de que solamente esta posición, también llamada sedevacantismo, es la posición teológica que responde perfectamente a la situación actual de la Autoridad en la Iglesia, en particular detallada por la Tesis de Cassiciacum.

   Le invitamos a leer nuestro blog detalladamente. Permítanos presertarle nuestra postura teológica.

   Sea a la mayor gloria de Dios: 


El equipo de México y Tradición

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30 octubre 2012 2 30 /10 /octubre /2012 03:13

LA VALIDEZ DE LAS
CONSAGRACIONES DE MONSEÑOR
NGO-DINH-THUC*
por el R. P. Anthony Cekada

 Escudo-Arzobispal-de-Pierre-Martin-Ngo-dinh-Thuc.png
ESCUDO DE MONS. NGO-DINH-THUC
 

 

 

INTRODUCCIÓN
I. ALGUNAS ACLARACIONES SOBRE LA INVESTIGACIÓN
II. EL HECHO DE LAS CONSAGRACIONES
III. LA VALIDEZ DE LAS CONSAGRACIONES
IV. OBJECIONES DUDOSAS
CONCLUSIONES
RESPUESTA A OBJECIONES PLANTEADAS POR LA
FRATERNIDAD SAN PÍO X
BIBLIOGRAFÍA


Durante una conversación con Monseñor Marcel Lefebvre, en 1980, di a entender que me preocupaba encontrar algún obispo luego de su muerte que pudiera ordenar sacerdotes católicos tradicionalistas y confirmar a nuestros niños.
El Arzobispo -que hasta entonces no había dado indicios de que consagraría obispos algún día- me respondió, con tacto, que ese problema también a él le preocupaba y que «Deus providebit» (Dios proveería). Y agregó -con una de sus típicas humoradas francesas que cada vez que se resfriaba o estornudaba en el interior de la capilla del Seminario de Ecône, casi le parecía oír a los 80 seminaristas que dejaban de rezar para hacer en silencio una sola petición ferviente: «Señor, ¡que viva, al menos, hasta mi ordenación!».


Esta anécdota graciosa pone de relieve un tema grave. Para nosotros, católicos tradicionalistas, los sacramentos constituyen el centro de nuestra vida espiritual y la clave de nuestra salvación. Sabemos que si deseamos oír Misa, recibir la Santa Comunión, recibir la absolución de nuestros pecados y ser fortalecidos con la Extremaunción, necesitamos sacerdotes, y es bien sabido que solo los obispos pueden ordenar sacerdotes.
Pues bien, ¿dónde podemos ir a buscar un obispo que ordene sacerdotes católicos tradicionalistas, y garantizar así que la Misa latina tradicional siga celebrándose en nuestros al tares? El laicado y el clero ligados a la Fraternidad San Pío X (especialmente los seminaristas ansiosos) ya no tienen de qué preocuparse. El 30 de junio de 1988, Mons. Lefebvre y el Obispo emérito de Campos, Brasil, Antonio de Castro Mayer, consagraron cuatro obispos para la Fraternidad San Pío X; desde entonces, estos obispos han ordenado nuevos sacerdotes para la Sociedad y hace poco [en 1991, año de este trabajo, n.d.r.] consagraron un obispo para suceder a Mons. de Castro Mayer en Campos. Los obispos de Lefebvre restringen sus deberes ministeriales meramente a las capillas y el clero que admiten todas las opiniones teológicas de la Fraternidad sin cuestionarlas, y que le rinden el control legal de sus bienes.
Asimismo, estos obispos ordenarán sacerdotes solo a los seminaristas que juren fidelidad a las posturas de la Fraternidad. Muchos sacerdotes tradicionalistas están en desacuerdo con las posturas y las políticas de la Fraternidad. Así que difícilmente podamos pensar en un obispo de Lefebvre si queremos que los niños de nuestras capillas reciban el Sacramento de la Confirmación. Menos todavía podremos hallar un seminario donde formar al clero que nos sucederá algún día, y suponer tan luego que los obispos de Lefebvre fuesen a ordenar sacerdotes a los seminaristas que formáramos.
Muchos sacerdotes tradicionalistas están en desacuerdo con las posturas y las políticas de la Fraternidad. Así que difícilmente podamos pensar en un obispo de Lefebvre si queremos que los niños de nuestras capillas reciban el Sacramento de la Confirmación. Menos todavía podremos hallar un seminario donde formar al clero que nos sucederá al gún día, y suponer tan luego que los obispos de Lefebvre fuesen a ordenar sacerdotes a los seminaristas que formáramos. Pero los obispos de Lefebvre no son la única opción. En los EE.UU. existen
actualmente seis clérigos católicos tradicionalistas comúnmente conocidos como obispos «Thuc», que a diferencia de los obispos de Lefebvre, no pertenecen a una única organización. Trabajan con total independencia unos de otros como la mayoría de los sacerdotes tradicionalistas), aunque algunos de ellos se ayudan mutuamente para realizar determinadas tareas apostólicas. A semejanza de los sacerdotes católicos tradicionalistas, estos seis obispos Thuc también son un grupo aparte. Cinco de ellos son hombres de más edad, formados y ordenados sacerdotes antes que los desastrosos cambios posconciliares hicieran sentir su impacto; uno (más joven) recibió una formación tradicional y fue ordenado según el antiguo rito bastante después de concluido el Concilio Vaticano II. Tres, eran sacerdotes diocesanos; tres, pertenecían a diferentes órdenes religiosas. Cuatro de los obispos colaboran gentilmente con distintas capillas y clero católicos fuera de su propio entorno particular; dos de los obispos están completamente fuera, en órbitas distintas. De estos seis obispos, uno de ellos tiene fama de buscapleitos notorio, otro no es demasiado conocido en ningún sentido, y los otros cuatro (dos de ellos consagrados hace poco) están muy bien considerados en los ámbitos donde desempeñan su apostolado, ya sea por vía de sus escritos o de su ministerio sacerdotal.

 
Los obispos Thuc norteamericanos pueden remontar sus consagraciones episcopales hasta uno de estos dos hombres:


·  - Monseñor M.L. Guérard des Lauriers O.P., ex profesor de la Pontificia
Universidad Lateranense de Roma y del Seminario de la Fraternidad San
Pío X en Ecône, Suiza (él fue uno de mis profesores) y autor de la famosa
Intervención Ottaviani [El Breve Examen Crítico del Novus Ordo Missae,
n.d.r.].
 
·  - Monseñor Moisés Carmona Rivera, sacerdote diocesano procedente de
Acapulco, que durante años dijo la Misa tradicional para numerosos
grupos de fieles de distintas partes de México.


En 1981 Mons. Guérard y Mons. Carmona fueron consagrados obispos por una
misma persona: Monseñor Pierre Martin Ngo-dinh-Thuc (1984), Arzobispo
emérito de Hué, Vietnam.
Mons. Thuc -nombrado por Pío XI y consagrado obispo en 1938- fundó la
Diócesis de Vinh-long y fue nombrado Arzobispo de Hué en 1960. En 1963,
mientras estaba en Roma para asistir al Concilio Vaticano II, su herma no, Ngodinh-
Diem, Presidente de Vietnam del Sur, fue derrocado y asesinado durante un
golpe de estado. Al no poder volver a Vietnam y ser marginado por el Vaticano,
Mons. Thuc sobrevivió a duras penas como sacerdote asistente en distintas
parroquias de los alrededores de Roma.
Aparentemente, su interés por el movimiento tradicionalista habría comenzado
a principios de 1975, cuando visitó el Seminario de Mons. Lefebvre en Ecône,
Suiza. El episodio resultó ser una bendición y no serlo, pues es allí donde Mons.
Thuc entabla amistad con el Padre M. Revaz, antiguo canciller de la Diócesis
suiza de Sión y profesor de derecho canónico en el Seminario de Ecône. Más
tarde, en 1975, el Padre Revaz convenció a Mons. Thuc de que la solución de los
problemas de la Iglesia se hallaba en unas supuestas «apariciones marianas» en el
Palmar de Troya, España, e insistió al Arzobispo para que consagrara obispos
destinados a los seguidores del Palmar que deseaban conservar la Misa
tradicional. Mons. Thuc aceptó y realizó las consagraciones en diciembre, pero al
año siguiente repudió su vinculación con el grupo del Palmar1[1].
Los católicos tradicionalistas que arguyen sobre las acciones posteriores de
Mons. Thuc dentro del movimiento tradicionalista pertenecerían a dos campos
contrarios. El primer grupo lo canoniza, retratándolo como un valeroso héroe que
invariablemente rechazó todos los errores de la Iglesia Conciliar. El segundo
grupo lo injuria, pintándolo como un pobre viejo tonto que carecía del estado
mental necesario para conferir válidamente un sacramento.
Ambos grupos están equivocados. Por un lado, si bien Mons. Thuc decía la
Misa tradicional, difícilmente era otro Atanasio. Sus acciones y sus declaraciones
sobre la situación de la Iglesia a menudo eran, como las de Mons. Lefebvre,
contradictorias y mistificadoras. Y también a semejanza de Mons. Lefebvre,
aparentemente aceptó un acuerdo con el Vaticano para luego cambiar de opinión.
5
Por otro lado, los vaivenes teológicos y los errores de juicio práctico
simplemente demuestran que determinado arzobispo (cada uno elija el que desee)
es humano y falible. Eso no prueba que haya perdido la capacidad mental mínima
que la Iglesia requiere para administrar un sacramento válidamente.
Bueno, hemos hecho alguna digresión. Nuestro propósito aquí no es repasar las
idas y venidas de la trayectoria de Mons. Thuc sino determinar si los seis obispos
Thuc de los EE.UU. fueron válidamente consagrados; es decir, si tienen o no el
poder sacramental que todos los obispos católicos poseen para administrar el
Sacramento de la Confirmación, ordenar sacerdotes que sean realmente sacer
dotes, y consagrar a otros obispos que sean realmente obispos.
Este poder sacramental, denominado Sucesión Apostólica, es transmitido por
un obispo católico a todos los obispos que él consagra. A su vez, ellos [los
obispos] transmitirán este poder sacramental a todos los obispos que ellos
consagren, y así sucesivamente.
Por lo tanto, para realizar nuestra averiguación debemos examinar las
consagraciones episcopales de los dos prelados hasta los cuales se remontan los
seis obispos de los EE.UU., y que son Mons. Guérard y Mons. Carmona. Si las
consagraciones episcopales de los dos últimos pueden considerarse válidas,
entonces toda la línea de órdenes que proceden de ellas es asimismo válida.
Como demostraremos a continuación, todos los hechos importantes, los
pronunciamientos de los Papas, los canonistas (expertos en derecho canónico) y
los teólogos moralistas católicos llevan a una sola e inevitable conclusión:
estamos obligados a considerar como válidas las consagraciones episcopales
conferidas por Mons. P.M. Ngo-dinh-Thuc a M.L. Guérard des Lauriers y a
Moisés Carmona Rivera.
Dado que las consagraciones de los Obispos Guérard y Carmona fueron
válidas, estamos asimismo obligados a considerar como válida toda la línea de
órdenes que procede de ellos, y entonces, también a sostener que los sacerdotes
ordenados en esta línea son verdaderamente sacerdotes y que los obispos
consagrados en esta línea son verdaderamente obispos.


I. ALGUNAS ACLARACIONES SOBRE LA INVESTIGACIÓN


En 1982 dos norteamericanos hicieron su presentación en los EE.UU. como
obispos Thuc. Las circunstancias que rodearon su aparición, dicho suavemente,
no fueron de buen augurio.
 
Uno de ellos era un sacerdote relativamente nuevo dentro del movimiento
tradicionalista, y nunca se conocieron del todo bien los detalles de cómo o por
qué se lo eligió para consagrarlo obispo. El otro vino saltando obstáculos para
lograr su mitra. Como sacerdote, en febrero de 1982, se ufanó de apoyar a Juan
Pablo II. Poco después, el discurso de los obispos Thuc y su línea dura contra
Juan Pablo II comenzó a difundirse. En junio abrazó la posición sedevacantista y
en agosto, el otro norteamericano lo consagró obispo.
De allí en más, los dos obispos se lanzaron denuncias, dividieron capillas,
pronunciaron «excomuniones», pretendieron crear diócesis, y por otro lado,
iniciaron una campaña de «sígueme o muérete», de ésas tan endémicas dentro del
clero tradicionalista.
En enero de 1983 publiqué un extenso artículo en el que exponía estos
entretelones, junto con una semblanza de Mons. Thuc, con defectos y todo. Allí
no examinaba si las consagraciones eran válidas, pero comenté que «haría falta
investigar un poco a fin de averiguar lo que los teólogos y canonistas consideran
prueba suficiente de la validez en tal caso»1[2].
Ante la falta de tal investigación, yo mismo me incliné a ver a las
consagraciones como dudosas. Así también pensaron mis compañeros sacerdotes
del Noreste. Incluso después que nos expulsaran de la Fraternidad San Pío X en
abril de 1983, las actividades de los dos obispos Thuc norteamericanos nos
dejaron ver que la idea de cooperar con ellos era moralmente imposible. Y el
asunto durmió durante dos años.
En 1985 uno de mis colegas, el Padre Donald J. Sanborn, sugirió que nuestro
grupo tomara contacto con Dom Antonio de Castro Mayer, el Obispo emérito de
Campos, Brasil, para ver si estaría dispuesto a ordenar sacerdotes para nosotros,
o al menos a darnos algún consejo. Este prelado había adoptado una postura
fuerte contra la Nueva Misa y se decía que su posición respecto de Juan Pablo II
era mucho más dura que la de Mons. Lefebvre.
El Padre Sanborn visitó Campos en abril de 1985 y conversó largamente con
Mons. de Castro Mayer. Quedó claro que el obispo limitaba su apostolado
exclusivamente a Brasil.
Cuando el Padre Sanborn mencionó el tema de quien ordenaría a nuestros
sacerdotes, Monseñor de Castro Mayer dijo: «¡Recurran a Guérard!».
El Padre Sanborn le respondió que dudaba de la validez de la consagración
episcopal de Mons. Guérard. Monseñor le respondió: «Si es válida para Guérard,

 es válida para mí». El Padre Sanborn le explicó algunas de sus dudas, pero Mons.
de Castro Mayer le respondió: «Guérard es la persona más calificada del mundo
para determinar si la consagración fue válida».


A su regreso, el Padre Sanborn propuso que algunos de nosotros
investigáramos los principios que aplican los teólogos moralistas para determinar
si una consagración episcopal es válida. Dado que yo era escéptico sobre las
consagraciones, me ofrecí para hacer el trabajo con él.
La investigación resultó ser una labor formidable. Con el Padre Sanborn
pasamos, a partir de 1985, por lo menos unas mil horas en bibliotecas de
universidades y seminarios católicos de todo EE.UU., estudiando principalmente
teología y secciones completas de derecho canónico2[3].
La conclusión que comenzó a surgir fue -debo admitirlo- contraria a mis
expectativas de un principio. No existen pruebas «especiales» o «extra» que a
uno le permitan decir que determinada consagración episcopal es válida. Los
canonistas y los teólogos consideran una consagración como harían respecto de
cualquier otro sacramento. Una vez que se realizó, se la considera válida y el
«peso de la prueba » (si correspondiera) es responsabilidad de quienes cuestionan
su validez.


En septiembre de 1988 el Padre Sanborn distribuyó un breve informe interno,
en un encuentro sacerdotal, sobre los principios teológicos que deben aplicarse.
El Padre concluyó que tenemos que considerar a las consagraciones como
válidas.
En general, el informe me pareció convincente. En particular, los comentarios
hechos por el Padre coincidían con lo que había develado de la Bula Apostolicae
Curae de León XIII.
Hubo una discusión acalorada. Más tarde, ese mismo día, conversé con el Padre
Clarence Kelly, que estaba al frente de nuestro grupo. Mencioné que el
pronunciamiento de León XIII parecía echar por tierra mis objeciones en contra
de la validez de las consagraciones (incluida la suya propia). Él me respondió:
«Nosotros no podemos decir que las consagraciones [de los obispos Thuc] son
válidas, o algunos de nuestros sacerdotes querrán asociarse a ellos».
 
En ese punto llegué a la conclusión de que los argumentos contra la validez de
las consagraciones podrían basarse en alguna otra cosa que no fueran las normas
objetivas de la teología sacramental.
Después que dejé la Sociedad San Pío V en julio de 1989, el Padre Sanborn y
yo seguimos comparando los apuntes de nuestras investigaciones. Lo que sigue
es el resultado de nuestros esfuerzos compartidos, pero la mayor parte del crédito
le corresponde al Padre Sanborn, que rastreó las fuentes teológicas y los decretos
papales con tenaz determinación.


II. EL HECHO DE LAS CONSAGRACIONES
 

 

Comenzamos nuestra investigación planteándonos estas dos simples preguntas:
·  - El 7 de mayo de 1981 en Toulon, Francia, ¿realizó Monseñor Thuc el rito
de consagración episcopal de Guérard des Lauriers siguiendo el rito
católico tradicional?
·  - El 17 de octubre de 1981 en Toulon, Francia, ¿realizó Monseñor Thuc el
rito de consagración episcopal de Moisés Carmona siguiendo el rito
católico tradicional?
La respuesta a ambas preguntas es afirmativa.
Pero hay que observar que empleamos una frase torpe. Preguntamos si Mons.
Thuc realizó el rito de consagración episcopal para dos personas, en vez de
preguntar si las consagró. ¿Porqué?
Para dirigir la atención hacia una distinción importante entre dos cosas:
·  - El hecho de un sacramento, i.e., ¿hubo una ceremonia? y
·  - La validez de un sacramento, i.e., ¿sirvió la ceremonia?
Los canonistas y moralistas, como los Padres Cappello3[4], Davis4[5],
Noldin5[6], Wanenmacher6[7] y Ayrinhac7[8] dan por descontada esta distinción.
De igual modo, los tribunales de la Iglesia convinieron en legislar sobre la 
validez de un matrimonio8[9] o de una ordenación9[10]. Primero los hechos,
después la validez.
En este capítulo, por lo tanto, no trataremos el tema de la validez (¿Sirvieron
las consagraciones?), sino tan solo la cuestión del hecho (¿Hubo una ceremonia?;
¿realizó el rito Mons. Thuc?).
No hay duda de que las consagraciones Thuc se realizaron. Pero como algunos
sacerdotes tradicionalistas han protestado por el hecho de que las consagraciones
no han sido «probadas» o «seguras», o que no pueden ser «reconocidas», nos
detendremos unos momentos para probar lo que es obvio.
A. Un Limbo jurídico
Cuando las cosas eran normales en la Iglesia, era sencillo comprobar el hecho
de si una consagración episcopal se había realizado. Uno se dirigía a alguna
autoridad que miraba el detalle en un registro oficial. Si un funcionario
eclesiástico autorizado había asentado la consagración en el registro
correctamente, el derecho eclesiástico la consideraba un hecho «probado» a los
ojos del derecho canónico. Lo mismo se aplica a los bautismos, las
confirmaciones y las ordenaciones sacerdotales.
Si los registros oficiales se extraviaban o se destruían accidentalmente, se podía
tomar otra vía. Se llevaban las pruebas a alguien con autoridad -un obispo
diocesano o un juez de un tribunal del Vaticano-, que examinaba la evidencia y
emitía un decreto declarando que fulano de tal había recibido el sacramento.
Estos funcionarios gozaban de un poder legal denominado jurisdicción
ordinaria, una autoridad que en última instancia provenía del Papa, a los fines de
ordenar, legislar, castigar y juzgar. Parte de esa autoridad consistía en el poder de
establecer a los ojos del derecho eclesiástico que un determinado acto
sacramental había sido realizado, para funcionar como contrapartida sacramental
en el Registro de actos.
En ambos casos -se trate de los registros oficiales o de los decretos de la
jerarquía- alguien con jurisdicción ordinaria estaba ejerciendo su poder. Juzgaba
que tenía las evidencias legales suficientes de que una ordenación en particular,
por ejemplo, se había realizado. La ingresaba en el registro oficial o emitía un
decreto. El hecho de la ordenación quedaba, así, establecido ante la ley. 
A diferencia de esto, consideremos mi propia ordenación. Es un hecho que
Monseñor Lefebvre me ordenó sacerdote en Ecône, Suiza, el 29 de junio de
1977. Pero el hecho no ha sido establecido legalmente. No está asentado en el
registro de ordenaciones de la Diócesis de Sión, como exigiría el derecho
eclesiástico. Si durante mi vida la Iglesia retornara a la normalidad, tendría que
ver a alguien con jurisdicción ordinaria que entonces se expediría sobre la
evidencia, y emitiría un decreto que establecería legalmente el hecho de mi
ordenación.
¿Esto, en donde coloca el hecho de las consagraciones Thuc? En el mismo
plano en que quedan mi ordenación, las consagraciones de Lefebvre y todos los
sacramentos que el clero tradicionalista confiere: en una especie de limbo
jurídico. Dado que nadie dentro del movimiento tradicionalista tiene jurisdicción
ordinaria, nadie tiene poder para expedirse sobre la prueba legal de que
determinado sacramento fue realizado, y entonces establecerlo como un hecho
ante el derecho eclesiástico. Esa es una prerrogativa de los funcionarios
eclesiásticos que recibieron su autoridad de un Papa.
No obstante, los católicos tradicionalistas podemos y efectivamente
establecemos el hecho de que hemos conferido o recibido sacramentos. Nos
valemos de la certeza moral, un concepto sencillo que aplicaremos a las
consagraciones Thuc y también a los demás sacramentos.
B. Documentos
A diferencia de las consagraciones de Mons. Lefebvre de 1988, las efectuadas
por Mons. Thuc tuvieron una difusión pública escasa o nula en los EE.UU. Sin
embargo, es fácil documentar el hecho que las ceremonias se realizaron. Estas
son algunas fuentes:
·  - Fotografías publicadas de la consagración de Mons. Guérard, el 7 de
mayo de 198110[11].
·  - Fotografías publicadas de la consagración de Mons. Carmona y de Mons.
Adolfo Zamora, el 17 octubre de 198111[12].
·  - Las leyendas que acompañan a estas fotos y afirman que Mons. Thuc
efectuó las consagraciones según el Pontifical Romano (edición de
1908)12[13].

·  - Una entrevista de febrero de 1988, efectuada bajo juramento, al Dr. Kurt
Hiller, que estuvo presente en ambas consagraciones y que sostuvo el libro
del ritual (el Pontifical Romano) para Mons. Thuc mientras éste realizaba
el rito de consagración13[14].
·  - Una declaración jurada del Dr. Eberhard Heller, que también estuvo
presente en ambas consagraciones y en la que atestigua que los Monss.
Guérard, Carmona y Zamora fueron consagrados obispos por Mons. Thuc
y que «Las consagraciones se hicieron según el Pontifical Romano (Roma,
1908)»14[15].
·  - Una carta de Joseph Cardenal Ratzinger dirigida a Mons. Thuc, que
habla de una «indagación bien sustentada» hecha por el Vaticano sobre las
consagraciones y en la cual aclara específicamente que Mons. Thuc
consagró a Guérard, Carmona y Zamora15[16].
·  - Una declaración del Vaticano de 1983 que menciona por el nombre a los
que fueron consagrados, y además -como es previsible- denuncia las
consagraciones16[17].
·  - La publicación de una carta de Mons. Thuc, fechada el 11 de julio de
1984, en la que reconoce que en 1981 confirió el episcopado a «varios
sacerdotes, a saber, a los Padres M.L. Guérard des Lauriers O.P., Moisés
Carmona y Adolfo Zamora»17[18].
·  - La publicación de una entrevista a Mons. Guérard en la que él atestigua
que Mons. Thuc lo consagró el 7 de mayo de 1981, que «la consagración
fue válida», que «se siguió íntegramente el rito tradicional (exceptuando la
lectura del mandato romano)», y que «Mons. Thuc y yo tuvimos la
intención de hacer lo que hace la Iglesia»18 19[19].
·  - Una entrevista a Mons. Guérard en la que nuevamente afirma haber sido
consagrado el 7 de mayo de 1981, y que se siguió el rito
íntegramente20[20].
·  - Una entrevista al RP. Noel Barbara, hecha bajo juramento, en la que el
Padre Barbara declara que visitó a Mons. Thuc en 1982, y que Mons. Thuc
reconoció que, de hecho, consagró a Mons. Guérard y a Mons.
Carmona21[21].

Todas estas fuentes, por supuesto, coinciden en la cuestión fundamental: el
hecho de que Mons. Thuc realizó el rito de consagración episcopal para M.L.
Guérard des Lauriers el 7 de mayo de 1981, y nuevamente para Moisés Carmona
y Adolfo Zamora el 17 de octubre de 1981.
Las declaraciones de los doctores Heller y Hiller, y de Mons. Guérard, y las
leyendas de las fotografías (escritas por el Dr. Heller), además, concuerdan en
otra cuestión fundamental: el hecho de que Mons. Thuc utilizó el rito tradicional
para realizar las consagraciones.
C. Un hecho establecido
Ante esta documentación, el lector razonablemente concluye que es un hecho
que Mons. Thuc realizó estas consagraciones y que es un hecho que usó el rito
católico tradicional. ¿Porqué? Todos los documentos apuntan a los mismos
hechos fundamentales. Las partes involucradas nunca cambiaron su relato de los
hechos. «Suena cierto».
Ese «suena cierto» que pensamos al considerar todos los hechos sobre esta
cuestión o cualquier otra, es resultado de la certeza moral, una norma de sentido
común que aplicamos permanentemente.
Los teólogos moralistas católicos dicen que la certeza moral se produce cuando
nos damos cuenta que es imposible que estemos equivocados sobre un hecho
particular, ya que lo opuesto a este hecho es tan improbable que sabemos que
creerlo sería imprudente1[22]. Esto implica, por lo tanto, considerar el opuesto de
algo para ver su grado de probabilidad.
Un ejemplo1[22b] puede servir: Yo no vi morir a Elvis Presley. Pero su esposa,
el médico, el comisario y el enterrador afirman que murió. Entonces pienso lo
opuesto: que Elvis vive y anda acechando entre las góndolas del supermercado de
mi barrio. Pero eso significaría que las cuatro personas que vieron su cadáver y
que dicen que está muerto son todos unos mentirosos y forman parte de una
conspiración en masa. Esto es tan improbable que no podría creerlo. Por lo tanto,
he llegado a tener certeza moral sobre un hecho: Elvis -«El Rey»- está
verdaderamente muerto.
En consecuencia, para llegar a tener certeza moral sobre las consagraciones
Thuc, tenemos que considerar si lo opuesto a las pruebas que poseemos es
suficientemente probable como para ser creíble: i.e., que Mons. Thuc no realizó
la consagración de Mons. Guérard ni de Mons. Carmona, o que si lo hizo no
siguió el rito tradicional.

Esto presupone las siguientes situaciones:
·  1) Que Mons. Thuc, Mons. Guérard, Mons. Carmona, Mons. Zamora (ya
fallecidos) y dos laicos archisedevacantistas mintieron, falsificaron
fotografías dos veces, incurrieron en perjurio en dos ocasiones y se
involucraron en una conspiración complicadísima y muy bien orquestada.
·  2) Que las seis personas más directamente involucradas estaban
completamente equivocadas al creer que habían ocurrido dos
consagraciones episcopales.
·  3) Que Guérard, Carmona y Zamora después confirieron ordenaciones y
consagraciones episcopales que ellos sabían que eran nulas e inválidas.
·  4) Que Guérard, Carmona y Zamora, ayudados e instigados por los
doctores Hiller y Heller, permitieron que Mons. Thuc los consagrara
obispos con un rito distinto del rito católico tradicional.
·  5) Que las personas que intervinieron en las consagraciones también
engañaron a los funcionarios del Vaticano sobre los acontecimientos, o
bien hicieron que el Vaticano participara de la conspiración.
Estas situaciones indudablemente son ridículas y absurdas, y no hay pruebas en
absoluto para sustentarlas. Pero son la única clase de teorías que alguien podría
postular si quisiera decir que no tenemos certeza moral alguna sobre el hecho de
las consagraciones Thuc. Y si acaso alguien piensa que estas alternativas son
creíbles o probables, lo único que puedo decirle es: Mantén tus ojos bien abiertos
cuando estés en el supermercado...
Esto nos deja con la certeza moral sobre el hecho de las consagraciones Thuc;
certeza «que excluye todo temor de error y toda duda seria o prudente»23[23].
Esto es todo lo que los teólogos exigen para cualquier sacramento. Ya que no
tenemos ningún fundamento serio ni prudente como para poner en duda la
realización de las consagraciones, o que se empleó el antiguo rito, debemos
tomar a ambos acontecimientos como hechos establecidos.

 


 


 

 


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Published by Juan Manuel Olivar Robles - en El Sedevacantismo
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