Overblog Seguir este blog
Edit post Administration Create my blog

Presentación

442px-Emblem of the Papacy SE svgBienvenido a este blog de actualidad religiosa,de filosofía, de combate de la Verdad contra la secta modernista del "Concilio Vaticano II", de honor, amor y fidelidad al Magisterio infalible de la Santa Iglesia Católica, y de discusión sobre la actualidad de Méjico.
   Este blog pretende también reunir las direcciones de los centros de Misa y de sacerdotes NON UNA CUM, celebrando el Santo Sacrificio en total desunión a "Benedicto XVI" en México.

   No reconocemos, pues, la legitimidad de la autoridad de los "Papas del Concilio" Vaticano II. Estamos ciertos de que solamente esta posición, también llamada sedevacantismo, es la posición teológica que responde perfectamente a la situación actual de la Autoridad en la Iglesia, en particular detallada por la Tesis de Cassiciacum.

   Le invitamos a leer nuestro blog detalladamente. Permítanos presertarle nuestra postura teológica.

   Sea a la mayor gloria de Dios: 


El equipo de México y Tradición

Archivos

14 octubre 2012 7 14 /10 /octubre /2012 18:23

Estimados lectores:

 

Les anexamos un texto verdaderamente interesante escrito por Don Antonio Rius Facius sobre la trayectoria y pensamiento del Padre Joaquín Sáenz Arriaga. Seguramente ya lo conocen. Sin lugar a dudas, es menester difundir este tipo de documentos a nuestro alrededor.

 

Buena difusión y buena lectura sobretodo!

 

El Equipo de México y Tradición. http://4.bp.blogspot.com/-_GmCAwNVLxQ/TVdbYWyF5kI/AAAAAAAACB8/_t2hdwHx-9E/s1600/Imagen%2B005.jpg¡EXCOMULGADO!: Trayectoria y pensamiento del R.P. Joaquín Sáenz Arriaga
Por Antonio Rius Facius

Ave María Inviolata
Respondo de buena voluntad a la amable invitación que me dirigen los discípulos y amigos del querido padre Joaquín Sáenz Arriaga. Yo debo, por otra parte, pagar una deuda de reconocimiento respecto a un clarividente precursor, que fue un gran testigo de la muy Santa Fe.
Volví a encontrar al padre Sáenz en Roma, en él curso de los años 1970-1972, en las reuniones internacionales que inspiraban el común y vehemente deseo de "salvar" la MISA Yo vuelvo a ver y revivo evocando la mirada ardiente y los vehementes acentos por los cuales el padre Sáenz quería compartir su fervor y comunicar sus convicciones.
Los contactos que yo tuve con el padre Sáenz fueron, sin embargo, bastante escasos.
Algunos otros expresarán mejor que yo al respecto lo que sólo llegué a entrever.
Pero hay un punto sobre el cual debo insistir, ya que queda envuelto en la oscura certidumbre del Misterio de la Fe.
El padre Sáenz era tenido, entre los medios de fieles a la Tradición, por un "extremista". Pues se distinguía de entre los participantes a esas reuniones de la primera hora que se resistían por instinto a la "autoridad" y además estaban conscientes del deber de resistir, el padre Sáenz y el profesor Reinhard Lauth fueron entonces, que yo recuerde, los primeros y por lo tanto los únicos que planteaban la cuestión de saber si la "autoridad" era todavía la Autoridad. En este asunto el padre Sáenz (y además, igualmente, el doctor Lauth) respondió NO. Asimismo, a ejemplo de Jesús que clamaba la Verdad, el padre Sáenz clamó ese ¡NO! Aquello le valdría el honor de la excomunión.
Yo ignoro cuáles fueron los sentimientos que despertó en él esta severa "sanción". De lo que estoy seguro es ante todo del dogma de la comunión de los Santos. Es igualmente que el padre Sáenz que se ha vuelto, nosotros lo esperamos, un "vidente", ha obtenido y continúa obteniendo la luz y la fuerza para que sus hermanos de combate que aspiran a ver, pero a quienes Dios ordena quedarse en la tierra y ahí ser de los creyentes.
Defuntus adhue loguitur.
Pongámonos en comunión con el padre Sáenz y por su intercesión seamos dóciles al Espíritu y testigos de la Verdad.
M. I. G. des Lauriers, O. P.*
En la fiesta de la Inmaculada Concepción
Sábado 8 de diciembre 1979

* El R. P. Guérard des Lauriers, O. P. ha consagrado su vida al servicio de la Verdad dentro de la hondura e inteligibidad de la Fe, según la más pura tradición de la Orden de Predicadores.
Antiguo alumno de la Escuela Normal Superior, recibió el doctorado en matemáticas cuando ya era religioso.
Durante mucho tiempo fue profesor de Teología en Saulchoir, el Escolasticado de los dominicos en Francia, y después en la Universidad Pontificia de Letrán, en Roma.
Posee el grado excepcional de Maestro Laureado en Sagrada Teología.

CapituloI.- ORÍGENES DEL NEOMODERNISMO
La crisis por la que atraviesa la Iglesia postconciliar tiene múltiples facetas que han sido expuestas en diversas formas por sin número de escritores eclesiásticos y laicos, haciendo más confuso el conocimiento de sus orígenes y su real significado. Ocurre ahora algo similar a lo sucedido hace cuatro siglos, cuando se consumó el cisma de la Reforma, al que está ligado el cisma actual, con la agravante de que no es la Sede Apostólica la que, como en aquella época, pudo permanecer incontaminada de todo error doctrinal, sino que, dando un giro de 180°, se ha convertido en el principal impulsor del neoprotestantismo, tratando reunir las fuerzas dispersas del cristianismo en una nueva concepción religiosa que dé cabida a todas las sectas anteriormente condenadas por el magisterio pontificio y ahora, paso a paso, reconocidas como iguales a la Iglesia Católica.
Para adaptar esta disforme teología a los ritos católicos, se hizo necesario una profunda transformación litúrgica que afectó los sacramentos y el sacrificio eucarístico. Como es fácil advertir, existe un largo proceso que es necesario estudiar desde sus remotos orígenes y así poder arribar a la plena comprensión del problema relacionado con la aparición y desarrollo del protestantismo. La Reforma en el siglo XVI resultó factor decisivo en la historia de la humanidad, ya que interrumpió el proceso religioso, cultural y social de Occidente. Sufrimos las consecuencias y habremos de padecerlas durante un tiempo cuyo fin no se avizora.
La inició Martín Lutero en Alemania con su protesta, hasta cierto punto justificada, contra las execciones establecidas por la corte pontificia para cubrir el crecido gasto que significaba la construcción del templo mayor de la cristiandad. Su reto a la autoridad eclesiástica posibilitó el latrocinio de los bienes y las rentas: de la Iglesia. Las clases poderosas, movidas por la ambición, se rebelaron contra la autoridad pontificia, y su contagiosa actitud degeneró en un sentimiento anticatólico hasta culminar con el rechazo de la misa y el misterio de la Encarnación.
El más lejano antecedente del protestantismo se encuentra en los comienzos del Cristianismo. Existen lazos sutiles que dan continuidad a todos los cismas. A principios del siglo IV, cuando se desarrolla el gran movimiento de conversión del Imperio Romano, aparece la herejía arriana; esta era, en esencia, racionalista. No rechazaba abiertamente al catolicismo sino que lo cuestionaba ante la razón que excluye toda causa natural de la existencia, tal y como ocurre, en buena medida, con el progresismo religioso de nuestros días.
No fue un fenómeno aislado; tuvo sus obispos, su propia organización y gran influencia sobre las clases dirigentes durante trescientos años.
Dominada esta escisión surgió, en el siglo vil, una nueva herejía que adquirió dimensiones insospechadas y permanentes: el islamismo. Se extendió, por razones políticas y raciales, a los pueblos de Asia menor, Egipto, África del Norte y, en el siglo IX, se aventuró a conquistar España.
No es posible advertir cuan terrible fue el asalto musulmán y las brechas que abrió en las filas cristianas hasta que España pudo realizar la reconquista. Sin embargo, quedó sólidamente establecido en una parte de Asia, en el Medio Oriente y en vastas naciones africanas.
Los ataques a la religión católica han resultado prueba de fuego a su divinidad. No han cesado desde el día en que Cristo murió en la cruz para resucitar triunfal y definitivamente el tercer día de su inmolación.
El movimiento albiguense aparecido en Albí, Francia, a principios del siglo VII, alcanzó poderosa organización. Contaba con numerosos obispos, sacerdotes y capacidad para realizar concilios. Condenaba el uso de los sacramentos, el culto externo y la jerarquía eclesiástica. Fue una perversión puritana que rechazaba la belleza exterior y arruinaba la bondad interior en aras de una supuesta vuelta a la sencillez evangélica.
La Reforma en el siglo XVI, impulsada por la avaricia de los príncipes del Renacimiento y sostenida por mercaderes y hacendados, algunos de origen nebuloso, constituyó exteriormente un movimiento doctrinal, que pudo ser realizado gracias al debilitamiento de la autoridad temporal de la Santa Sede, debilitamiento originado al instalarse en Aviñón, desde 1305 a 1377, la corte pontificia bajo la hegemonía del rey de Francia. Entonces sucedió lo que se conoce como el Gran Cisma de Occidente: dos papas que se enfrentan, uno en Roma, otro en Aviñón, contando ambos con la lealtad de distintos sectores de influencia política en Europa, hasta que Santa Catalina de Sena hizo que el papado volviese a Roma. Cuarenta años duró este enredo antes que hubiese un solo jefe supremo de la Iglesia.
Cuando en 1517 se inició el quebranto de la unidad católica, la nueva comunidad religiosa adquirió dimensiones insospechadas de odio contra la común, la antigua y única religión cristiana, odio que se manifestaba en insultos abominables contra la Eucaristía, los santos, la Madre de Dios, y alentaba la vileza del hombre que lo degenera en anarquista y en iconoclasta.
A los treinta y cinco años de edad, Martín Lutero había alcanzado cierto renombre local. Distaba de ser un humanista, aunque poseía ciertos conocimientos de teología. Le fue confiada la dirección activa de su monasterio agustiniano y realizó algunos trabajos en la Universidad de Wittenberg.
Cuando León X subió al solio pontificio continuó el mismo sistema de su antecesor, Julio II, para allegarse fondos destinados a la construcción de la grandiosa Basílica de San Pedro.
Más por negligencia que por falla doctrinal perpetráronse abusos con la venta de indulgencias. El dogma de la Iglesia no había cambiado, no podía cambiar: los méritos de los santos pueden sernos aplicados para la remisión del castigo, no para el perdón del pecado. Sin embargo, los hombres de aquella época, mal informados, se sintieron cómodamente dispuestos a comprar la remisión del pecado en lugar de ofrecer una limosna, como sacrificio, para merecer la disminución del castigo.
Este error de interpretación no era general. El otorgamiento de indulgencias, desvirtuado por el abuso, fue rechazado por el cardenal arzobispo de Toledo, jefe de la Iglesia en España, sin que su actitud pudiese ser considerada como desafío a Roma. Martín Lutero hizo lo mismo y, según costumbre de la época, compuso noventa y cinco tesis y las pegó en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg. Hasta aquí su actitud no se apartaba de las reglas establecidas: sus tesis podían ser libremente discutidas, aprobadas o rechazadas según fuese el caso, sin poner en peligro la autoridad del papado y la ortodoxia de la Iglesia. Pero la reacción popular sobrepasó los límites del propósito inicial y degeneró en abierto desafío a la autoridad pontificia. Lutero fue, sin duda, el primer sorprendido de la importancia que alcanzó, en poco tiempo, su protesta, pues no pudo prever la reacción que producirían los distintos factores que, como mezcla explosiva, se activaron para producir ese terrible cisma.
Lutero experimentó vertiginoso encumbramiento; en dos años se vio arrastrado por fuerzas extrañas que modificaron sustancialmente su pensamiento. Era el héroe de una insurrección religiosa y afrontó con soberbia la excomunión contenida en la bula Exurge Domine, expedida en 1520.
Para entonces, en el cantón suizo de Zurich, un sacerdote que gozaba de crédito científico y disfrutaba de una dote papal, se unió a Lutero, convirtiéndose en un decidido revolucionario doctrinal, muy semejante a esa infinidad de eclesiásticos contemporáneos al servicio de la anti-Iglesia. Su desafío a Roma propició la expropiación de los bienes eclesiásticos y la derogación del celibato sacerdotal.
Zwinglio avanzó rápidamente; estableció el principio de la libre interpretación de la Biblia y negó todo misterio a la Eucaristía. Entonces se inició en Zurich violenta inconoclasia que destruyó la belleza de los templos católicos y su simbolismo teológico.
El virus de la herejía saltó de un pueblo a otro, como peste mortal. En Inglaterra se incubó en un rey muy católico, casi fanático, devoto sincero del Santísimo Sacramento y de la Virgen María.
Tomás Cromwell, ministro de Enrique VIII, vio la posibilidad de llenarse los bolsillos con el producto de los bienes conventuales y, aprovechando el lío de faldas en que andaba metido el rey, lo indujo a romper con Roma. El conflicto personal entre Enrique VIII y la Santa Sede pudo haberse resuelto satisfactoriamente, pero las interferencias cortesanas lo impidieron. Durante la tercera década del siglo XVI se asentaron las bases del rompimiento definitivo al que siguió la disolución de monasterios y conventos, y la confiscación de todos sus bienes para provecho de terratenientes, especuladores y aventureros.
Coincidió la disolución de los monasterios con la aparición del libro más importante en la transformación y consolidación de la Reforma: Christianae Religionis Institutes, escrito por Jean Gauvin, originario de Noyon, Francia.
Juan Calvino, como es conocido, creó una nueva concepción religiosa, una disciplina eclesiástica para oponerla a la Iglesia Católica.
No todos los grandes grupos de cismáticos de Europa quisieron seguir a Calvino; ni los ingleses ni los luteranos se sumaron a la rígida organización calvinista, "sin embargo —advierte Hilario Belloc en Cómo aconteció la Reforma— no cabe duda de que el calvinismo, hasta el día de hoy, es el alma del protestantismo."
En 1546, diez años después de la aparición de su libro, surgió en Roma la primera iglesia calvinista importante. En poco tiempo se establecieron otras más que constituyeron pequeños estados dentro del Estado.
La situación oscilaba entre el temor a la rebelión religiosa que acabaría por destruir el arte y la cultura occidental originada en el catolicismo. "Por el otro lado —precisa Belloc—, se había despertado un intenso, feroz creciente odio contra la misa, el Santísimo Sacramento y todo el sistema trascendental; un odio tal que quienes lo sentían se hallaban, a pesar de millones de divergencias, en alianza común. Dicho odio se alimentaba de la indignación popular original contra la corrupción del clero, y en especial contra sus exigencias económicas, pero era mucho más antiguo que esa perturbación, nacida en el último periodo medieval; era tan antiguo como la presencia de la Iglesia Católica en este mundo. Era tan antiguo como los comienzos de la predicación de Jesucristo en Galilea. El genio de Calvino le había proporcionado una organización, una filosofía, un plan de acción, y alma." (1)
Este odio satánico había de prolongarse a través de los años y, a fuerza de embestidas cada vez más agudas, más sutiles, penetraría la muralla vaticana para destruir, desde adentro, la tradición, la doctrina y la liturgia, en un intento, hasta ahora exitoso, de protestantizar la Iglesia, actualizando los métodos puestos en práctica hace cuatro siglos.
A partir de 1559 hasta 1572 se resolvió en un empate, equivalente a la derrota de la unidad europea, el conflicto planteado por la Reforma. La Iglesia no pudo hacer otra cosa que definir la doctrina verdadera. No más desviaciones dogmáticas, no más interpretaciones particulares de los misterios divinos. Cuando se hizo evidente el avance del cisma, la cristiandad sintió la necesidad urgente de convocar a un concilio ecuménico que aclarase dudas y confirmase los principales dogmas católicos. Los primeros intentos para convocarlo datan del año 1537, durante el pontificado de Paulo III. Por distintas circunstancias tuvo que aplazarse una y otra vez, así como la sede escogida, hasta llegar el año 1545, el 13 de diciembre y en la ciudad alemana de Trento, donde al fin fue abierto el Sacrosanto y Ecuménico Concilio.
Larga y accidentada es su historia, así como importantes y trascendentales fueron sus conclusiones. Tres pontífices tomaron parte en él: Paulo III, Julio III y Pío IV. Trece años, recesos y presiones políticas no pudieron torcer los propósitos iniciales. El Concilio de Trento quedó consagrado como uno de los más importantes en la historia de la Iglesia.
Se desarrolló en tres etapas, los teólogos más sabios de aquellos tiempos aportaron su saber y, con la inspiración del Espíritu Santo, el Concilio estudió y definió cuestiones dogmáticas de sustancial importancia: el canon de la Escritura, el valor de la tradición, el pecado original, la justificación y la gracia, los sacramentos, el purgatorio, las indulgencias, el valor y el significado de la Misa; cuestiones todas que habían sido objetadas, en diversas formas, por el multiforme protestantismo.
El capítulo IX, sesión XXII del citado Concilio, dice así: "Por cuanto se han esparcido en este tiempo muchos errores contra estas verdades de fe, fundadas en el sacrosanto Evangelio, en las tradiciones de los Apóstoles, y en la doctrina de los santos Padres; y muchos enseñan y disputan muchas cosas diferentes; el sacrosanto Concilio, después de graves y repetidas ventilaciones, tenidas con madurez, sobre estas materias; ha determinado por consentimiento unánime de todos los Padres, condenar y desterrar de la Santa Iglesia por medio de los Cánones siguientes todos los errores que se oponen a esta purísima fe, y sagrada doctrina." (2)
Importa subrayar la interpretación que la Reforma daba al santo Sacrificio del altar. Aunque con marcadas variantes, hicieron de la misa un "memorial de la Cena", "asamblea eucarística", "reunión de fieles para invocar al Señor"; todo menos "un sacrificio visible, según requiere la condición de los hombres, en el que se representase el sacrificio cruento que por una vez se había de hacer en la cruz y permanecer su memoria hasta el fin del mundo", según lo definió el Concilio Tridentino, sesión XXII, capítulo I.
Después de este Concilio, no le quedaba otro recurso al cisma que reconocer sus errores para retornar a la casa del Padre. No sucedió así; al contrario, el uso de las lenguas vernáculas y las circunstacias regionales hicieron que se multiplicaran las sectas, y quienes nacieron y fueron educados en estas creencias, salvo aisladas excepciones de conversos notables, persistieron en su fe racionalista y abonaron el terreno del que habrían de brotar sangrientas guerras —la Revolución Francesa, al finalizar el siglo XVIII, es equivalente a una revancha de los derrotados hugonotes en el siglo XVI— y sistemas políticos de esclavitud colectiva, fundados en el culto al hombre y la negación de Dios.
La aparición del socialismo, a mediados del siglo pasado, y el progresivo endiosamiento de Carlos Marx, su más importante ideólogo, encontró adecuado caldo de cultivo en las penetradas estructuras protestantes, permeables a la influencia de las logias masónicas, enemigas declaradas de la Iglesia Católica, la cual tuvo que enfrentarse sola a los nefandos errores contenidos en las nuevas teorías en boga. Nadie, sino la Iglesia, denunció la maldad intrínseca del verdadero socialismo.
Pero como son más sagaces los hijos de las tinieblas que los hijos de la luz, he aquí que, con vocabulario engañoso primero, con despiadada violencia después, logró dominar un gran pueblo de rancio abolengo cristiano, en el instante mismo que, derrotado en los campos de batalla, dejaba oír su clamor de justicia y de concordia.
¿Cuántos millones de seres inocentes fueron asesinados para implantar el comunismo en Rusia? Nunca se sabrá. La anti-Iglesia había conquistado una fortaleza de excepcional importancia estratégica en el concierto mundial. Los países más poderosos del mundo en aquella hora aciaga no tenían conciencia de los valores en juego: el protestantismo era su denominador común.
La primera guerra mundial, guerra de intereses económicos, no solucionó la división que, cuatro siglos atrás, había provocado la Reforma. Esta división propició la ausencia de un frente común para combatir con éxito al comunismo, última consecuencia del racionalismo religioso que niega la naturaleza divina de Cristo y la autoridad espiritual de Su Iglesia.
Durante la segunda guerra mundial, el comunismo pudo sobrevivir gracias al apoyo prestado por los Estados Unidos, nación heterogénea en razas y credos religiosos que en la victoria, fue traicionada por sus presidentes Roosevell y Truman al entregar media Europa a la voracidad comunista; media Europa integrada por naciones celosas de sus tradiciones y de su fe católica.
El papa Pío XII resistió la embestida de calumnias y presiones morales. No enmudeció ni transó. La Iglesia permaneció, como otras veces en la historia de la Humanidad, fiel a su misión sobrenatural.
El jueves 30 de junio de 1949, S. S. Pío XII aprobó, confirmó y mandó publicar el Decreto de Excomunión de la Suprema Congregación del Santo Oficio "a quienes se inscriban en los partidos comunistas o los favorezcan, porque el comunismo es materialista y anticristiano, y sus jefes... de hecho, con la doctrina o con las obras, se muestran enemigos de Dios, de la verdadera religión y de la Iglesia de Jesucristo." De ahí que resulta ilícito "propagar o leer libros, periódicos, diarios, folletos que favorezcan la doctrina o las actividades comunistas..." A quienes "consciente o deliberadamente hayan realizado" estos actos, debe privárseles la recepción de los Santos Sacramentos. En resumen: "Los fieles que profesan la doctrina comunista, materialista y anticristiana, principalmente los que la defienden y propagan, incurren por el mismo hecho en la excomunión reservada «modo especial» a la Sede Apostólica como apóstatas de la Fe Católica."
Hasta entonces el magisterio pontificio no había sufrido cambio ni deterioro. Una misma doctrina coherente, un solo pensamiento, una inequívoca condenación al comunismo y a quienes, en alguna forma, lo favoreciesen. Y favorecer es transar con él, negociar con él, aceptarlo y admitirlo como partícipe de la verdad y la justicia. Pío IX en el Syllabus; León XIII en la encíclica Apostolici muneris; Pío XI en la Quadragésimo Anno, en la Divini Redemptoris. Desde sus inicios, la Santa Sede había rechazado categóricamente toda relación con esa nefanda doctrina, una en esencia, múltiple en sus aceptaciones: marxismo, socialismo, comunismo, frente populismo, liberación nacional . . .
En 1958, al morir Su Santidad Pío XII, ascendió al trono pontificio el cardenal Roncalli, quien tomó el nombre de Juan XXIII, ya usado anteriormente por Baldanare Cosa, antipapa entronizado en 1410 y depuesto en 1415.
Como su homónimo, Juan XXIII duró cinco años en el pontificado, tiempo suficiente para sentar las bases del cambio más espectacular sufrido por la Iglesia. Alentado por quienes deseaban "poner al día" la política vaticana, convocó al Concilio Vaticano II, en el que, a pesar de una considerable corriente de opinión para condenar al comunismo, no hubo censura alguna a los errores modernos, y en cambio dejó amplio margen a cambios sustanciales en la liturgia, en la disciplina eclesiástica, en el concepto mundano de la libertad religiosa, en las relaciones, de igual a igual, con otras "iglesias cristianas".
Desde que Juan XXIII recibió en 1963 a Alexei Adjubei, yerno de Kruschev, se dejaron sentir las influencias soviéticas dentro de la Santa Sede. La ostopolitik vaticana se hizo cada día más ostensible. El dramático episodio del cardenal Mindszenty puso al descubierto el valor relativo de las promesas pontificias y los presumibles convenios secretos con la masonería y el comunismo.
En su época, la Reforma protestante no alcanzó en tan corto tiempo las profundas transformaciones que, después del Concilio Vaticano II sufrió la Iglesia con pleno beneplácito del Paulo VI.
Marcada característica del ecumenismo postconciliar es la búsqueda, salvando todas las condenaciones anteriores, de la reunificación con el protestantismo de todos los matices, dando comienzo con la iglesia anglicana y adaptando la liturgia a sus propias normas para llegar al extremo de la "concelebración" catolicoprotestante.
¿Dónde quedó el sacrificio incruento que canonizó el Concilio de Trento? ¿Quién atiende ahora las claras condenas esgrimidas por aquel concilio dogmático? "Si alguno dijere, que el Canon de la Misa —ahora sustancialmente modificado— contiene errores, y que por esa causa se debe abrogar; sea excomulgado."
"Si alguno dijere, que se debe condenar el rito de la Iglesia Romana —como ahora se le condena al prohibírsele para ser sustituido por el Novus Ordo Missae—, según el que se profieren en voz baja una parte del Canon, y las palabras de la consagración; o que la Misa debe celebrarse sólo en lengua vulgar, o que no se debe mezclar el agua con el vino en el cáliz que se ha de ofrecer, porque esto es contra la institución de Cristo; sea excomulgado." (3)
Las palabras son claras para todo aquel que opte por obedecer a Dios antes que a los hombres. Ningún sofisma podrá borrar las condenas en que incurren quienes desprecian la verdadera Misa y se suman, conscientemente, a la liturgia protestante.
La actualización de los mismos errores que condenó el Concilio Tridentino nos hace ver la vigencia de los principios consagrados.
¿Quién se atrevería a afirmar que el tiempo puede trocar las falsedades en verdades? Pues éste es el absurdo que hoy podemos descubrir con la lectura de algunos cánones de Trento:
"Canon I: Si alguno dijere que no se ofrece a Dios en la Misa, verdadero y propio sacrificio; o que el ofrecerse éste no es otra cosa que darnos a Cristo para que le comamos; sea excomulgado."
¿Cómo admitir ahora que "la Cena del Señor, o Misa, es la asamblea sagrada o congregación del pueblo de Dios, reunido bajo la presidencia del sacerdote para celebrar el memorial del Señor"?
La reforma litúrgica, no sólo de la Misa, sino de los sacramentos, reduciéndolos o acercándolos a un mero acto simbólico, fue el primer paso para cambiar las estructuras eclesiásticas y tratar de alcanzar la unidad en todos los pueblos de cultura cristiana, no para presentar un frente común al avance comunista, sino para allanar el camino de la convivencia con el más nefasto de los errores humanos.
El magisterio de la Iglesia, anterior al Concilio Vaticano II, ha sido arrojado al cesto de los papeles inservibles: "...tiene uno la ocasión de reflexionar sobre la ineficacia de las encíclicas —asienta con cruda franqueza Peter Hebblethwaite, en su obra La Iglesia desbordada—. Si fuesen tan poderosas como a veces se dice, el movimiento ecuménico naciente habría sido ahogado nada más al nacer." (4) Pero no sucedió así. Los prelados más progresistas encontraron amplio respaldo en Paulo VI, quien desde antes de ocupar la silla de San Pedro había dado claras muestras de su liberalismo religioso. La jerarquía católica holandesa, en estrecho contacto con la mayoría protestante de su país, tomó la delantera con el Catecismo Holandés —que no católico— detrás del cual vendrían otras versiones del catecismo y de las Sagradas Escrituras para consumo de las nuevas generaciones de bautizados.
Cuando en marzo de 1966, el doctor Michael Ramsey, arzobispo de Canterbury se presentó en Roma como Presidente de la Comunión Anglicana Universal, fue recibido por Paulo VI en el esplendor de la capilla Sixtina. El pontífice le dijo: "Vuestros pasos no resuenan en casa ajena, os llevan a un hogar que, por razones siempre válidas, podéis llamar vuestro." ¡Y vaya que podía llamarlo suvo!: Paulo VI hacía todo lo posible por acercar la Iglesia Católica al cisma protestante. La correspondencia cruzada entre el arzobispo de Canterbury y el pontífice romano —publicada en L'Osservatore Romano— así lo demuestra.
Para evitar toda posible oposición a la política vaticana, el papa Montini —así solían llamarlo en la misma Roma— amplió las atribuciones, tanto personales como colectivas, de los obispos, comprometiéndolos a apoyar los cambios sucesivos, sosyalando las actitudes marxistoides de algunos prelados, pasando por alto declaraciones no pocas veces heréticas; y así, paso a paso, compromiso tras compromiso, les cerró toda opción de dar marcha atrás, so pena de ser señalados como desobedientes a su autoridad.
La desacralización de los templos, el disimulo a todo tipo de experimentos litúrgicos, por más sacrilegos o ridículos que pudieran ser, no pasaron inadvertidos al arzobispo Dwyer, de Birmingham, Inglaterra. Al asistir a la Misa normativa durante el primer sínodo de obispos en octubre de 1967, afirmó: "La reforma litúrgica es, en un sentido muy real, la clave del aggiornamento. No se confundan al respecto: la revolución empieza aquí."
Su predicción resultó exacta: "La Iglesia católica romana se ha «protestantizado». La Reforma, tanto tiempo desechada, ha triunfado de forma incruenta y con efecto retardado. La Iglesia de Roma se ha vuelto indistinguible del protestantismo y pasa a repetir sus errores." (5)
Peter Hebblethwaite, autor de La Iglesia desbordada, es insospechable simpatizador del giro dado por Roma después del Concilio Vaticano II.
Una de las más significativas consecuencias de esta reforma ha sido la reducción en las vocaciones sacerdotales ya que, según rezan las nuevas teorías puestas en circulación por los neomodernistas, "todos somos sacerdotes".
"Las salidas del ministerio se convirtieron en una parte habitual y desconsoladora del hecho sacerdotal durante la decada —revela Hebblethwaite en su libro citado—. Incluso las estadísticas oficiales del Annuario Pontificio consignan la caída de las cifras. En su edición de 1974, cifra en 270 737 el número de sacerdotes diocesanos, o sea 2 396, o el 8.8% menos que el año anterior." Si tomamos en cuenta el aumento de la población mundial, ¿qué porcentaje relativo alcanzará esta disminución de vocaciones sumadas a las deserciones habidas cada año? Esto sin contar el aflojamiento disciplinario en los institutos religiosos y la reducción de exigencias académicas en los seminarios, en los que se ha infiltrado el liberalismo sexual y la política siniestra que comienza a producir agitadores sociales y curas guerrilleros.
Faltando la mística de la entrega total a Cristo, desacralizados los sacramentos, adulterada la Misa, ¿a quién pueden extrañar estos resultados?
Sólo recordando el proceso, siempre similar, de las grandes apostasías, podemos comprender el actual fenómeno religioso. El temor a la desobediencia, sumado a la fuerza psicológica del número, domina escrúpulos, ciega evidencias, convence pusilánimes y acomodaticios; explica, en fin, la traición más espectacular, habida en todos los tiempos, al magisterio milenario de la Iglesia. Son unos cuantos los que se han negado a seguir las nuevas corrientes de pensamiento religioso que desembocan en el mar del sincretismo; unos cuantos que, como el profeta bíblico, claman en el desierto. Su voz, sin embargo, no habrá de perderse. Algún día, sólo conocido por la Providencia Divina, retornará la razón al hombre y la fe verdadera tocará su corazón; entonces será bendecida la memoria de quienes, como el padre Joaquín Sáenz Arriaga, permanecieron fieles a su apostolado, orientados hacia la luz eterna en medio de las tinieblas, inmunes al dolor humano, al insulto, a la burla, al escarnio.
Dar a conocer episodios de su existencia, adentrarse en su pensamiento religioso, descubrir la fuerza motora de su fe invicta y razonada, nos enseñará cuan valiosa y trascendente fue su labor apostólica.
No ha llegado la hora de su total reivindicación; la indiferencia colectiva ha tomado el lugar de las batallas dialécticas, y la poltronería intelectual detiene, fragmenta, minimiza la obra dispersa de quienes, como él, se resisten aceptar la derrota del Magisterio eclesiástico sostenido a lo largo de casi veinte centurias. Pero su causa, que es causa de Cristo, no está perdida; sobre la perversión y los errores humanos está la asistencia del Espíritu Santo.
Con esta semblanza del hombre que se negó a sucumbir en el marasmo de la irreligiosidad, de las componendas, de las "rectificaciones teológicas", quiero ofrecer a los espíritus angustiados un aliento de esperanza en el futuro resurgimiento del auténtico e inmutable catolicismo.

AL QUE LEYERE:
Cuando su eminencia el cardenal Miranda dictó el decreto de excomunión contra el presbítero Joaquín Sáenz Arriaga, se hizo evidente, aun para los neófitos, la crisis interna de la jerarquía eclesiástica.
Este caso, aparentemente rutinario y aislado, era un eslabón más de la cadena forjada en el yunque de la autoridad pontificia, a partir del Concilio Vaticano II; cadena con la que se ha pretendido cerrar las puertas al pasado y aherrojar a quienes denunciaron los cambios dirigidos a la consecución del sincretismo religioso, es decir, a la unificación de todas las sectas que se autodenominan cristianas y la Iglesia Católica, con olvido de las discrepancias que originaron su dispersión.
Las implicaciones dogmáticas de estas radicales innovaciones desembocan en el quebranto de la Autoridad y comprometió al magisterio pontificio anterior, de invariable postura doctrinal que condenó al modernismo teológico, a la masonería, al socialismo en todas sus engañosas acepciones.
Joaquín Sáenz Arriaga, sacerdote católico de sólida formación y voluntad probada en la adversidad, vio a tiempo el origen y las consecuencias de los cambios emprendidos. Denunció los hechos y se atrevió a señalar responsables; cosa inaudita en esta época de relativismo religioso, época de acomodamientos y claudicaciones. La reacción contraria no se hizo esperar. Desde su encumbrada posición jerárquica don Miguel Darío, cardenal Miranda, dictó a su canciller, monseñor Luis Reynoso Cervantes, el decreto de excomunión con el que culminaron innúmeras presiones psicológicas y falsedades esgrimidas en menoscabo de la integridad moral del resistente doctor en Teología.
En su largo camino, Sáenz Arriaga asumió cargos de gran responsabilidad, desempeñó labores apostólicas sin cuento, legó obra perdurable, fruto de su experiencia y su cultura.
Este es un resumen de su vida y de su pensamiento. La hora de su reivindicación y de su triunfo está en manos de Dios.

NOTAS:
1.- Belloc, Hilaire. Cómo aconteció la reforma (How the Reformation Happened), EMECE editores, S. A., Buenos Aires, Argentina. pág. 150.
2.- El Sacrosanto y Ecuménico Concilio de Trento, traducido al idioma castellano por don Ignacio López de Ayala. Agrégase el texto latino corregido según la edición auténtica de Roma, publicada en 1564. Quarta edición, en la imprenta de Ramón Ruiz (Madrid, España), MCCXCVIII. Pág. 245.
3.- ibídem. Sesión XXII, Canon IX. Pág. 247.
4.- Hebblethwaite, Peter. La Iglesia desbordada (The Runawy Church), Editorial Noer, S. A., Barcelona, España, 1977. Pág. 128.
5.- Ibidem. Pág. 250.

CAPITULO II.- TRAYECTORIA DE UNA VOCACIÓN
La prensa de aquel día destacó la noticia: Por "injurias al papa", excomulga la Mitra a un cura antiprogresista.
En el mismo diario, en la sección editorial, el comentario escueto, certero, advertía: "Este hecho tiene aspectos muy graves a nuestro juicio pues plantea, en primer lugar, el problema de la libertad dentro de la Iglesia. ¿Qué no existe la posibilidad de criticar, censurar, o simplemente disentir, dentro de la Iglesia Católica Romana sin que se tenga que correr el riesgo de ser excomulgado? Hace muy poco tiempo que otro sacerdote jesuita militante, Porfirio Miranda, publicó también un libro que lleva por título Marx y la Biblia, de franca inclinación promarxista. A este trabajo don Miguel Darío Miranda dio el «imprimatur», o sea su aprobación, y esta diferencia de trato puede, desgraciadamente, traer muy malos resultados a la Iglesia en México. Porque todo mundo se preguntará: ¿Por qué a un sacerdote «progresista» que se declara marxista, lo apoya la Mitra, y a otro, tradicionalmente, lo excomulga?" (1)
Miguel Darío, Cardenal Miranda, Arzobispo Primado de México, dio por cerrado este caso y nunca más volvió a ocuparse públicamente de él. Como era su costumbre, no se dignó responder a la opinión pública ni a los fieles de su arquidiócesis que se mostraron escandalizados. Por su alto rango eclesiástico, creíase infalible en sus juicios e inmune a toda crítica:
"En la Sala de Gobierno de la Curia del Arzobispado de México, a los dieciocho días del mes de diciembre de mil novecientos setenta y uno" firmó la suspensión "a divinis" y declaró fuera de la Iglesia al presbítero Joaquín Sáenz Arriaga, doctor en filosofía y en teología, cuya trayectoria sacerdotal resiste cualquier paralelismo humano en la historia contemporánea de la Iglesia en México.
Este decreto infamante, lejos de 'doblegar su naturaleza cercada por la enfermedad, fue para don Joaquín estímulo espiritual; un llamado de la Providencia para dar cumplido testimonio de fe, de su fe inamovible, roquera, como la de los Testigos al recibir el Espíritu Santo; como la de los mártires mexicanos cuando votaron con su propia sangre en el plebiscito de la guerra cristera.
Fue una prueba más en su vocación sacerdotal, a la que se sintió llamado desde sus años infantiles hasta el día postrero de su existencia, que estuvo marcada por un destino superior, por una tendencia natural de superación. Fue un niño bueno, consciente de su carga hereditaria que supo conducir hasta el final como una ofrenda de sí mismo a Dios trino y a la Santísima Virgen de Guadalupe, de la que fue gran devoto.
Honró su estirpe de "cristiano viejo", como eran llamados antaño aquellos cuya ascendencia no tropezaba con infieles. En su árbol genealógico hállanse maduros frutos humanos, como el arzobispo Arciga (2), hermano de su abuela doña Loreto Arciga de Sáenz; familia numerosa y distinguida por su prosapia social, por la despejada inteligencia de sus miembros, por su acendrada religiosidad. De origen español, las generaciones de los Sáenz y los Arriaga —conservadores los primeros, liberales los segundos y ambos amantes de la tradición criolla, representativa de la nacionalidad mexicana— cuentan con docenas de religiosos y sacerdotes, algunos de los cuales fueron consagrados obispos y, desde su alta jerarquía, dejaron perenne constancia de su amor a la Iglesia.
Su padre, don Rafael Sáenz Arciga, nació en 1863 y su madre, doña Magdalena Arriaga Burgos de Sáenz, hizo su aparición en este valle de tránsito pasajero, el 29 de mayo de 1862. Ambos eran originarios de la ciudad de Morelia; aquí se casaron y procrearon numerosa descendencia. Joaquín fue el décimo de sus trece hijos; vio la primera luz el día 12 de octubre de 1899.
El pequeño Joaquín no tuvo dudas con su vocación. Desde muy niño sintió el llamado de Dios en su conciencia. Jugaba con sus hermanos al sacerdocio. Tenía diez años cuando, en un rincón de la vieja casona colonial, construyó su propio altarcito, y frente a él actuaba un remedo piadoso de la santa misa. Imponía su autoridad al corto auditorio integrado por sus hermanos pequeños y algún amiguito. Luis y Pablo, menores que él, hacían de acólitos. Empleaba sus dotes oratorias en improvisados sermones y trataba de impresionar a sus oyentes con acentuadas descripciones del Infierno. Su propia piedad se alimentaba con el rezo diario del santo Rosario y, sin darse cuenta de ello, penetraba día a día en la doctrina cristiana que su madre la enseñaba.
Al finalizar el siglo XIX, Morelia era una ciudad floreciente, a pesar de no tener más industria importante que dos fábricas de hilados y tejidos de algodón. Enclavada en una zona eminentemente agrícola, su corta población —34,000 habitantes— estaba arraigada a la tierra y apegada a costumbres seculares. La antigua Valladolid fue fundada el 18 de mayo de 1541 por el primer virrey de la Nueva España, don Antonio de Mendoza. Las generaciones de criollos que se fueron sucediendo conservaron incólumes las virtudes religiosas y creativas de sus ancestros.
Morelia era la Metrópoli del Arzobispado de Michoacán, que comprendía las diócesis de León, Querétaro y Zamora. Don José Ignacio Arciga era arzobispo. Una veintena de templos, algunos relumbrantes exponentes del arte sacro, acogían la piedad acendrada de los morelianos. Para atender la educación popular, una docena de colegios abrían sus aulas a la enseñanza. Tres bibliotecas: en el Colegio de San Nicolás, con 4 000 volúmenes; la pública del Estado, con 15 000; y la del Seminario, con 32 000 libros de todas las épocas hacían prueba de la preocupación de la Iglesia Católica por llevar cultura al mayor número posible de individuos, sin contar las numerosas y selectas bibliotecas particulares que daban, a Morelia, sobresaliente categoría humanística entre las más afamadas capitales de provincia.
Para cursar estudios superiores sólo existía una preparatoria oficial: el Colegio de San Nicolás de Hidalgo, y dos planteles profesionales: La Escuela de Medicina y la de Jurisprudencia. Por el lado religioso, estaba el Seminario, fundado en el siglo XVIII. Para llenar la ausencia de una escuela de enseñanza preparatoria atendida por el clero, fue fundado, en 1902, el Instituto Científico del Sagrado Corazón de Jesús, "para educar cristianamente a la niñez y a la juventud de las clases principales de la ciudad."
En este colegio había primaria elemental, primaria superior, preparatoria, mercantil, estudios agrícolas e industriales, y normal de profesores; amplia gama de carreras que ofrecían horizontes civiles a los alumnos atendidos por los Hermanos de las Escuelas Cristianas.
Desde el año de 1900 hasta el de su muerte, que fue el de 1911, gobernó la Arquidiócesis don Atenógenes Silva y Alvarez Tostado. Sucedióle en el cargo don Leopoldo Ruiz y Flores, cuya responsabilidad histórica habría de resultar mayúscula con la desacertada firma de los "arreglos" entre la Iglesia y el Estado en 1929.
Queda indicada la importancia e influencia religiosa en la apacible y señorial Morelia, en la que vivió sus años infantiles Joaquín Sáenz Arriaga. En el Instituto Científico del Sagrado Corazón de Jesús cursó la primaria elemental y superior, obteniendo notas sobresalientes en sus estudios. Destacaba entre sus compañeritos por su despejado talento.
Aún no cumplía diez años de vida y ya comenzaba a coleccionar esas pequeñas hojas mensuales, testimonios de honor se llamaban, que conforman su imagen estudiantil. Al finalizar su primaria —27 de octubre de 1912—, le fue otorgado sendo diploma en reconocimiento a su excelente conducta, puntualidad y aplicación.
Sintiéndose llamado a la religión, el despierto adolescente pensó ser cartujo; le atraía la vida silenciosa y la propia mortificación en su valor de ofrenda espiritual. Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores le hizo ver que la Iglesia necesitaba soldados dispuestos a la lucha, y con razones convincentes inclinó su voluntad hacia la Orden de San Ignacio.
A los dieciséis años de edad, consciente de su destino personal e intransferible, dejó su casa paterna. Reveses de fortuna habían obligado a la familia a cambiar de domicilio; ahora habitaban una modesta casa ubicada en la sexta calle de Aldama número 1, en Morelia. Doña Magdalena preparó el reducido bagaje de Joaquín. Acompañado de su hermano mayor, Rafael, viajó al puerto de Veracruz. Se embarcó en el navío Buenos Aires, de matrícula española, en segunda clase. El día 11 de agosto de 1916 zarpó el barco. A bordo se encontraban seis monjas teresianas, a las que se unieron dos más, de Morelia, en la breve escala que hizo el vapor en La Habana, Cuba. Joaquín procuró su amistad, pues ellas le proporcionaban una extensión simbólica de su propio hogar durante el tiempo que duró la travesía. El Buenos Aires atracó en Nueva York al anochecer del día 12. El joven viajero envió desde allí una postal a sus padres. A la mañana siguiente, recargado en la barandilla de la cubierta del navío, Joaquín contempló largamente el perfil de la moderna Babel, semejante a las pinadas de su tierra.
Largos días de mar y cielo, antes de avistar la costa española, patria de sus remotos antepasados.
Desembarcó en el puerto de Barcelona y se dirigió a Loyola, cuna del fundador de la Compañía de Jesús. En aquel afamado seminario, jardín delicioso enclavado entre las escarpadas y verdes montañas santanderinas, ingresó el día 15 de septiembre. No lo doblegó la recia disciplina a que eran sometidos los aspirantes a la milicia ignaciana. Aprendió que nada era suyo; todo pertenecía a la comunidad. Desempeñó trabajos harto penosos para un chico acostumbrado al servicio doméstico, a refinamientos sociales y consideraciones familiares. Las dificultades que llevan consigo el tiempo de probación le fueron compensadas con la solícita atención de sus primeros maestros. En ningún momento aflojó su voluntad de seguir el camino trazado por cuantos le habían dado ejemplo de religiosidad.
Antes que Joaquín entrara al Seminario, ya su hermano Luis, tercero en la familia Sáenz Arriaga, había sido ordenado sacerdote católico. Se educó en el colegio Pío Latino de Roma y obtuvo las orlas del doctorado en Teología. En 1911 alcanzó el sacerdocio. Poseía asombrosa inteligencia y, no obstante su juventud llegó a dominar siete idiomas. Joaquín no le quedaría a la zaga. En el transcurso de su existencia aprendió también diversas lenguas: inglés, francés, italiano, portugués, algo de griego, además, claró está, del latín y el castellano.
Luis, activo apóstol en un medio y en una época harto conflictiva, contrajo tifo en una de tantas asistencias a enfermos menesterosos. La deficiente atención médica —se vivían momentos dramáticos de la Revolución— le abrió las puertas de la eternidad en abril de 1917. Su padre, don Rafael, profundamente afectado con su muerte, no resistió los embates de su debilitado corazón y, el 19 de junio siguiente, bien asistido espiritual y corporalmente, llegó al fin de sus días.
Estas defunciones conocidas en el lejano encierro, más fortalecieron el propósito de Joaquín y, con gran empeño, continuó sus estudios sin perder comunicación con su familia ausente en el añorado terruño.
Al año siguiente es enviado a Granada, ciudad de reminiscencias moriscas y acendrada tradición cultural, a cursar el primero de Juniorado y Literatura.
El 16 de septiembre de 1918 hace sus primeros votos de pobreza, obediencia y castidad, que en la Compañía de Jesús, a diferencia de otras órdenes religiosas, se tienen por perpetuas.
Hasta 1922 permanece en esta ciudad, cuya reconquista por los Reyes Católicos unificó la península ibérica bajo el signo de la cruz.
A la sombra de los naranjos olorosos a azahar, cerca del testimonio islámico más artístico de España: la Alhambra; en medio de la luz y la blancura de aquel lugar protegido por la Sierra Nevada, el joven seminarista termina el Juniorado. Estudia Literatura y Humanidades en 1919. En 1920 cursa el segundo grado de ambas materias. Se inicia en Filosofía al año siguiente y, en 1923, termina el segundo grado de Retórica.
No todo el tiempo permanece encerrado en Granada. Con otros seminaristas visita lugares de interés histórico y religioso, como la Basílica del Pilar de Zaragoza, desde donde envía una cariñosa postal a su madre, que radicaba ya en la ciudad de México.
Para el año lectivo de 1923 se traslada a Sarriá, provincia de Barcelona, e ingresa al palaciego Colegio de San Ignacio. Cursa el segundo grado de Filosofía y, al año siguiente, presenta magnífico examen del tercer grado.
El clima y el ambiente difieren de la cálida tierra andaluza. El carácter adusto y franco de los catalanes se asemeja a su país, escarpado y frío.
La preparación jesuítica es intensa y variada. Los futuros sacerdotes no permanecen años y más años en un solo lugar; los trasladan de un lado a otro para que, con el trato de distintas personas y las enseñanzas de maestros preparados, adquieran mayor soltura y seguridad personal, a la vez que amplían y maduran sus conocimientos. En su última carta enviada a su madre desde Barcelona, en junio de 1924, le cuenta que había visto varias veces, durante su estancia en la ciudad condal, al rey Alfonso XIII; a María Victoria, su real consorte; a la reina madre, doña Cristina: "Es un consuelo para los católicos —dice— ver y saludar a un rey tan católico, que tan grandes y magníficas demostraciones ha dado de SU fe y amor a Cristo y a su Iglesia."
El joven seminarista se embarca, con otro compañero, en Barcelona. Su navío pone proa a Nicaragua. Cruza el Canal de Panamá y, el día 2 de septiembre de 1924, llegan él y José Bravo a Granada, República de Nicaragua.
Van asignados al magisterio en el Colegio Centroamericano del Sagrado Corazón de Jesús.
De inmediato se inicia en la enseñanza como maestro del cuarto y quinto grado de primaria. Ayuda, además, al prefecto y queda a cargo de la Segunda División de semiinternos y externos.
Permanece en el colegio todo el año de 1925, dando clases a los alumnos del quinto grado y desempeñando, a la vez, el cargo de prefecto. Entre sus compañeros se encuentra su paisano José Martínez Cabrera. No sería ésta la única ocasión que, durante sus estudios, estuviesen juntos tan buenos amigos.
A principios de marzo de 1926 parte de Nicaragua. Desde la ciudad de La Libertad, República de El Salvador, el rector del Seminario le envía un telegrama invitándolo a visitarlos y deseándole feliz viaje. El joven jesuita comenzaba a darse a conocer por su entrega apostólica y su capacidad intelectual. Pero no puede complacer al Padre Superior del Seminario salvadoreño, pues debía continuar su viaje a México.
Aquí permaneció algunos meses. Estuvo en la ciudad de Puebla, en el Colego Católico del Sagrado Corazón de Jesús. En el otoño de 1926 partió nuevamente hacia España y, en el Colegio Máximo de San Ignacio de Loyola, en Sarriá, cursó el primer grado de Teología. A principios de 1927 marchó a la ciudad de Granada desde donde relata a doña Magdalena que lo visitaron en Barcelona amigos de México, entre ellos Miguel Estrada Iturbide, quien le "pareció muy culto e inteligente". También le informa que recibió carta de su pariente Leopoldo Lara y Torres, primer obispo de Tacámbaro y personaje de gran relieve durante el conflicto religioso en México. Observa que en Sarriá, provincia de Barcelona, sus compañeros del seminario, entre los que se cuentan numerosos mexicanos, están bien informados de lo que sucede en su país, y le anuncia el envío de hojas de propaganda religiosa:
"En el sur de España la gente se ha movido menos; muchos no han comprendido todavía las difíciles circunstancias por las que atraviesa la Iglesia mexicana; creen que se trata de males y hechos intestinos y no de una persecución contra la Iglesia.
"Es menester orar: la oración ha de salvar a México del abismo a donde camina."
Antes de finalizar 1927 Joaquín fue enviado al Woodstock College, en Maryland, Estados Unidos, a estudiar el segundo y tercer grado de Teología, materia que con Filosofía y Derecho Canónigo habría de doctorarse posteriormente. Sus títulos llevan la firma del Prepósito General de la Compañía de Jesús, del Rector de la Pontificia Universidad Gregoriana y los respectivos secretarios de ambas instituciones.
En México se había recrudecido la persecución religiosa. La defensa armada de los católicos tomaba impulsos de heroísmo. Antes de finalizar noviembre, el sacrificio de dos inocentes y dos implicados en un atentado contra el general Alvaro Obregón, conmocionó a la opinión pública mundial. El padre Agustín Pro, S. J., y su hermano Humberto, sin previo juicio, junto con el ingeniero Luis Segura Vilchis y Juan Antonio Tirado, fueron fusilados con ostentosa publicidad en el patio de la Inspección General de Policía, ubicada en el corazón urbano de la capital de la República.
Muchos episodios, propios de epopeya, avalados por la entrega cristiana de los protagonistas, abonaban el fervor religioso del pueblo y estimulaban el deseo de emularlos a quienes, como Joaquín, se preparaban para el sagrado ministerio sacerdotal. El joven seminarista estaba bien informado de cuanto sucedía en su país, y a la medida de sus posibilidades ayudaba a la causa cristera con el envío de propaganda y la transmisión de noticias a las autoridades eclesiásticas a su alcance.
Veraces informes le llegaban por diversos conductos, entre ellos su correspondencia epistolar con monseñor Leopoldo Lara y Torres, uno de los contados prelados que resistieron, eludiendo emboscadas policiacas sin abandonar el país, las embestidas anticlericales. Ni en los momentos de más agudo peligro salió del territorio nacional, fiel a su calidad de pastor a cargo de un rebaño amenazado por los bárbaros del siglo xx.
En carta fechada en la capital de la República el día 8 de febrero de 1928, le informa del recrudecimiento en la lucha cristera, y le hace historia de la destrucción del monumento a Cristo Rey, en el cerro del Cubilete, cerca de Silao, Gto.; la continua aprehensión de laicos y religiosos por el delito de oír misa en la clandestinidad.
¡Si Joaquín hubiese imaginado que, muchos años más tarde él tendría que decir misa en el secreto de su hogar, misa prohibida, no por los perseguidores francos de la Iglesia, sino por quienes ejercen la autoridad eclesiástica!
No eran, los de monseñor Lara y Torres, comentarios superficiales. El obispo de Tacámbaro explicaba con maduro conocimiento las trasgresiones legales del gobierno civil. (3)
Monseñor le relataba también, en otra carta, la infructuosa búsqueda de la policía al obispo de San Luis Potosí, monseñor Miguel de la Mora, vicepresidente del Comité Episcopal, quien, un año después, al reiniciarse negociaciones directas entre Portes Gil y monseñor Ruiz y Flores, bajo la tutela de Mr. Morrow, sería marginado por los responsables de tan desacertado convenio que acabó, sabe Dios por cuánto tiempo, con la posibilidad de restablecer en México un orden social auténticamente cristiano.
Durante su estancia en Nicaragua, Joaquín habíase inficionado de amibiasis. El clima, la insalubridad, los escasos recursos en su voluntario reclusorio le acarrearon esa enfermedad pertinaz, que no le impidió, sin embargo, adelantar sus estudios.
En el Woodstock College cursó con tesonera dedicación el tercer grado de Teología, materia de la que gustaba con predilección. En septiembre presentó examen y luego retornó a México. El entusiasta jesuita quería estar en su tierra, donde nebulosa paz reprimía el desencanto de una derrota inmerecida. El conflicto religioso, mal resuelto en julio de 1929, había permitido la repatriación de los prelados ausentes y la reanudación del culto católico en los templos.
Joaquín fue destinado al Colegio de San José, en Guadalajara, como profesor de inglés y ayudante del bibliotecario y del prefecto.
Repuesto de sus padecimientos gástricos, entregado a sus nuevas obligaciones en una pausa de relativa tranquilidad, el día 30 de abril de 1930, en el templo de San Felipe de Jesús, el arzobispo de Guadalajara, doctor Francisco Orozco y Jiménez ungió las manos del nuevo presbítero de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. El obispo de Tacámbaro, Leopoldo Lara y Torres, fungió como testigo de la ordenación. A esta solemne ceremonia asistieron también el canónigo Rafael Sáenz Arciga, eclesiáticos y familiares del padre Joaquín Sáenz Arriaga.
Don Francisco, don Leopoldo, don Rafael, doña Magdalena Arriaga Vda. de Sáenz y otros miembros de su familia aparecen junto al joven sacerdote en la fotografía tomada en aquella fecha memorable.
Dos días después de este suceso, el padre Sáenz realizó su más hermoso ideal humano, culminación de sus ensueños infantiles. En el mismo templo de San Felipe de Jesús celebró su primera misa el día 2 de mayo. Al elevar la Hostia consagrada y el Cáliz de salvación, el silencio subrayó la mística emoción del celebrante.
Días más tarde, en el oratorio particular de la familia Olvera, en la ciudad de México, dio la Primera Comunión a sus sobrinos Agustín, Francisco y Rafael Sáenz y Sáenz.
Posteriormente salió a los Estados Unidos. Al llegar a Texas pasó unos días descansando en Ruidoso, lindo lugar de recreo enclavado en un paraje rodeado de montañas, antes de ingresar al Woodstock College, en Maryland, para cursar el cuarto grado de Teología.
A principios de 1931 visitó la Universidad de Columbia, en Nueva York. Cierto día, a la hora del almuerzo, acompañado del padre Ford, encargado d Newman Club de dicha Universidad, sentóse a su lado un pastor protestante, profesor del Union Theological Seminary. Conversaron sobre Santo Tomás, mencionaron a Suárez y cambiaron opiniones sobre la filosofía escolástica. No podía faltar una referencia al recién inaugurado Empire State Building. El pastor preguntó al padre si había estado en él, a lo que don Joaquín respondió que no.
—,Y qué filosofía ve usted en ese edificio? —volvió a preguntar.
—Doctor, es mucha filosofía para dar una breve respuesta. Es la filosofía de nuestros tiempos; es la materia ahogando el espíritu; es la nueva Babel que quiere desafiar los poderes divinos.
El ministro protestante guardó silencio. Reflexionó y dijo:
—Dichosos ustedes los católicos, que tienen algo estable para creer; a nosotros nos gustaría un género de ilusión para entretener nuestras vidas.
Cuando se retiraron del comedor, el padre Sáenz preguntó al padre Ford el significado de las palabras pronunciadas por el profesor del Union Theologicai Seminary:
Ninguno de los catedráticos del Seminario protestante creen en Cristo, en su divinidad. . . Ellos piensan que la religión es una exigencia de la vida, un capricho de los hombres, al que hay que satisfacer... ellos, los miembros protestantes, son los artistas de sus iglesias, ganando de esta suerte su sustento. (4)
Don Joaquín iba acumulando conocimientos y experiencias humanas. La religión no sería nunca para él un medio de vida, sino finalidad de su existencia.
Vivía en Pouhkeepesie, N. Y. (St. Andrew —on— Hudson), y, dotado para la oratoria sagrada, se inició en el difícil arte de impartir ejercicios espirituales a muy diversos auditorios. En The Xavier Haigh School los dio, muy eficaces, a las Siervas de María.
Le llegó el tiempo de hacer su tercera probación (equivalente a un segundo noviciado en el que se revisa la vida y experiencias concretas dentro de la Compañía de Jesús, antes de seguir adelante), y ésta la hizo en Poughkeepesie.
Armado caballero de la milicia ignaciana, probada su vocación y examinadas sus experiencias, fue enviado nuevamente a la p

rovincia mexicana.
El 13 de abril de 1932 tuvo a su cargo el piadoso sermón dentro de las solemnidades litúrgicas en honor del Patriarca Señor San José, en el mismo templo donde había recibido las órdenes sacerdotales, dos años atrás.
Dos semanas más tarde, en la Santa Iglesia Catedral, por disposición del arzobispo, doctor y maestro Francisco Orozco y Jiménez, ocupó la cátedra sagrada en la misa solemne que, "para honrar al eximio protector del catecismo en la arquidiócesis", celebró de pontifical el obispo auxiliar, monseñor José Garibi Rivera.
Con su verbo elegante y emotivo, el padre Sáenz contagiaba a su auditorio la firmeza de su credo, su fidelidad a la Iglesia, su devoción mariana. No eran, sus sermones, aburridos panegíricos, sino lecciones que descubrían las esencias evangélicas, dichas con la claridad, la sencillez, la sinceridad de un verdadero apóstol de Cristo.

NOTAS
1) El Sol de México. Diario. 21 de diciembre de 1971.
2) José Ignacio Arciga y Ruiz de Chávez (1830-1900), nació en Pátzcuaro, Mich., allí hizo sus primeros estudios. Ingresó al Seminario de Morelia en 1846 y fue ordenado presbítero en 1853. En el Seminario impartió las cátedras de matemáticas, física y teología hasta que el edificio de la institución fue confiscado en 1859 por el gobierno liberal. De 1862 a 1866 atendió el curato de Guanajuato. Recibió nombramiento de canónigo magistral y obispo auxiliar de Morelia. Ilustre arzobispo de Michoacán durante casi 31 años (1869 a 1900) realizó la floreciente restauración de la arquidiócesis. Restableció el Seminario en un hermoso edificio de estilo neoclásico al que instaló laboratorios, gabinetes, observatorio astronómico, surtida biblioteca. En 1882 contaba este Seminario con 600 alumnos y en los que abrió en Pátzcuaro, Celaya, Santa Cruz, La Piedad y Puruándiro se albergaron 500 estudiantes. En Morelia instaló el Colegio Teresiano para niñas, que alcanzó fama y llegó a tener un mil alumnos. Durante su ministerio ordenó 760 sacerdotes. Murió en la ciudad de México el año de 1900.
3 Lara y Torres, Mons. Dr. Leopoldo. Documentos para la historia de la persecución religiosa en México. Editorial Jus, S. A. México, D. F., 1954. Págs. 223-249.
4) Stoddard, John L. Reedificando una fe perdida. Traducción del presbítero doctor Joaquín Sáenz Arriaga. 4 edición. Buena Prensa, México, D. F., 1956. Pág. 183.

CAPITULO III.- JUVENTUD CATÓLICA, REALIDAD Y PROMESA
El joven sacerdote jesuíta, al entrar de lleno a su ministerio en México, no perdió el tiempo en trabajos rutinarios ni comodones. En sus relaciones con el estudiantado de Guadalajara tomó interés en los problemas concernientes a los universitarios, hasta llegar a integrarse al movimiento de reconquista católica iniciado y continuado bajo diversos planes, coincidentes en el fin, divergentes en los medios.
Y aquí se impone una disgresión cuya importancia quedará establecida al observar los resultados alcanzados por la UNEC (Unión Nacional de Estudiantes Católicos) y otros grupos que, por su privacía, no han sido debidamente valorados en la historia contemporánea de México.
Para defender sus ideas y su misma existencia en la Universidad Nacional de México, los estudiantes católicos activos habían creado, en 1926, la Confederación Nacional de Estudiantes Católicos, cuyo primer asistente eclesiástico fue el jesuíta Miguel Agustín Pro Juárez, fusilado el 23 de noviembre de 1927, antes de que pudiese consolidar la obra iniciada.
Al finalizar el conflicto religioso, se reunieron unos cuantos miembros de la ya menguada Confederación Nacional de Estudiantes Católicos con el propósito de reanudar actividades. Alguien sugirió la conveniencia de consultar al padre Ramón Martínez Silva, S. J., dirigente de la Extensión Universitaria Católica, encargada de suplir en los estudiantes las deficiencias de su formación religiosa y filosófica. Visitaron al sacerdote en el Centro Cultural Labor, instalado en la calle de Cuba 88, ciudad de México.
El resultado de aquel encuentro fue la instalación, el día 31 de abril de 1931, del Comité Organizador de la Convención Iberoamericana de Estudiantes Católicos, auspiciada por la CNEC. Esta asamblea habría de verificarse en la capital de la República durante los festejos del IV centenario de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe.
"Clave de la propaganda preparatoria de la Convención fue el primer periódico estudiantil católico que toda una generación recuerda: Proa. (1) Proa fue obra y creación, en Guadalajara, de Antonio Gómez Robledo" (2), autor de la mejor semblanza del maestro Anacleto González Flores.
El día 8 de diciembre dio comienzo la Convención Nacional con una misa oficiada por el presbítero Miguel Darío Miranda, asistente eclesiástico de la recién establecida Juventud Católica Femenina Mexicana (JCFM), rama fundamental de la Acción Católica Mexicana (ACM), la cual quedó constituida con la antigua ACJM que se pretendió, con esta hábil maniobra, destruirla; la Unión Femenina Católica Mexicana (UFCM), en sustitución de la antigua y meritísima Unión de Damas Católicas, y la reciente Unión de Católicos Mexicanos (UCM), para adultos. La Confederación Nacional de Estudiantes Católicos fue transformada, bajo la dirección del padre Martínez Silva, S. J., en la Unión Nacional de Estudiantes Católicos (UNEC). Luis Rivero del Val, presidente de la Confederación, entregó la presidencia de la UNEC a Manuel Ulloa Ortiz quien, a partir de entonces, fue considerado jefe moral de la Unión.
El 12 de diciembre se inauguró la Convención Iberoamericana con gran éxito. "Todo influyó, además, a la creación del ambiente. Las mismas circunstancias negativas exteriores, «la oposición adversaria que contribuyó un poco a la sinergización», según el pensamiento de Gómez Robledo, y la avidez interior que, como regresados de largos exilios espirituales, acicateaban a todos. . .
"Y la calidad de aquel puñado de muchachos. . .
"Y los maestros. Al lado del equipo más brillante de la Compañía de Jesús —padres Martínez Silva, Mariano Cuevas, Eduardo Iglesias, Francisco Stens, Francisco Portas, Joaquín Cordero, Joaquín Sáenz, el padre Saavedra, colombiano, entre otros hombres de altísima cultura universitaria..." (2)
En la capital de la República se realizó el Primer Congreso Nacional de la UNEC. Entre los días 10 al 20 de septiembre de 1933 se efectuaron las reuniones de la que salió reelecto presidente Manuel Ulloa Ortiz. (3) Tres temas fueron programados: El imperialismo, El problema agrario y Bibliografía del estudiante católico.
"Del primer tema habló el P. (Mariano) Cuevas y, sobre cuestiones agrarias hubo una acalorada e inolvidable polémica entre los padres (Julio) Vértiz y (Joaquín) Sáenz, perfilándose encontradas posiciones de «izquierdas» y «derechas».
"En la última reunión de este congreso nos hizo una viva historia de la Liga de Estudiantes Católicos quien fuera su presidente, don Pedro Duran, en presencia de su fundador, el P. Carlitos Heredia y de don Gabriel Fernández Somellera, presidente que fue del Partido Católico Nacional." (4)
Un año más tarde realizó la UNEC su segundo congreso, en el que resultó electo presidente Armando Chávez Camacho. Es muy significativo que los socios más prominentes de la Unión Nacional de Estudiantes Católicos, figurasen como miembros distinguidos del Partido de Acción Nacional que habría de fundar, un lustro después, el licenciado Manuel Gómez Morín.(5) En esta lista aparecen los nombres de Luis Garibay, Luis Islas García, el mismo Chávez Camacho, el "Chino" Jesús Hernández Díaz, Armando Ramírez, Daniel Kuri Breña, Gumersindo Galván, Manuel Ulloa Ortiz, Gonzalo Chapela, Carlos Septién García, Luis Calderón Vega, Juan Landerreche Obregón. . .
El de 1934 fue un año en que se aceleró la transformación política y económica de México. Producto del régimen revolucionario, hizo su aparición el general Lázaro Cárdenas, de inocultable ideología marxista.
Calles, el hombre fuerte de México, pronunció el 29 de julio de 1934 un discurso en Guadalajara: "Es necesario —dijo— que entremos al nuevo periodo de la Revolución al que yo llamaría el periodo de la revolución psicológica o de conquista espiritual; debemos estar en ese periodo y apoderarnos de las conciencias de la niñez y de la juventud, porque la juventud y la niñez son y deben pertenecer a la Revolución. Es absolutamente necesario desalojar al enemigo de esa trinchera, y debemos asaltarla con decisión, porque ahí está la clerecía: me refiero a la educación, me refiero a la escuela."
Estaba por finalizar el interinato del presidente Abelardo L. Rodríguez, quien había sustituido al impopular Pascual Ortiz Rubio a la mitad del gobierno de marionetas movidas por el Jefe Máximo de la Revolución, general Plutarco Elias Calles; y don Abelardo, más empresario que ideólogo de izquierda, tuvo escrúpulos para autorizar, con su firma, una reforma radical del Artículo 3° de la Constitución, que fija las normas de la educación en México. En sus Memorias hace referencia a tal rechazo: "Se impugnó el proyecto de reformas al Artículo 3°, Constitucional, que propuso la educación socialista. . . Sostuve que se pretendía sustituir al fanatismo religioso con otro fanatismo: el socialista."(6)
Lamentablemente, aunque lo explica su filiación masónica, confundía el "fanatismo religioso" con el derecho a la libertad de creer y practicar la propia fe.
Nada haría retroceder a quienes se proponían imponer la dialéctica marxista en México, y apenas transcurridos doce días de haber tomado posesión del Poder Ejecutivo, el general Cárdenas promulgó las reformas al Artículo 3°, estableciendo la obligatoriedad de la educación socialista. Don Lázaro, adulado, transtornado por el coro de alabanzas emitidas por sus sectarios, pretendió llevar la reforma educativa a las universidades y, a principios de 1935, pidió al rector Ocaranza de la Universidad (Nacional Autónoma de México) se extendiese a las cátedras de ésta. Varios catedráticos eran, personalmente, adictos a las ideas socialistas o sus simpatizadores; pero todos rechazaron el dogmatismo que pretendían imponerles y defendieron la libertad de cátedra, abierta a toda investigación científica y filosófica." (7) Cárdenas tuvo que resignarse a contaminar únicamente las mentes infantiles.
Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores, delegado apostólico, desde el exilio salió en defensa de los fueros de la conciencia católica: "En cumplimiento de nuestra misión divina, terminantemente prohibimos a los católicos, so pena de incurrir en las censuras establecidas por el Derecho Canónico, aprender, enseñar o cooperar eficazmente a que se aprenda o enseñe lo que se ha llamado en México «educación socialista». Porque la reforma del Artículo 3° de la Constitución se reduce al ataque sistemático de toda idea religiosa y a la propaganda perniciosa de las utopías del comunismo." (8) Al correr de los años, ¡cómo habrían de cambiar las directrices de la Santa Sede y la verticalidad humana de muchos prelados!
La existencia precaria de lo que fue la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, a la cual, por exigencia categórica del arzobispo Pascual Díaz y Bárreto hubo que amputarle el adjetivo "Religiosa", con sus consecuentes implicaciones de apoyo moral y crédito humano que había alcanzado, se sostenía con la comunicación entre antiguos cristeros que andaban, algunos de ellos, eludiendo el rencor asesino de milites y agraristas vengativos.
Surgieron algunos brotes de rebeldía armada, prontamente sofocados por el rechazo a una nueva "cristiada" de casi todo el Episcopado Nacional, que no sólo negó su reconocimiento a la Liga, coordinadora de estos inútiles heroísmos, sino que, en casos concretos, obispos hubieron que anatematizaron a quienes ofrendaban sus bienes y sus vidas por defender la libertad cívica y religiosa.
En el ámbito juvenil, hubo saludable respuesta a las avanzadas socialistas. Las agrupaciones católicas, UNEC y ACJM encauzaron la generosidad de los jóvenes hacia una mayor conciencia religiosa, dejando a un lado toda actitud política y aun social, de acuerdo con los términos derrotistas fijados en los Arreglos de 1929.
Desde el año 1933 se encontraba el padre Sáenz en Guadalajara. Asistía al templo de los jesuitas y tenía a su cargo la Congregación Mariana y la de San Luis Gonzaga. Compenetrado de la importancia que habían adquirido las "asistencias religiosas" en las agrupaciones de jóvenes, era llamado a importantes reuniones o asambleas juveniles, como la de la UNEC, antes mencionada, realizada en México en septiembre de ese año.
En este marco de actividades, a la que hay que añadir la de confesor de jóvenes y estudiantes, permaneció en la capital jalisciense todo el año 1934 y el de 1935, a mediados del cual —16 de julio— pronunció en la ciudad de México sus últimos votos. Recibió nombramiento de coadjutor espiritual; es decir, se le impedía ocupar puestos de gobierno en la Compañía. Tal actitud de sus superiores sólo se explica por la costumbre generalizada de así hacerlo con la mayoría de los jóvenes recién ordenados y también, posiblemente, por un recelo egoísta e injustificado hacia su advertida capacidad intelectual y espíritu de independencia, aunque el padre Sáenz había demostrado sensatez y capacidad de obediencia.
Al participar en la constitución y desarrollo de los grupos estudiantiles abocados a defender privadamente los principios religiosos y los derechos inalienables de la educación cristiana, no había hecho más que ser consecuente con la realidad mexicana de aquel tiempo. Don Joaquín sabía que no hay sociedad, por muy secreta que sea, capaz de conservar la doctrina social católica si sus miembros, si el medio ambiente en que germina y se desarrolla no está impregnado de fe, orientado con ejemplos válidos y dirigido con insospechada ortodoxia.
En su labor docente, para mejor orientar a la juventud dándoles razones para retornar a la confianza, tradujo la obra de un notable converso: John L. Stoddard, cuyo título revela la calidad orientadora del libro: Reedificando una fe perdida.
Aunque tipográficamente deja mucho que desear esta primera edición realizada por la editorial Layac, en México el año 1934, la favorable aceptación que tuvo demostró la utilidad del trabajo del traductor y anotador. En una de sus notas aclaratorias se anticipa a un grave dilema que afrontaría la Iglesia del postconcilio; el de la libertad de creencias: "Una cosa es la tolerancia en el orden de las personas y otra muy distinta, la tolerancia en el orden de las ideas. La primera eleva y ennoblece; la segunda abaja y envilece. . .
"Evidentemente la Iglesia Católica es y debe ser intolerante en su doctrina, porque esa doctrina constituye el precioso caudal de la Divina Revelación que para su custodia y fiel transmisión le dejó encomendado su Divino Fundador."
Compañero y amigo de algunos miembros notables de la Compañía de Jesús, el padre Sáenz Arriaga se distinguió en el campo social y educativo. Durante toda su vida tuvo la virtud de afianzar afectos perdurables. Entre sus amigos más adictos contáronse, desde su retorno definitivo a México, los padres Ramón Martínez Silva, Eduardo Iglesias, Carlos M. de Heredia (a quien sus cofrades habrían de someter a examen psiquiátrico, dizque porque estaba "loco"), José María Altamirano, José Antonio Romero, Alfredo Méndez Medina, Guillermo Terrazas y toda aquella pléyade de jesuítas desaparecidos que colocaron a la provincia mexicana en un lugar difícilmente alcanzado en todo el mundo durante la primera mitad del siglo XX. Después habría de llegar la traición que sumiría a la Orden de San Ignacio en el peor momento de su historia.
Los "Arreglos" habían tenido la fuerza necesaria para dividir por primera vez a los católicos practicantes. El espíritu de obediencia predominó en los más, que así resolvían, cómodamente, su compromiso interior. En otros perseveró el propósito de continuar luchando, de acuerdo con las circunstancias, siguiendo distintas tendencias y proyectos que acabaron por minimizar resultados.
La UNEC fue una de las instituciones eclesiásticas en la que prendió el deseo de abrir nuevos frentes. En Guadalajara, almacigo de cristeros, la Unión Nacional de Estudiantes Católicos desarrolló extensa y valiosa obra cultural, bajo la presidencia de Antonio Gómez Robledo y, después, de Francisco López González.
La ACJM, dentro de las limitaciones de su nueva estructura, reagrupaba a sus miembros y, discretamente, reconstruía los círculos preparatorios de piedad, estudio y acción limitada a la catequesis.
Carlos Cuesta Gallardo, sobrino del gobernador porfirista Manuel Cuesta Gallardo, precursor de una reforma agraria consecuente con la realidad mexicana, que por circunstancias políticas de la época no fue posible realizar, era un estudiante apasionado de la historia que, por decisión familiar, había tenido como maestro de la de México al padre Mariano Cuevas, S. J.
El gobierno del Estado de Jalisco, del que era titular Everardo Topete, de acuerdo con las tendencias sociopolíticas de la Revolución Mexicana, convirtió la vieja Universidad de Guadalajara en Universidad Socialista de Occidente. Muchos estudiantes la abandonaron.
Carlos Cuesta Gallardo, como presidente de la Federación de Estudiantes Universitarios, dio la pelea contra los avances programados de la educación socialista, alentada por la irreligiosidad y anticlericalismo del Jefe Máximo de la Revolución, soslayada por el general Abelardo L. Rodríguez, desde la Presidencia de México y posteriormente "legalizada" por Lázaro Cárdenas.
En concurrida asamblea realizada el domingo 21 de octubre de 1934, la Federación de Estudiantes Universitarios de Jalisco demostró el unánime pensamiento y el propósito decidido de rechazar toda ingerencia socialista en la educación y en la vida nacional.
Fruto de aquella "magna asamblea" fue el manifiesto publicado, que terminaba con estas palabras solidarias de la actitud asumida por los estudiantes poblanos:
"No queremos socialismo porque queremos libertad. No queremos educación socialista porque queremos ser libres. No queremos la suspensión de la cátedra libre porque exigimos libertad."
Carlos y sus compañeros contaban con el apoyo de todas clases sociales y el respaldo moral de los educadores laicos y religiosos, entre ellos Sáenz Arriaga, discreto y prudente consejero, con carácter personal, de los universitarios.


200px-Padre_Saenz_jovencito.jpg

El "Güero" Cuesta, como le decían familiarmente sus amigos, Ángel y Antonio Leaño Álvarez del Castillo, y Dionisio Fernández, todos ellos directivos de la Federación de Estudiantes Universitarios de Jalisco, sumaron recursos económicos y esfuerzos personales para fundar una universidad independiente del subsidio oficial.
El hecho culminante que provocó la creación de la nueva universidad tuvo lugar en la Plaza de Armas de la ciudad de Guadalajara.
En todo México cundía el disguto por la educación socialista. Los camisas rojas (9) —jóvenes reclutados con el señuelo de alcanzar beneficios económicos y prebendas políticas, precursores de los potenciales guerrilleros de hoy, dirigidos por activos marxistas-leninistas bajo el mando de Tomás Garrido Canabal, Secretario de Agricultura— se enfrentaban a estudiantes, a obreros, a gente de clase media aún incontaminada de la nefasta filosofía.
En Guadalajara, el 28 de febrero, miembros de la Federación de Estudiantes Universitarios fueron atacados por estos rojillos exaltados cuando rechazaban, en ordenada concentración, la escuela socialista.
El día 3 de marzo, un millar de personas se congregaron frente al Palacio de Gobierno a manifestar su repudio a quienes se oponían a la libertad de expresión y al rechazo de la educación socialista. Sorpresivamente fueron agredidas a balazos desde la residencia oficial. Espanto, gritos, carreras, desafíos temerarios. Heridos en el pavimento y tres muertos: el licenciado Salvador Torres González, catedrático universitario que quiso defender un grupo de niñas y recibió un balazo en el cuello; José López, obrero; Crescenciano Núñez, campesino. . .
Ese día aciago quedó formalmente fundada la Universidad Autónoma de Guadalajara de la que fue primer rector el licenciado Agustín Navarro Flores, conocido intelectual católico que había formado parte de la plana mayor de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa.
"Activamente, brillantemente el equipo de la UNEC, con los universitarios más destacados, participó en el movimiento, haciendo actuar en acciones solidarias de escala nacional a los grupos esparcidos por todo el país. Armando Chavez Camacho, entonces presidente de la CNE (Confederación Nacional de Estudiantes), se empeñó personalmente en la empresa..." (10)
Más tarde fue la lucha en el Consejo de la Universidad Nacional Autónoma de México, para que la nueva universidad jalisciense fuera reconocida y oficializada por la misma UNAM. También en esa ocasión vio la UNEC que su gente se hacía solidaria de los estudiantes tapatíos y que obtenían el espaldarazo de la Universidad Nacional.
Cuando la UNEC fue establecida en Guadalajara, en 1932, era Superior de los jesuítas en el Instituto de Ciencias, el R. P. Jesús Martínez Aguirre, E. J. Al finalizar 1934, éste y el joven presbítero Joaquín Sáenz Arriaga, S. J. estuvieron informados de la creación y las características de una sociedad local, cuyas actividades eran mantenidas en absoluta reserva, contrariamente a la eufórica y ostentosa labor de la UNEC. Así convenía actuar. La persecución religiosa permanecía latente; ahora estaba dirigida contra la libertad de enseñanza.
El grupo juvenil acaudillado por Carlos Cuesta Gallardo despertó los recelos de los entusiastas dirigentes de la UNEC, quienes vieron con sorpresa cómo la nueva Universidad Autónoma de Guadalajara era dominada por los miembros de esta misteriosa sociedad a la que se le dio el nombre de "Los Tecos".
Carlos González, presidente del grupo regional de la UNEC, no podía comprender la confianza que mostraba el padre Martínez Aguirre, S. J., hacia aquella agrupación independiente. Cuando éste se marchó a la ciudad de México para hacerse cargo del Instituto Patria, llegó a Guadalajara en su lugar el padre Manuel Figucroa, S. J., quien, puesto en el secreto, continuó soslayando esa extraña sociedad que parecía haber sobrepasado a la UNEC en organización e influencia en los medios católicos.
Hubo algunas discrepancias y rozamientos. El padre Sáenz tuvo diferencias de opinión con los dirigentes "tecos" de la Universidad Autónoma de Guadalajara, diferencias en asuntos de forma, nunca de fondo pues era natural que la Compañía de Jesús, habituada a la ciega obediencia de las instituciones puestas bajo su "asistencia religiosa", resintiera la verdadera autonomía de los consejeros responsables de la Universidad.
El Tercer Congreso Nacional de la UNEC tuvo lugar en México, durante el mes de septiembre de 1936. Daniel Kuri Breña ocupó la presidencia y, en el mes de abril del año siguiente, don Ramón Martínez Silva entregó la UNEC al brillante sacerdote recién llegado de los más acreditados centros culturales europeos: Jaime Castiello y Fernandez del Valle, S. J., miembro de una familia jalisciense. Entusiasta, preparado, dinámico, creativo, don Jaime no cumplía aún 40 años de edad. Su labor, que pudo ser valiosa, se truncó en un accidente automovilístico que le costó la vida el 28 de diciembre de 1937.
Cuando estuvo en Guadalajara, el padre Jaime Castiello, S. J., habló con el arzobispo Garibi Rivera, con Efraín González Luna, con Leaño; pidió una entrevista privada con Carlos Cuesta, que no se realizó, y otras personas del medio católico. Los jóvenes de la UNEC sospechaban que don Jaime andaba conspirando: "¡Conspiración muy inocente y hecha a la luz del día —escribe a su padre—. Aunque enteramente indigno, soy Asistente General de los grupos de acción católica del país." (11)
No cesaron los ataques a los "tecos". La UNEC estaba resentida por haber perdido su influencia en la Autónoma de Gualalajara.
En sustitución de Castiello fue nombrado el padre Julio Vértiz, S. J., célebre orador sagrado quien se hizo respetar y obedecer por los desorientados directivos de la UNEC, que se veían interferidos y acabaron por ser absorbidos por la ACJM, cuando a ésta se la privó de su fundador y asistente eclesiástico, padre Bernardo Bergoend, S. J., y se puso en su lugar al hermano de don Javier, el R. P. Alfonso Castiello, S. J., lo cual sucedió en octubre de 1940. Ese mismo año cesó el padre Julio Vértiz en la UNEC, y ocupó su cargo Enrique Torroella, S. J.
El Cuarto Congreso de la Unión Nacional de Estudiantes Católicos se verificó en septiembre de 1938. El "Chino" Jesús Hernández Díaz resultó electo presidente. En el Quinto Congreso, ya con el padre Torroella como asistente eclesiástico, ascendió a la presidencia Luis Calderón Vega. Era el mes de diciembre de 1940 y, a principios de 1941, la UNEC fue desarticulada para intentar que sus miembros ingresaran el novedoso Movimiento Estudiantil y Profesional (MEP), de la ACJM. Como es de suponerse, tal pretensión fracasó rotundamente. Hubo un último congreso de la Unión, en diciembre de 1942, y tocó a Manuel Cantú Méndez la ingrata responsabilidad de dar por desaparecida para siempre esa Unión Nacional de Estudiantes Católicos, que contó con miembros sobresalientes, entusiastas, pero incapaces de conservar incontaminado ese organismo receptor de los más puros ideales juveniles.
Todo lo anterior viene a cuento para ofrecer un panorama de las influencias, intereses y maniobras que dentro de la Compañía de Jesús hacíanse, día a día, más notorias.
¿Qué fuerza extraña movía, en la sombra, los hilos de la trama?

Antonio Rius Facius
¡EXCOMULGADO!
NOTAS
1) Antes que Proa, otras publicaciones señalaron la presencia de la juventud. El Centro de Estudiantes Católicos lanzó, el 15 de septiembre de 1913, el primer número de su excelente revista mensual: El Estudiante, dirigida por Julio Jiménez Rueda; jefe de redacción, Alberto de María y Campos; administrador, Luis B. Beltrán y Mendoza. Posteriormente, en 1917, la Asociación Católica de la Juventud Mexicana publicó el periódico, también mensual, titulado ACJM, y, a partir de enero de 1920, editó su excelente boletín: Juventud, Católica.
2) Calderón Vega, Luis. Cuba 88. México, D. í\, 1959. Pág. 30.
3) En agosto anterior, "por indicación hecha a su favor por el maestro, licenciado don Manuel Gómez Morín", ingresó al Banco de Londres y México. Leal y eficaz colaborador en sus actividades financieras y políticas, se jubiló en julio de 1972.
4) « Ibídem. Pág. 47.
5) La OCA (Organización, Cooperación y Acción), mejor conocida como la "Base", en su sección 11, llamada Sinarquismo y Política, agrupó al campesinado en la Unión Nacional Sinarquista y, como órgano político, dio origen a un segundo Partido de Acción Nacional (en 1934, miembros del Centro de Estudiantes Católicos, habían fundado un partido político llamado Acción Nacional, intento inmaduro que sin sustentación jerárquica no pudo consolidarse) encabezado por el licenciado Manuel Gómez Morín. La asamblea constitutiva declaró del 17 de septiembre de 1939; y, el día 18, también en la ciudad de México tuvo lugar el Primer Consejo Nacional Sinarquista en el que entre otros, hicieron uso de la palabra Manuel Gómez Morín, Jesús Vértiz, Miguel Estrada Iturbide, Jesús Guiza y Acevedo e Isaac Guzmán Valdivia, todos ellos integrantes de la "Base", excepto Gómez Morín cuyos antecedentes liberales explican la independencia que, desde sus comienzos, obtuvo el PAN respecto al grupo secreto que había auspiciado su fundación. Transcurrido un lustro, en diciembre de 1944, el Jefe Nacional del Sinarquismo, junto con otros jerarcas, renunciaron a la dirección del Consejo Supremo de la "Base", lo cual contribuyó a que desapareciera esta ambiciosa organización. El Comité Episcopal presidido por el arzobispo Garibi Rivera, en vista de la "desobediencia y perjurio" "a las legítimas autoridades de la organización, declaró excomulgados a todos los jefes y miembros juramentados agrupados en torno al jefe Torres Bueno.''
No todos los prelados se plegaron a tan drástico castigo. El arzobispo de Durango, monseñor José María González y Valencia, decano del Episcopado, llevó dicha causa a Roma. La excomunión fue írrita en casi todas las diócesis.
La OCA había sido establecida en el año 1936 con la suma de miembros de la "U", de las "Legiones", de la "Unión popular", de la "Liga", de la "Guardia Nacional" o cristeros y restos de las "Brigadas Juana de Arco". El Episcopado Nacional no fue ajeno al proyecto que se consolidó con la adecuada representación de la Acción Católica Mexicana, federaciones y Confederación Católica del Trabajo, Obreros Guadalupanos, Unión Nacional de Estudiantes Católicos, Unión Femenina de Estudiantes Católicas y otros grupos. Un Consejo Supremo, desde la ciudad de México, controlaba las diversas secciones especializadas que llegaron a ser diecisiete, mediante desarrollo celular, conocido por todos los obispos en sus diócesis. La Compañía de Jesús, mediante "asistencias eclesiásticas", conducía las operaciones de las organizaciones católicas que antecedieron e integraron la OCA, cuyos directos responsables fueron los padres jesuítas Eduardo Iglesias, Joaquín Cordero B., Manuel Cordero y Joaquín Sáenz Arriaga.
Un esquema de lo que fue esta importante organización nos la ofrece el licenciado Rafael Capotillo Robles Gil en su obra La Universidad y la contra-universidad, impresa en México en 1978.
6) Rodríguez. Abelardo L. Autobiografía. México, I). F.. 1962. Pág. ISO.
7) Bravo Usarte, S. J„ Tose. La educación en México. Editorial Jus, S. A. México, I). F„ 1966. pág. 175.
8) Ruiz y Flores, Exmo. Dr. Leopoldo. Orientaciones y normas dadas por el Exmo. y Rev. Del. Aposl. San Antonio Texas. U. S. A., a 2 de febrero de 1935.
9) Dromundo, Baltasar. Tomás Garrido, su vida y su leyenda. Editorial Guarania, México, 1953. p. 114: "En los años 1934 y 1935 podía observarse que, si bien esos grupos dependían directamente de Garrido, las órdenes de éste eran transmitidas a los camisas rojas por medio de tres o cuatro personas de confianza..." p. 116: "Los camisas rojas, organizados militarmente, no siempre iban armados, pero ocasionalmente sí. Para entonces ya habían luchado contra los universitarios de México, en plena calle."
10) Calderón Vega. Luis. Ibidem. Pág. 145
11) Ortiz Monasterio, Xavier. Jaime Castiello, maestro y pula de la juventud universitaria. Editorial Jus, S. A., México, D. F., 1956. Pág. 290.

 

Continúa 2da parte.

Compartir este post

Repost 0
Published by Juan Manuel Olivar Robles - en El Concilio Vaticano II y sus herejías
Comenta este artículo

Comentarios