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Presentación

442px-Emblem of the Papacy SE svgBienvenido a este blog de actualidad religiosa,de filosofía, de combate de la Verdad contra la secta modernista del "Concilio Vaticano II", de honor, amor y fidelidad al Magisterio infalible de la Santa Iglesia Católica, y de discusión sobre la actualidad de Méjico.
   Este blog pretende también reunir las direcciones de los centros de Misa y de sacerdotes NON UNA CUM, celebrando el Santo Sacrificio en total desunión a "Benedicto XVI" en México.

   No reconocemos, pues, la legitimidad de la autoridad de los "Papas del Concilio" Vaticano II. Estamos ciertos de que solamente esta posición, también llamada sedevacantismo, es la posición teológica que responde perfectamente a la situación actual de la Autoridad en la Iglesia, en particular detallada por la Tesis de Cassiciacum.

   Le invitamos a leer nuestro blog detalladamente. Permítanos presertarle nuestra postura teológica.

   Sea a la mayor gloria de Dios: 


El equipo de México y Tradición

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14 octubre 2012 7 14 /10 /octubre /2012 20:17

200px-Padre Saenz jovencitoCAPITULO IV.- DIRECTOR DE LAS CONGREGACIONES MARIANAS
Característica peculiar de la Compañía de Jesús es el sorpresivo traslado de ciudad y la mudanza de labores encomendadas a sus miembros. Al padre Sáenz Arriaga, que tan eficazmente había desempeñado su trabajo cerca de los estudiantes de Guadalajara, lo enviaron a dar clases de español en el Spring Hill College, de El Paso, Texas, y en Mobile Co. de Alabama, provincia eclesiástica de Nueva Orléans. En los Estados Unidos se pasó el año de 1936 y, en 1937, lo mandaron a la casa de ejercicios de Santa María de Guadalupe, en Chihuahua, Chih. Con él estaba el padre Guillermo Terrazas, también S. J. y ambos se dedicaron a organizar ejercicios espirituales, no sólo en la capital del Estado, sino en otras ciudades norteñas.
Estudioso de los sistemas sociopolíticos en relación a la doctrina social de la Iglesia, publicó en la revista Christus, editado por la Compañía de Jesús, extenso artículo intitulado Sociología. El comunismo, he allí el verdadero enemigo, en el que, además de exponer las tesis conocidas de Pío XI y Pío XII, dejó constancia de su propio pensamiento, coincidente con el de sus hermanos de religión. Recuérdense las concurridas conferencias sustentadas en aquellos años por el padre Eduardo Iglesias, en el templo de San Francisco, de la ciudad de México.
En 1938 el padre Sáenz marchó a Torreón, Coah., destinado a la Casa de la Santísima Virgen del Monte Carmelo. Ahí tuvo a su cargo las Congregaciones Marianas, la de san Ignacio para varones, y la de San Luis Gonzaga para menores. En razón de este trabajo se dedicaba al catecismo y a cuestiones relacionadas con la parroquia del Carmen.
La política internacional, precursora de la segunda guerra, en la que se iban delineando los campos rivales, llevó al gobierno cardenista a un paulatino disimulo en sus excesos socialistas y, por ende, a una mayor tolerancia con la Iglesia Católica, situación de la que supo aprovecharse el perspicaz jesuita para reforzar la obra de proselitismo religioso que a Sociedad de Jesús, más que ninguna otra orden, realizaba. Con clara visión del mundo contemporáneo, el padre Sáenz auspició la idea de realizar un nuevo congreso nacional de las Congregaciones Marianas de varones —sólo existían dos antecedentes en México, el de 1913 del que surgió la ACJM, y el de 1919—. Este congreso se celebró en la iglesia del Carmen y marcó una nueva etapa en la vida de esta institución, a nivel nacional.
Al año siguiente, en mayo de 1939, la Congregación le Señoritas, establecida en el templo de San Felipe Neri, de a Perla Tapatía, convocó al Primer Congreso Nacional le Congregaciones Femeninas.
"En ambos congresos se aprobó, por unánime y desbordante aclamación, el establecimiento de la Confederación Nacional de las Congregaciones Marianas... Tan hermoso; importante proyecto fue acogido con paternal benevolencia y bendecido y aprobado, así por el Venerable Episcopado, como por los Superiores jesuítas." (1)
"El Comité Organizador, encabezado entonces por el R. P. Manuel Cordero. . . lanzó las bases que habían de servir para la organización, para la vida de la Confederación Nacional de las Congregaciones Marianas de la República." (2)
En estas múltiples labores, a las que añadía fructíferas misiones por el norte del país, transcurrió el tiempo. A mediados de 1939 regresó a la ciudad de México. Se instaló en la llamada Casa del Sagrado Corazón de Jesús, calle Rivera de San Cosme número 5, residencia de los jesuitas. Preparado como estaba para desempeñar trabajos importantes en la Sociedad de Jesús, fue puesto al frente del Secretariado Nacional de las Congregaciones Marianas y dio impulso definitivo al establecimiento de la Confederación proyectada en los congresos marianos de Torreón y de Guadalajara. Creó y dirigió como órgano periodístico de esta agrupación, la revista Sodálitas (3) en la que publicó una serie de artículos "en los que trataba algunos temas importantes, encaminados a la formación de la juventud, y principalmente aquéllos que se relacionan con el más grave y trascendental problema de los jóvenes, de ellas y ellos, la elección de estado." (4)
El estudioso jesuita comprendía y sabía estimular a los jóvenes, quienes no le escatimaban su aprecio y su respeto. Fruto de su trato frecuente con la juventud católica de México fueron los artículos cuyos títulos dan idea de la sensatez de su pensamiento: "La formación del carácter", "La fuerza de la voluntad", "La vida sobrenatural de las Congregaciones Marianas", "Las normas morales que deben regular el trabajo y las relaciones de los jóvenes de ambos sexos", "Amor que se cotiza, amor que se vende". "El noviazgo, tiempo de preparación", etcétera, etcétera.
Estos artículos, escritos para lectores ubicados dentro de la influencia jesuítica de la época, resultaron lo suficiente importantes para no dejarlos perder en las páginas de una revista forzosamente perecedera y, a sugerencia de sus superiores, el autor integró con ellos un libro al que intituló: Nuestros jóvenes, ellos y ellas, publicado por "Buena Prensa", editorial de la Compañía, en 1945.
Los jesuitas eran, en aquellos años, los principales guías de la juventud católica mexicana. Las agrupaciones juveniles estaban en sus manos: estudiantes, empleados, adolescentes. Cada asociación desarrollaba labores concretas, dentro del primitivo espíritu de la Acción Católica estructurada por Pío XI, según su propia definición: "La participación del laicado en el apostolado jerárquico de la Iglesia", es la recristianización de la persona humana, de la familia, de la sociedad y de la nación. Esta es la paz de Cristo en el reino de Cristo.
Era director pontificio de la Acción Católica Mexicana, el Exmo. señor Ignacio Márquez, arzobispo coadjutor de Puebla y, posteriormente, titular.
Presidía la Junta Central de la ACM el licenciado Mariano Alcocer, hombre de sólida cultura religiosa y social.
Siendo el padre Joaquín Sáenz Arriaga, S. J., director de la Confederación Nacional de las Congregaciones Marianas de la República Mexicana, éstas, dentro del territorio de la provincia de México, solicitaron ser incorporadas a la ACM. Firmaron la solicitud, el día 14 de agosto de agosto de 1940, el notario Luis G. Ortiz y Córdova, secretario de la Confederación de las CC. MM. de varones, Luz Formento, secretaria de las CC. MM. femeninas y los respectivos tesoreros.
El 27 de agosto envió su respuesta afirmativa el licenciado Mariano Alcocer al padre director de la Confederación Nacional de las Congregaciones Marianas.
La Sociedad de Jesús cumplía cuatro siglos de existencia; cuatro siglos en los que la historia universal le debía no pocas y saludables interferencias. En sus inicios había sido ejército poderoso y disciplinado que se enfrentó a la Reforma protestante, y si no la dominó, por lo menos evitó que se apoderarse de importantes reductos católicos. (5)
Para celebrar en México el cuarto centenario del reconocimiento pontificio de la orden ignaciana, la Confederación Nacional de las Congregaciones Marianas, encabezada, como queda dicho, por el R. P. Joaquín Sáenz Arriaga, S. J., lanzó el proyecto de realizar un magno Congreso Nacional de las Congregaciones Marianas de la República Mexicana.
Aprobada esta iniciativa, el R. P. José María Altamirano y Bulnes, S. J., recibió el encargo de presidir el comité organizador de dicho evento, que quedó programado para la semana del 20 al 27 de abril de 1941.
Este congreso se reunía "en los momentos en que sucede en el mundo una de las más angustiosas crisis por las cuales ha pasado la humanidad —apuntó en su discurso la joven e inteligente congregante Josefina Muriel—; una de las más graves por la enorme trascendencia que sus implicaciones contienen y grave también porque sus convulsiones han adquirido proporciones universales."
Resulta consolador y a la vez alentador que, en medio de tal crisis en la que los valores humanos quedaban subordinados a los intereses materiales, un grupo representativo de cien mil congregantes marianas se entregase a la oración, al planteamiento del servicio al prójimo, a la predicación de la paz, del amor y de la fe única y verdadera.
Participaron los más preclaros talentos de la Compañía y laicos de insospechaba ortodoxia católica, entre otros el ingeniero Antonio Santa Cruz.
Con una sesión solemne, celebrada en el frontón México, lleno de bote en bote, se dio fin a esta memorable asamblea. Hablaron Alfonso Junco, Manuel Herrera y Lasso; el presbítero Gabriel Méndez Plancarte, célebre literato, declamó un poema dedicado a Nuestro caudillo:
"Ignacio de Loyola, Capitán esforzado de la invencible Compañía que
lleva el dulce nombre —nombre dulce y terrible— de ¡Jesús como insignia!"
La Comisión Directora del Congreso estuvo integrada por Francisco Robinson Bours, S. J., provincial de la Sociedad de Jesús en México; José María Altamirano y Bulnes, S. J., presidente de la Comisión; Joaquín Sáenz Arriaga, S. J. director de la Confederación Nacional de las CC. MM.; Eduardo Iglesias, S. J. y José Antonio Romero, S. J. Grupo humano coherente y valioso del que fue, el padre Sáenz, el dínamo que produjo la energía para hacer caminar este exitoso congreso nacional.
Año tras año, en tiempos de cuaresma, solían enviar al celoso sacerdote a los lugares más necesitados de espiritualidad. Sabida era la fama que gozaban los jesuítas como educadores y como predicadores, ya que ambas cosas son la misma en la enseñanza del catecismo, guía seguro para llegar al cielo.
La espiritualidad del padre Sáenz se manifestaba en su encendida predicación, en sus tiernos consejos a los penitentes, en sus diáfanas explicaciones sobre la intrincada Teología.
En febrero de 1940 y en marzo de 1941 llegó al puerto de Tampico, y en la catedral participó en las series de ejercicios espirituales ofrecidas a la población. Su naciente celebridad atraía principalmente a los jóvenes. Los niños, una vez que le conocían, revoloteaban a su rededor como palomas obedientes a su llamado. Cientos de criaturas acudían a escuchar al bondadoso padre que hacía llegar, a sus corazones, mensajes indescifrables de bondad. Entre aquellos centenares de niños y niñas se encontraba una chiquilla de escasos once años de edad, dotada de talento nada común, de gran receptividad y profunda vocación religiosa que su innata inspiración traducía en místicos poemas. Esta niña, que habría de destacar desde su temprana madurez en el mundo de las letras castellanas, sintióse sobrecogida de admiración y, en su libreta escolar, escribió unos versos dedicados "con gratitud y respeto al padre Sáenz". Su belleza conceptual, sus metáforas vigorosas, su ritmo y su delicadeza no sólo descubren el dominio del verbo en esta precoz poetisa, sino que revelan cuan hondo caló en ella, y supuestamente en todos los niños, la franciscana predicación del padre Sáenz:
Pasas por el jardín de nuestra vida
como un arroyo que al regar las flores
esmalta sus pétalos de mil colores. . .

En ti van a beber los ruiseñores
que cansados prosiguen su camino,
y esperan en tus aguas cristalinas
recobrar las fuerzas que han perdido. . .

Eres cual el brillante sol de primavera
que derrama su luz en la pradera
y ayuda así a fecundar la tierra,
y eres en la tormenta de las almas
el arco iris que la nube ahuyenta
y nos anuncia el fin de la tormenta.

Y haciendo tanto bien en nuestras almas
tú no esperas ninguna recompensa,
mas Dios te premiará en su gloria inmensa.
29 de febrero de 1940

Al año siguiente, a la vuelta del padre, repitió aquella niña sus ejercicios espirituales y, en esta ocasión, no una sino dos poesías dedicó al sacerdote que le inspiraba "una gran confianza para hablarle de (sus) experiencias y deseos interiores..." "Él me iluminó en muchos aspectos y me afirmó en determinaciones fundamentales que influyeron en toda mi vida posterior", recuerda Gloria Riestra a continuación de las copias que de sus extraordinarias poesías me envió; poesías y conceptos, vale recalcarlo, elaborados por una pequeñita de 11 años. El testimonio de esta gran mujer es uno de los muchos que podría citar a lo largo de la existencia del hombre que, frente a la adversidad, frente al desprecio de sus propios hermanos en la fe, al igual que en medio de bonanzas en su celebridad, permaneció fiel a su vocación sacerdotal.
La imagen adusta del padre a pocos engañaba; tras su gesto austero se descubría su innata bondad, su permanente deseo de agradar. Los niños lo querían, los jóvenes sentíanse comprendidos por él, los adultos le respetaban y confiaban en su autenticidad humana, en su dignidad sacerdotal.
Para conmemorar el cuarto centenario de su fundación, la ciudad de Mérida se aprestaba a celebrar el Primer Congrego Eucaristico Arquidiocesano, convocado por Su Excelencia, doctor Martín Tritschler Córdoba, arzobispo de Yucatán, los días 25 al 30 de noviembre de 1942.
Al señor Arzobispo no le alcanzó la vida para ver realizado su piadoso proyecto, pues Dios lo llamó a la eternidad diez días antes de la inauguración del Congreso, que se realizó conforme a los planes por él programados.
Entre los encumbrados monseñores que asistieron se encontraba los padres Joaquín Sáenz y Julio Vértiz. El director de la Confederación de las Congregaciones Marianas escribió en Sodálitas, número correspondiente a enero de 1943:
"Una circunstancia especialísima vino a hacer todavía más inolvidable mi estancia en Mérida: la inesperada y sentidísima muerte del Exmo. y Rvmo. Sr. Arzobispo Dr. D. Martín Tritschler y Córdova. Describir aquí aquella imponente, grandiosa y espontánea manifestación de duelo, sería del todo imposible. Yo no he visto cosa semejante en ninguna parte. Todos los espectáculos públicos se suprimieron el día de la muerte del Señor, el comercio cerró sus puertas, toda las casas ostentaban en sus puertas la señal de duelo, y el pueblo en masa, durante cuatro días, estuvo rindiendo sus tributos de aprecio, de gratitud, de cariño filial y de dolor profundo al Padre y Pastor, que durante cuarenta y dos años gobernó la Arquidiócesis yucateca."
Eran tiempos de respeto y veneración hacia los guías espirituales —que no políticos— de nuestro pueblo.
Al llegar la cuaresma de 1943, el Padre ocupóse, como en años anteriores, de impartir Ejercicios Espirituales y visitar las Congregaciones Marianas del interior. Estuvo en Huiramba, Michoacán; y, de regreso a México, pasó por la ciudad de Morelia, donde vivía su tío y homónimo, deán de la Catedral quien, por sus virtudes, monseñor Luis María Martínez, arzobispo de México, había escogido como su confesor.
Joaquín llegó aquella noche a Morelia y visitó a su tío. Monseñor Sáenz Arciga le hizo ver lo inconveniente y dificultoso de partir a las diez de la noche a México, pero el sobrino se empecinó: tenía urgencia de presentarse a primera hora, y en compañía de dos muchachos regiomontanos, alquiló un auto de sitio. A las 11 p.m. emprendieron el viaje difícil y expuesto por lo muy accidentado de la carretera. Al llegar al paraje conocido como Mil Cumbres, en el que una curva pronunciada desemboca en otra más aguda, el conductor perdió el dominio del auto y cayeron en una hondonada. Milagrosamente salieron ilesos los compañeros del padre y el chofer, no así don Joaquín que sufrió golpes y cortadas, algunas en la cabeza que al sangrar dábanle aspecto impresionante. A las 4 de la madrugada estaban todos de regreso en Morelia. El padre fue internado en el Hospital General. Su urgencia se le convirtió en retraso para integrarse a una nueva responsabilidad. Su visita a México la hizo, días después, en compañía de un jesuíta y una dama apellidada De la Torre, que se prestó voluntariamente a cuidarlo.
El domingo 9 de mayo se conmemoró el Día Mundial de las Congregaciones Marianas. En el antiguo templo de San Francisco, que ocupaban los padres ignacianos, se celebró una misa solemne. Sáenz Arriaga, aunque maltrecho y adolorido, reapareció en esta ceremonia para dar la bendición con el Santísimo.
Algún run run anclaría ya en los mentideros de la Orden pues don Joaquín recibió ese día un telegrama, suscrito por numerosas corporaciones religiosas de Guadalajara, brindándole su adhesión al "digno cargo" que ocupaba en las Congregaciones Marianas.
Don Joaquín era hombre de ideas firmes, pero a la vez asequible a sujetos de distinto modo de pensar aun en cuestiones de fe, lo cual explica las buenas relaciones que cultivó con personas de alta significación política. Con su paisano Lázaro Cárdenas, situado en las antípodas de su pensamiento, supo hacerse apreciar, en justa reciprocidad al respeto que él mostró a su alta investidura presidencial.
Aunque don Lázaro no gozaba de generales simpatías, es un hecho que entre los michoacanos alcanzó franca y leal estimación, sin que sus coterráneos se sintiesen, por ello, cohibidos para hacerle cuantas reclamaciones y observaciones juzgaban necesarias.
El padre también llevó cordiales relaciones con el general Manuel Ávila Camacho, durante el tiempo que ocupó la presidencia de México, y más aún con su discreta y fina esposa, doña Soledad Orozco de Ávila Camacho. El siguiente episodio recoge el grado de confianza que gozaba don Joaquín con la familia del Presidente.
A las 10 de la mañana del día 10 de abril de 1944, a los acordes de la Marcha de Honor descendía el general Ávila Camacho de su automóvil en el patio del Palacio Nacional. Al acercarse al elevador que lo llevaría a su despacho, el teniente del Ejército, Antonio de la Lama Rojas, se cuadró frente al Primer Magistrado y, acto continuo, sacó su pistola y le disparó un tiro, que rozó la epidermis de don Manuel. El teniente fue desarmado y hecho prisionero. Lo llevaron al cuartel del 6" Regimiento de Caballería y, dizque al querer huir, uno de sus custodios lo hirió de un balazo. Fue conducido al Hospital Militar y, al cabo de dos días, murió, no sin antes ser asistido espiritualmente por el padre Sáenz Arriaga.
Para ayudar a las muchachas estudiantes, además de la JCFM se creó la Unión Femenina de Estudiantes Católicas, a iniciativa del padre José Mier y Terán, S. J., quien asumió la total responsabilidad de esta naciente asociación.
Inauguró los trabajos el día 12 de octubre de 1935. En la asamblea constitutiva resultó electa primera presidenta la joven María de los Ángeles Cosío. Sucediéronla en el cargo, posteriormente, María Angelina Servín de la Mora, Delfina Esmeralda López Sarralangue, Emma Verduzco Velarde y, la última, Carmen Aguayo.
Para un buen observador no pasará inadvertida la preocupación de la Compañía por dirigir a la juventud que habría de ser fermento de la sociedad futura. La aparente repetición de instituciones afines se explica por la divergencia de los medios sociales y económicos de sus miembros.
Mier y Terán murió el 30 de diciembre de 1942. Su obra había alcanzado sólido crecimiento y, para sucederle en tan delicada dirección espiritual y material, la Sociedad de Jesús designó al R. P. Joaquín Sáenz Arriaga quien atendía a la vez, como hemos visto, el Secretariado Nacional de las Congregaciones Marianas. El padre estaba en permanente comunicación con todos los grupos de esta sociedad, almacigo de vocaciones y excelente escuela de vida religiosa para laicos creada por la Compañía de Jesús. Su prolongada permanencia en este cargo da la medida de su capacidad y su dedicación, virtudes que fueron aprovechadas para extender su fecunda actividad, durante cinco años, es decir, desde la muerte del padre Mier y Terán, al frente de la UFEC. En 1947 fue relevado por el padre David Mayagoitia, S. J., cuyo pensamiento social discrepaba sustancialmente del suyo.
Nunca dejó ociosa su pluma y, en aquel tiempo dio a las prensas su obra intitulada Donde está Pedro, está la Iglesia, (6) que demuestra su fidelidad al Papado, piedra clave de la Iglesia romana. Este libro resulta un mentís anticipado a las calumnias de aquellos a quienes interesaba confundir la institución con la persona para acusarlo de herejía.
Es preciso subrayar cómo, a partir de 1944 hasta 1952, van siendo sustituidos los antiguos jesuítas, de formación teológica sólida, preparados y competentes directores de la juventud, por nuevos elementos precursores del desastre progresista en el que caería este instituto religioso que tanto bien hizo a las almas y que ahora parece empeñado, no sólo en negar su brillante pretérito, sino en destruir lo que sus inmediatos predecesores hicieron en bien de la religión y de la patria.
Acababa de terminar la guerra mundial y, en 1946, se realizó en España un congreso de las Congregaciones Marianas, al que asistió el carismático jesuíta que estaba al frente de dicha institución en México. Algunos congresistas hicieron una excursión al Escorial y luego al Valle de los Caídos. Las obras de la basílica estaban en sus inicios, más avanzadas las de la Hospedería y Centro de Estudios. El proyecto general del monumento evidenciaba su grandiosidad. No faltó algún compatriota impregnado del espíritu utilitario y laico de las generaciones educadas en "el concepto racional y exacto del Universo", que externase esta opinión:
—Parece mentira que se haya gastado tanto dinero para hacer este monumento, que estaría bien en otros tiempos, pero no después de una guerra.
El padre Sáenz se volvió al que hacía tal comentario y le replicó:
—Para entender esta paradoja se necesita ser católico y español.
Esta grandiosa basílica, coronada con una cruz colosal, no sería la tumba del soldado desconocido, sino justo tributo a la memoria de quienes, en defensa de Dios y de la patria, hicieron desinteresada entrega del mayor y más rico patrimonio del hombre: la vida.
El activo jesuita dirigió el Secretariado y la Confederación Nacional de las Congregaciones Marianas desde el año 1939 al de 1947.


NOTAS
1)Álbum del Magno Congreso de las Congregaciones Marianas de la República Mexicana celebrado en la ciudad de México del 20 al 27 de abril le 1941.
2) Discurso: "Confederación Nacional de la CC. MM. de México", por el R. P. Joaquín Sáenz Arriaiga, S. J. Pág. 124 del Álbum.
3) El primer número de Sodálitas apareció en octubre de 1939. Sin interrupción se publicó durante poco más de cuatro años. Además de los editoriales dedicados a los jóvenes de ambos sexos, el prolífieo periodista jesuita escribió, en los años 1942, 1943, dos series de. no por sencillos menos profundos, estudios mariológicos. Abundan, también, sus notas bibliográficas, sección en la que colaboraron los eruditos Alberto Valenzuela, S. J., José Antonio Romero. S. J.. Pbro. García Gutierrez, etcétera
4) Sáenz Arriaga, S. J., Dr. Joaquín. Nuestros jóvenes, ellos y ellos. Su formación y sus problemas. Editorial Buena Prensa, México, D. F., 1945.
5) La Compañía de Jesús, como fue nombrada originalmente, surgió en la mente del vascuense Yñigo López de Recalde Oñaz y Loyola en 1522; adquirió forma en 1534. Cinco años empleó en organizaría. El papa Paulo III le otorgó su reconocimiento el 27 de septiembre de 1540 y, al cabo de una década, el 21 de julio de 1550, la confirmó solemnemente el pontífice Julio III.
En el procoso de organización, su fundador transmutó su nombre ampuloso en Ignacio de Loyola. Éste murió en Roma, a los 65 años de edad, en 1556. Fue beatificado en 1609 y canonizado en 1622.
6) Sáenz Arriaga, S. J., Dr. Joaquín. Donde está Pedro está la Iglesia.

CAPITULO V.- PRUEBA DE TEMPLE IGNACIANO
Al dejar la dirección de las Congregaciones Marianas y la UFEC, don Joaquín acató el traslado a su nuevo destino, esta vez a la ciudad de Puebla. El Instituto de Oriente regenteado por jesuítas, sufría cierto grado de decadencia, no sólo académica, sino religiosa y aun social. El padre Esteban Palomera Quiroz, S. J., había sido nombrado rector. Don Joaquín colaboró estrechamente con él desde el día de su arribo a la capital angelopolitana. En el templo del Espíritu Santo, mejor conocido como "La Compañía", el padre Sáenz asumió el cargo de director de las Congregaciones y, en el Instituto, atendía la dirección espiritual de los jóvenes.
En julio de 1948, sufrió un accidente automovilístico; sus lastimaduras le producían intensos dolores en la espalda y tuvo que ser internado en el sanatorio Santa Mónica de la ciudad de México, y de allí, para su mejor atención, fue trasladado al Sanatorio Español. Permanecía casi inmovilizado, cosa que le irritaba. Su temperamento sanguíneo, su dinamismo intelectual y la pasividad de médicos y enfermeras sacáronlo de quicio. En tal situación vino a recordar las deficiencias, las mezquindades de algunos miembros de su Orden que miraban más por su particular beneficio que por la gloria de Dios. Y él sin poder actuar, limitado al reducido espacio de su cuarto de enfermo, privado De su labor docente. Así las cosas, "siguiendo el diagnóstico de un médico anónimo, sin conciencia ni escrúpulos" el padre Rossi, S. J., dictaminó la conveniencia de cambiar al enfermo de sanatorio, aunque esta vez a uno para enfermos mentales.
No era, don Joaquín, el único miembro de la Compañía que se había enfrentado a tan radical procedimiento. Ya he citado al padre Carlos M. Heredia quien para dedicarse a desenmascarar espiritistas, tuvo que profundizar en este arte del engaño por lo cual sus hermanos lo tildaron de loco. No le quitaron tan dañina fama hasta que les demostró lo contrario con un certificado de cordura. Y no ha sido el único caso.
A don Joaquín le inyectaron un somnífero y, adormecido, lo trasladaron al sanatorio del doctor Manuel Falcón, ubicado en la avenida Ixtaccíhuatl número 180, colonia Florida, Distrito Federal. Este lugar, aunque céntrico, tiene grandes avenidas que cruzan en las inmediaciones. Es tranquilo, poco transitado. La fachada del edificio y sus interiores son de estilo "colonial"; es amplio, arbolado y limpio, atendido por religiosas.
El indefenso paciente fue internado el día 28 de julio. Pasados los ciertos del anestésico, es de imaginar cuan enojado se pondría. Sentíase víctima del abuso de sus superiores jerárquicos. Ciertamente, durante los últimos días, se había mostrado nervioso, irritable, pero su conducta no justificaba que, de pronto, sin su conocimiento ni mucho menos consentimiento, lo internasen en un hospital psiquiátrico. Considerábase a sí mismo no sólo humillado, sino destruido; comprendía que después de su internamiento en este lugar podría quedar impedido de ejercer su sagrado ministerio. Medía las graves consecuencias de su crítica situación.
El padre Martínez Provincial de la Compañía, previendo un posible escándalo, prohibió a todos los jesuitas que lo visitasen; el único que se atrevió a desobedecer tan injusta orden fue el padre Julio Vértiz, aunque en forma discreta, para evitar ser sancionado.
Don Joaquín se negaba a someterse a las pruebas y a la disciplina comunes en estas clínicas, hasta que llegó a visitarlo el doctor Luis Sáenz Barroso, su sobrino, reconocido neurólogo. Conversaron sin trabas ni disimulos y el médico le hizo ver que su explicable intransigencia, lejos de favorecerle, más lo perjudicaba, por lo que le convenía aceptar su situación y someterse a todas las pruebas que quisieran hacerle para demostrar su cordura. Así sucedió. El doctor Falcón, competente facultativo, lo examinó, le hizo un encefalograma, análisis clínicos, y todo resultó normal. A continuación, prescindiendo del examen físico, don Joaquín fue sometido a un examen psiquiátrico para demostrar que padecía paranoia: su exaltación, su violencia verbal "demostraban" tal diagnóstico. La paranoia es un trastorno mental que va de la simple y manifiesta vanidad, la exaltación del propio yo, hasta el estado delirante de un empecinado que discute y nunca cede a razones. No es imposible provocar un estado paranoico en cualquier persona, por cuerda que se diga, sometida a presiones psicológicas tales como la humillación, la extrema disciplina, el rigorismo de la obediencia frente a opciones legítimas. La supuesta paranoia de don Joaquín —supuesta en cuanto al calificativo de trastorno mental— resultó adecuado recurso para tratar de contenerlo, de domeñarlo y hacerlo dócil instrumento de las consignas inexcrutablcs de los jesuitas enquistados en puestos clave de la Orden.
Algunos de sus amigos no lo desampararon, ni le faltaron consuelos espirituales. Estuvieron a verle, sacerdotes que le testimoniaron su aprecio en aquellos días de amargas experiencias. Cuando el encierro comenzaba a convertirse en castigo injusto e inmerecido, don Joaquín encomendó secretamente a un empleado se comunicase con su hermana Lupe y le pidiese su intervención. Ésta se comunicó, a su vez, con el arzobispo, doctor Luis María Martínez, gran amigo de la familia Sáenz Arriaga desde su juventud, pues vivió algún tiempo en su casa de Morelia. Monseñor Martínez visitó a su amigo, que conocía desde niño, y gestionó su inmediata salida del sanatorio.
Don Joaquín no estaba demente y así quedó comprobado. La única disculpa que obtuvo al final de esta pesadilla se fundó en que se había cometido un "lamentable error humano". ¡Y tan lamentable!
Permaneció en la ciudad de México atendiendo la Casa de Ejercicios de San Francisco Javier, en Coyoacán. En esta residencia tuvo sus comienzos la Universidad Iberoamericana y ahora alberga a catedráticos de dicha universidad. El padre Sáenz pasó largos meses en constante meditación y estudio, empleándose en impartir continuas tandas de los saludables ejercicios espirituales creados por el santo fundador de la Compañía. Sólo una vocación como la suya, dispuesta al sacrificio; sólo una voluntad fortalecida con la fe; sólo un tálenlo capaz de medir la mediocridad ajena fue capaz de perdonar y sostener su voto de obediencia a quienes lo habían injuriado y quisieron hundirlo en el desprestigio de la irracionalidad y la locura.
Retornó a la ciudad de Puebla, a sus amadas congregaciones de la Santísima Virgen de Guadalupe y de San Luis Gonzaga.
En septiembre de 1950. al frente de un grupo de peregrinos visitó la Ciudad Eterna y tuvo ocasión de entrevistarse con el Santo Padre Pío XII. El día 13, a bordo de un avión de la compañía Iberia, escribió estas líneas a su madre en México: "Hoy salimos de Roma. Me tocó Ver a Su Santidad cinco veces. Tengo mucho que contar. Todos estamos bien. Un viaje sin novedad. Saludos a todos. Tu hijo, Joaquín."

Foto después de la ordenación sacerdotal del P. Joaquín Sáenz y Arriaga. De izquierda a derecha:
Mons. Joaquín Saénz Arciga, Deán de la Catedral de Morelia, tio del P. Joaquín Sáenz
Mons. Francisco Orozco y Jiménez, arzobispo de Guadalajara.
Padre Joaquín Saénz y Arriaga
Mons. Leopoldo Lara Torres, obispo de Tacámbaro.



Instalado en Puebla, ingresó al Instituto de Oriente para dar lecciones de Ética, de Sociología, de Lógica. Publicó y dirigió la revista Forja, del Instituto. Escribía los editoriales y algunos artículos que hacía aparecer como de sus alumnos.
Fue creador y ejecutor del proyecto del Centro Cultural Scintia, de gran importancia académica y social en Puebla, pues en él se daban conferencias, conciertos y todo evento relacionado con los fines propios de este tipo de instituciones.
Se rodeó de amigos y discípulos que lo seguían y estimaban. Como demostración de afecto, el día de su santo —20 de marzo de 1951—, le ofrecieron un banquete en su honor, en el local del Centro. Asistieron distinguidos profesionistas, alumnos y exalumnos del prestigiado director.
No paraban ahí sus actividades; también atendía las obras de las Congregaciones: hospitales, auxilio espiritual a los enfermos, visitas a los presos, catecismo y, con especial esmero, dirección religiosa a los jóvenes, fuesen o no del Instituto de Oriente. Según testimonios de importantes individuos de aquella generación, atesoraba la simpatía y confianza de las almas puestas a su cuidado. Nadie que no poseyera su inteligencia, su fortaleza y su voluntad podría desempeñar una labor múltiple y completa como la suya. Es natural que con tanto trabajo se mostrase nervioso; pero ni aun entonces dejó de disciplinarse a quienes ejercían SU autoridad en la Compañía de Jesús.
El padre Esteban J. Palomera, S. J., rector del Instituto de Oriente, conocía las capacidades del padre Sáenz y le confiaba la redacción de sus discursos, cuando la ocasión lo exigía. Tenía puesta en él su voluntad, hasta que dos envidiosos, los padres Cervantes y Cavazos, director éste de la primaria, se dedicaron a deteriorar su imagen. El rector se dejó convencer y, al finalizar el año 1951, ya era evidente su adversión personal contra el dinámico e intransigente catedrático.
El colegio había recuperado su buena fama, muy menguada basta un año atrás. La disciplina y sobriedad de educadores y educandos parecía haberse restablecido. El padre Sáenz, riguroso y eficaz, había colaborado en este resurgimiento momentáneo. En el quinto año de bachillerato dictaba las cátedras de Ética, Sociología y Lógica. Con el distanciamiento del rector y don Joaquín retornó la mala fama del Instituto. El padre Palomera pasaba buena parte de su tiempo fuera del colegio. El padre Cervantes, que lo sustituía, les era antipático a los muchachos, quebrantándose así la disciplina. Los jesuitas lejos de dar buen ejemplo, sin autoridad valedera, participaban en juegos de baraja con apuestas, que organizaba el padre Cavazos.
Cesó la dirección espiritual del padre Sáenz y, para colmo, "María Villar, pública y escandalosa pecadora, cuyo hijo natural estaba en el Colegio de la Compañía", encabezaba los festivales de beneficencia. En medio de este relajamiento se dieron casos de indisciplina y escándalo a los que no se decidía a poner fin el veleidoso rector. El personal docente era heterogéneo. En la primaria, maestritas jóvenes adelantándose al uso actual, trataban con familiaridad manifiesta al director. Éste, engreído con su autoridad, caía en extremos impropios de un auténtico educador. Su rigidez era inconstante y en veces extremosa, como en cierta ocasión en que un grupo de alumnos de secundaria sustrajo del colegio los cuestionarios de unas pruebas enviadas por la Secretaría de Educación Pública. ¿Cuántas veces no han sucedido estos hurtos poco originales para salvar el año académico o, simplemente, asegurar buena calificación? El castigo en estos casos consiste generalmente en burlar a los infractores cambiándoles la prueba para neutralizar la ventaja. Pues bien, al enterarse el rector se encolerizó y mandó que en la camioneta del colegio se recogiese de sus hogares a cada uno de los implicados y se les condujese a la casa de la comunidad, no al Instituto, para ser interrogados individualmente, amenazándolos con denunciarlos a las autoridades civiles por allanamiento de morada, daños en propiedad ajena, robo y cohecho -¡nada menos!—, mientras el inquisitivo rector saciaba su refinada inquina grabando las declaraciones de los delincuentes, para dar aviso posterior a la Secretaría de Educación. Luego, en bochornoso acto público, "delante de todos los alumnos del colegio, con desprestigio intolerable para los inculpados y para sus familiares, el rector, después de un discurso por demás imprudente y ofensivo, expulsó a más de veinte muchachos inodados en el crimen, entre los cuales había alumnos excelentes, que siempre habían merecido las mejores calificaciones." (1) Y a esto, que no atino a calificar, el padre Palomera lo llamaría ¡disciplina al modo jesuíta. . .!
Las amargas quejas no se hicieron esperar. Tales procedimientos herían a las víctimas y atemorizaban a todos cuantos llevaban relaciones con el Instituto de Oriente, y daban ocasión a prejuzgar con malicia la conducta de maestros laicos y religiosos.
En una ciudad como la de Puebla en aquella época, era fácil conocer a toda persona en contacto con el público: funcionarios, profesionistas, maestros de escuela, agentes de tránsito, etc., etc. Para uso del colegio adquirieron los jesuítas una camioneta en la que salían a pasear estos señores, con gran disgusto del padre Sáenz quien, informado de las críticas externas que se hacían a su amada Compañía, denunció al rector los hechos. Ambos tuvieron acalorada discusión, sin resultados satisfactorios para alguno de los contendientes. Don Joaquín pidió permiso, por teléfono, para ir a San Cayetano —seminario de la Orden en el Estado de México— para entrevistarse con el Padre Provincial. El padre Palomera se enfureció aún más con la osadía del padre Sáenz, y optó ir con él. Al llegar a la oficina del padre Guerra, Provincial de la Compañía, Palomera se adelantó. Don Joaquín comprendió la inoportunidad de aguardar en la antesala para ser recibido y dejó, para mejor ocasión, su propósito de dar a conocer al Provincial las graves anomalías que estaban sucediendo en Puebla.
No habría de presentársele tal ocasión, y los acontecimientos posteriores confirmaron sus recelos sobre la conducta de sus superiores, conducta que explicaría así más tarde: "La Provincia de México ha estado gobernada últimamente por Superiores que se empeñan en considerar a sus subditos como anormales mentales y en buscar en la psiquiatría el secreto de su gobierno. Es el naturalismo (esta denuncia fue formulada en 1952, diez años antes de lo ocurrido en el convento de Lemercier, en Cuernavaca) que desconoce o se olvida de la fuerza de la gracia. Naturalmente que las consecuencias que para los subditos ha traído esta neurótica visión y actitud de los que tienen sobre ellos absolutos poderes, han sido y son muy variados: desde el abandono en sus enfermedades reales hasta el internado en sanatorios mentales, para ser ahí sujetados a tratamientos de resultados y licitud muy discutibles, como los electrochoques y los choques insulínicos. Yo pregunto: ¿Puede un Superior, sin el consentimiento de los interesados, sujetarlos a estos inhumanos tratamientos, que pueden destruir totalmente la personalidad psíquica de los indefensos pacientes?"

Notas

(1)Sáenz Arriaga, Dr. Joaquín. Correspondencia privada. Carta de fecha 28 de julio de 1952, dirigida al R. P. Tomás Trevi, S. J, a Roma. Pág. 6.

CAPITULO VI.- EL GOLPE DECISIVO
Al finalizar el año escolar, organizó el padre Sáenz una excursión a Yucatán con un grupo de muchachos de la Congregación, de la que era, como apuntamos antes, el director. En la ciudad de Mérida, el 23 de enero de 1952, volcó el automóvil en qué viajaba con algunos de sus acompañantes. El padre recibió un golpe en la cabeza y fisura en el pie derecho, que de inmediato le enyesaron. Sentía un fuerte dolor en la región lumbar que, de momento, no supieron diagnosticar. El padre Palomera, al enterarse del accidente, se trasladó a Mérida. Don Joaquín se sintió un tanto liberado de su responsabilidad para con los jóvenes, especialmente de los que salieron lesionados. Una vez informado de los pormenores del accidente, el padre Palomera pareció despreocuparse del problema y, sin tomar en consideración el estado físico del padre Sáenz, dispuso que éste regresara a Puebla, y él se dedicó a recorrer esa región rica en monumentos arqueológicos. Durante dos meses anduvo el rector visitando, dizque en plan de estudio, esos testimonios de cultura maya.
El padre Sáenz, sin saberlo, comenzaba su larga peregrinación por el camino del dolor, de la calumnia, de la humillación. Mientras permaneció en Mérida no le faltaron visitantes afectuosos y la ayuda personal del arzobispo de Yucatán. Para su atención médica viajó en avión a Veracruz y de allí, en automóvil, a la ciudad de Puebla. A las 5 de la madrugada del día 30 de enero se internó en el en el Hospital del Sagrado Corazón —calle Sur 13, número 1710—. Allí quedó recluido sin inmediata atención médica hasta que sus amigos, la familia Conde, le llevaron al doctor Mendívil quien, a bordo de una ambulancia lo trasladó a la Cruz Roja para someterlo a riguroso examen médico. Las radiografías que se le tomaron mostraban fractura fisuraria en una vértebra de la columna. El doctor Rafael Mendívil Landa ordenó colocarle un corset ortopédico al paciente. El malestar intenso del trauma le llegó una semana después: náuseas, vértigos, dolores lumbares y otros síntomas de su deteriorado estado físico.
Pidió que el padre Manuel Figueroa, S. J., fuese a confesarlo, pero el rector negó su autorización: "¿Qué podía esperar un jesuíta de su madre la Compañía, si aún a la hora de la muerte, el Superior espiritual se negaba a acudir a su llamado? —explicaría más tarde al Prepósito General, padre Tomás J. Travi—: Para mí este fue el golpe decisivo."
Un día llegó el rector con una ambulancia para trasladarlo, sin previo aviso, a la ciudad de México. "Yo reviví el tremendo trauma psíquico que había sufrido hace cuatro años —escribió después—, cuando, en idénticas circunstancias, una mañana llegó el padre Socio con una ambulancia, para sacarme del Sanatorio Español de esta capital, después de ponerme una inyección, y llevarme al manicomio del doctor Falcón, en donde tuve que sufrir los momentos más duros y angustiosos de mi vida. Naturalmente que aquella reviviscencia provocó en mí una repugnancia incontrolable, que no era sino el instinto natural que todos tenemos de la propia defensa", "...nadie puede comprender lo que significa la indescriptible tragedia de un sacerdote, consciente de sus actos, que es internado en una clínica mental entre dementes. Es el derrumbe de su sacerdocio, de su apostolado, de su prestigio, de su familia, de su misma dignidad humana."
El padre Sáenz afrontaba un grave conflicto de conciencia: no podía obedecer. El arzobispo de Puebla lo visitó y le ofreció intervenir con el rector del Instituto de Oriente. Así lo hizo, pero nada consiguió. Palomera acusaba a don Joaquín de rebelión, cosa que hizo saber a la hermana del padre y a su amigo, don Ángel Solana. Se negó a visitar al enfermo y le exigió perdón por escrito. Al no conseguir el incondicional sometimiento del padre Sáenz, lo difamó afirmando que éste habíase aficionado a las drogas, cosa que, oportunamente, fue desmentida por médicos y enfermeras. Un nuevo corset, esta vez de yeso, inmovilizó y alivió en los días siguientes al enfermo, que no se libró de molestas recaídas. Al cabo de un mes, las radiografías mostraron que las fisuras habían cicatrizado "casi completamente".
El día 7 de abril salió del hospital y, por orden del padre Palomera, se trasladó a la ciudad de Tehuacán. Daba comienzo la semana santa. El padre Sáenz fue acogido en la casa de un exalumno suyo. El día 11, viernes santo, pronunció un largo y emotivo sermón desde el pulpito del templo. Sus esfuerzos físicos distanciaban su recuperación, y un inesperado contratiempo quebrantó, aún más su estabilidad emocional. El 27 de abril recibió, enviada por medio de un estudiante del Instituto de Oriente, carta del rector en la que le decía haber visto las radiografías ordenadas por el doctor Mendívil, y aunque advertía que había mejorado, no lo quería de regreso en el colegio:
"La Consulta de la casa es de parecer que V. R. no regrese a Puebla. Pedí su opinión a los miembros del Consejo de la Congregación y del «Centro Cultural». Todos ellos juzgan de V. R. no debe volver a Puebla. Por tanto se ha determinado que V. R. no vuelva a Puebla y permanezca en Tehuacán hasta que reciba órdenes del R. P. Provincial (Roberto Guerra). En vista de esto el R. P. Provincial ha designado con fecha 11 de abril (cuatro días después de la salida del padre Sáenz) como director del «Centro Cultural» y de la Congregación al padre Manuel Figueroa, al cual con fecha de hoy le di posesión de su cargo."
El temor a las denuncias formuladas contra el inepto rector por el padre Sáenz se hace evidente en la redacción de esta carta que contiene falsedades y equívocos. Los miembros del Consejo de la Congregación y del Centro Cultural: el Prefecto, el Secretario, el Primer Asistente, el Segundo Asistente, el Tesorero y el Instructor de Aspirantes, "públicamente desmintieron esa calumniosa afirmación del señor rector (sobre la inconveniencia del regreso del padre Sáenz) y presentaron su renuncia, exponiendo la verdad de las cosas, en busca de justicia, entre las autoridades mediatas, como el Provincial, el arzobispo de Puebla y el arzobispo de México." Resultaron infructuosas estas gestiones, que más sirvieron de acicate para consumar el inaudito rechazo al cumplido catedrático quien, el día 2 de mayo, obtuvo un certificado extendido por el doctor J. Antonio Salinas Fulero, director del Sanatorio del Sagrado Corazón de Jesús —calle Reforma 302, Tehuacán, Pue.—, en el que se asienta que el padre Joaquín Sáenz Arriaga "presenta un proceso infeccioso hepato-vesicular, una colitis crónica y una lesión en la tercera vértebra lumbar", que le obligan a guardar reposo ya que su recuperación resultará lenta y prolongada.
El Padre Provincial Roberto Guerra, S. J., le había escrito el día 29 al padre Sáenz testimoniándole la pena que le había causado conocer su deficiente salud cosa que, desde el punto de vista humano, era desalentador pero "a la luz de la fe, son una bendición de Dios" los males que sufrimos. Le decía, además, que en cuanto se sintiese mejor se trasladase a la ciudad de Orizaba, Ver., "donde el padre Zaragoza lo recibirá con gusto y caridad que él acostumbra.
Como han surgido algunas dificultades para que vuelva a Puebla, no vaya allá hasta hablar conmigo. Salgo mañana hacia el norte para volver el 1 de junio."
La suave melosidad del padre Guerra mal disimulaba su propósito de presionar al padre Sáenz para nulificarlo. Las actividades futuras de la Compañía de Jesús estaban en pugna con el espíritu religioso de este sacerdote de vida rigurosa.
El padre Sáenz dio amplia y clara, aunque comedida respuesta a la carta del Provincial: comenzaba agradeciendo sus frases de conmiseración y recordaba que, a pesar de sus 36 años en la Compañía de Jesús, su carta no contenía palabra alguna de esperanza o fórmula de solución: sólo una orden que su estado de salud le impedía cumplir, pues estaba imposibilitado para valerse por sí mismo en su arreglo personal. Su traslado a Orizaba, según opinión médica, podía perjudicarle. Lamentaba la inexplicable dureza empleada con él y le hacía notar que, sobre la caridad evangélica y el derecho natural, se habían impuesto las pasiones humanas que confunden el ejercicio de la autoridad con los intereses y las intrigas. En la posdata, anticipándose a posible represalia, advertía a su reverencia que no aceptaría "caer de nuevo en manos de un psiquiatra". El doctor Luis Sáenz, competente neurólogo, negaba que padeciese alguna deficiencia mental.
A don Joaquín no le quedaba más recurso que renunciar a la Sociedad de Jesús, ya que su permanencia en ella habíase hecho insostenible para él e inconveniente para los responsables de torcer el camino del instituto ignaciano. La entereza y decisión del padre Sáenz, así como la irreductible ortodoxia de otros viejos jesuítas, eran un estorbo para realizar el cambio de estructuras eclesiásticas y políticas. Eliminar a Sáenz y nulificar a los otros miembros de su generación y mentalidad, hechos a la obediencia, privados de influencia social, sería el principio del cambio, que posteriormente el Concilio Vaticano II habría de "legalizar".
Don Joaquín pidió sus dimisorias al Provincial y se trasladó a la ciudad de México. Roberto Guerra, S. J., muy sutil, acusó recibo de su carta y le contestó que ya había escrito al Padre General. "Espero que ya se encuentro mejorcito", le decía, "y ya sabe, en o fuera de la Compañía será Ud. siempre para mí un hermano muy querido."
La decisión estaba tomada. En aquella hora no le faltaron buenos, serviciales amigos y compañeros que quisieron disuadirlo. El padre José Antonio Romero, director y gerente de la Obra Nacional de la Buena Prensa, y el padre Urdanivia, lo visitaron en la casa de su hermana, pues allí se hospedaba. Largamente hablaron los tres y, al finalizar su amistosa conversación, las razones del padre Sáenz justificaron su decisión y convencieron a sus amigos.
Los rumores, el descrédito personal encontraron campo abonado entre otros de sus antiguos hermanos de la Orden, incluidos algunos de los más influyentes. Ante esta incómoda situación, don Joaquín pidió al padre Romero indagase, con el Provincial, si había faltado a sus deberes sacerdotales. El padre Guerra respondió textualmente: "La Compañía ni pública ni privadamente ha tenido queja contra el padre Sáenz; él ha pedido las dimisorias, y se le han concedido. La firma de las mismas no se puede diferir indefinidamente y él puede firmarlas ante mí, ante el Padre Socio o ante usted (padre Romero). He querido darle al padre Sáenz las mayores facilidades y las menores molestias, permitiéndole inclusive que permanezca una larga temporada en su casa, pero urge que esto termine."
La carta del padre Romero, con la transcripción del mensaje del padre Roberto Guerra, tiene fecha 25 de junio de 1952. Un mes más tarde don Joaquín relató pormenorizadamente todo lo acontecido al padre Tomás J. Travi, S. J., de la Curia Praepositi Generalis, en Roma, Italia. En 17 pliegos tamaño carta, escritos en máquina a renglón seguido, formuló su queja sin eludir responsabilidades y defectos propios.

CURIA PRAEPOSITI GENERALIS.
SOCIETATIS IESUS
Roma- Borgo S. Spirito. S.

Romae,27 de Octubre ae 1952

Rdo.Pbro.Joaquín Sáenz
P.Cti.
Muy amado en Cto. P.Sáenz:
Recibí su atenta y prolija carta el 28,VII y me va a perdonar que haya tardado tanto en contestar, como era razón, en atención a la buena correspondencia у а la extensión de su carta que he leído y releído y, lo quo mas importa, pasado a pleno conocimiento del M. Р. General como V.R. y la naturaleza de la carta lo requería.
A decir verdad,querido Pаdге, ansiaba recibir carta suya despúes de lo que ocurrió con la pena mía que podrá V. R. suponer y no me engañé al recibirla en el concepto que tenía del espíritu superior conque sobrellevaría la pasada tribulación. Hizo V.R. muy bien en seguir el consejo del Padre Romero para bien de la Compañía.
Digo que no me engañé al constatar por su carta el afecto y estima que conserva de la Compañía y su constancia en el respeto y gratitud nacía ella. Sus frases finales de que guarda para la Compañia, todo cariño y respeto y toda la gratitud de su alma y qué sentira especial consuelo en poder prestar algún servicio en sus hermanos a la que fue su Madre por tantos años, le confieso, querido Padre que me conmovieron de vегаs aunque no esperaba menos de su nobleza de sentimientos y buen corazón.
Puede estar seguro que se tendrán presentes sus manifestaciones y después de haberlas hecho, conforme lo ponía el dictámen de su conciencia y los consejos de personas experimentados, yo le pediría que, con la misma entereza de alma conque las ha declarado para que se ponga el remedio necesario, las sepulte todos en el fondo sin fondo de la bondad y misericordia del Divino Corazón de Jesús de Quien salieron aquellos magnánimas palabras "non recordabor amplius".
Conociéndolo a V.R como creo conocerlo y apreciarlo, no dudo que sabrá satisfacer mi petición y puede estar seguro qué no le faltaran de mi parte la plegaria y oraciones que me pide para que en todos los días de su vida sea un sacerdote conforne al Divino Modelo para mucha gloria de Dios y bien de la Iglesia en esa querida Nación de nuestra Señora de Guadalupe.
Simpre y en todo a sus gratas órdenes, sin poderlo olvidar me encomiendo muy de veras en sus SS. y 00.
Imo. n. y s. en Cto.
Tomás J. Travi

Tres meses justos tardó el Prepósito General de la Compañía de Jesús en contestar la extensa declaración y denuncia del padre Sáenz. Las graves revelaciones en ella contenidas, de fácil comprobación, no pudiéndolas o no queriéndolas atender, resultaban comprometedoras para la buena fama de la Compañía; así pues, era conveniente callarlas, ocultarlas y, a la vez, aplacar la justa indignación del denunciante. Dejar transcurrir tres meses fue una medida calculada e inteligente, como bien meditada resultó la sintética respuesta, adornada con frases untuosas. Le decía que el padre General había sido informado. "Puede estar seguro que se tendrán presentes sus manifestaciones y después de haberlas hecho, conforme lo pedía el dictamen de su conciencia y los consejos de personas experimentadas, yo le pediría que, con la misma entereza de alma con que las ha declarado para que se ponga el remedio necesario, las sepulte todas en el fondo sin fondo de la bondad y misericordia del Divino Corazón de Jesús de quien salieron aquellas magnánimas palabras «non recordaber amplius»." Lo que, dicho sin retórica, significaba: "Nunca más hable de este asunto." Y, efectivamente, nunca publicó don Joaquín el contenido de sus revelaciones, aunque, en previsión de ser calumniado, como ciertamente lo fue cuando denunció la conspiración postconciliar contra la Iglesia, dejó copias y originales de la correspondencia cruzada, protocolizada ante notario. La procedencia de todas estas noticias es legítima y su autenticidad irrebatible.
En el panorama nacional, mientras tanto, el futurismo político se anticipaba con fuerza inusitada. A dos años vista de finalizar el régimen, el licenciado Miguel Alemán Valdés realizó auscultaciones encauzadas a su reelección, pero se topó con la franca oposición cardenista que deseaba restablecer su frustrado socialismo, interrumpido por la segunda guerra mundial. Para realizar este giro a la extrema izquierda alentó al general Miguel Henríquez Guzmán, concesionario de obras públicas y agente de ventas de petróleo al extranjero. En enero de 1951, Henríquez Guzmán comunicó a seis periodistas su decisión de participar en la contienda electoral.
No finalizaba febrero cuando el primo del Presidente, licenciado Fernando Casas Alemán,(1) inepto jefe del Departamento del Distrito Federal, fue puesto en la palestra electoral por un grupo de veracruzanos y otro de morelianos. Pero aquel año llovió copiosamente y las calles de la ciudad de México se inundaron como en tiempos olvidados. Don Fernando tuvo que desistir de su intento.
El general Lázaro Cárdenas, que había provocado un "cisma" en la masonería con el intento de fundar su propio rito en Michoacán, habíase reconciliado con sus hermanos de la escuadra y el compás, y había sido nominado para suceder en el grado máximo al licenciado Luis Cataño Morlet, ex presidente del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal.
Este juego de intereses politicomasónicos se resolvió con la candidatura oficial para la Presidencia de la República, de don Adolfo Ruiz Cortines, quien no escapó a las diatribas de viejos revolucionarios que lo acusaron de haber estado al servicio de los yanquis que invadieron Veracruz en 1914.
Y así, en marzo de 1951, al constituirse la Federación de Partidos del Pueblo, fue formalizada la candidatura extragubernamental del general Miguel Henríquez Guzmán. En octubre destapó el PRI a Ruiz Cortines y, el 20 de noviembre, aniversario de la Revolución Mexicana, la Convención Nacional del PAN votó la candidatura del licenciado Efraín González Luna, cofundador del Partido, con el licenciado Manuel Gómez Morín, ex subsecretario de Hacienda del general Calles. Don Efraín gozaba de gran estimación entre los miembros del clero que más tarde habrían de manifestar su filiación progresista.
Encontró apoyo moral en la mayoría de los católicos mexicanos que, por justificada experiencia, rechazaban las huecas promesas de los "priístas" y los "henriquistas", aunque el lenguaje de González Luna, artificioso y académico, resultaba inteligible para el pueblo.
El candidato de Acción Nacional solicitó el apoyo de los "tecos" a través del padre Manuel Figueroa, S. J., rector del Instituto de Ciencias y amigo de la Universidad Autónoma de Guadalajara. Los "tecos" no tenían buena opinión de don Efraín; desconfiaban de su actuación durante la época cristera, de sus nexos con los revolucionarios y de las intromisiones del grupo maritainiano al que pertenecía, para infiltrar la UAG.
Como respuesta a la negativa del apoyo pedido, la Compañía de Jesús retiró a sus maestros Felipe Pardiñas, S. J. y Pérez Becerra, S. J., director de la Facultad de Química de las aulas de la Autónoma, librando a los universitarios, sin proponérselo, de la mala influencia que los nuevos jesuítas ejercían en sus alumnos, ya que la orden de Loyola había iniciado, no sólo su franco declive anulando a sus mejores siervos, sino su insospechada torcedura siniestra.
La campaña de desprestigio y congelamiento de los antiguos jesuitas estaba en su apogeo. Aunque el padre Roberto Guerra, Provincial de la Compañía, había declarado que ésta, "ni pública ni privadamente ha dado queja contra el padre Sáenz", corría entre sus miembros la calumniosa especie de su locura. ¡Vaya incongruencia el haber dado, como hemos visto, tamañas responsabilidades pedagógicas y espirituales a un supuesto demente! ¿No acusaba mayor locura colectiva entre los Superiores de la Orden poner en sus manos la ilustración académica y la dirección religiosa de numerosos muchachos?
Los recelos de don Joaquín estaban plenamente justificados. El 1° de diciembre de aquel año crucial, un jesuíta escribió a Francisco Zenteno, de la residencia "Relaciones Culturales", en Madrid, España, una carta que posteriormente llegó a poder del aludido: "El pobre padre sufre una enfermedad mental, originada por su primer accidente. . . Desgraciadamente no hay esperanza de alivio. Esto explicará a usted la salida del padre de la Compañía de Jesús, a petición de él mismo."
Don Joaquín soportó con resignación cristiana los embustes que se tejían sobre él, y sin

las ataduras de la obediencia a quienes se habían sumado a la moderna conspiración que golpeaba las puertas de la Santa Sede, cerradas al error por la providencial resistencia del Papa Pío XII, el padre se dedicó a viajar y predicar la doctrina verdadera. En Sahuayo, en Morelia, en Mérida, en Tampico, en todos los lugares que visitó dejó profunda huella su labor apostólica: conferencias, retiros espirituales, sermones, impartición de Sacramentos; todo un conjunto de actividades dirigidas, especialmente, a la juventud.
Su madre, anciana de 91 años, era atendida por su hija Lore, que ocupaba una vivienda en la avenida Diagonal de San Antonio 1016, en la ciudad de México. De naturaleza saludable prodigábanle los cuidados que su longevidad aconsejaba. De pronto le aparecieron los primeros síntomas de un resfriado que, en pocas horas, degeneró en bronconeumonía. Sus hijos y parientes cercanos fueron llamados. Joaquín, el más querido de sus hijos, andaba misionando por Zamora, Mich. A matacaballo viajó a México para asistir a su madre; llegó a medianoche, cuando mamá "Tita" había perdido el conocimiento, poco después de haber recibido los últimos sacramentos que le impartió el padre Manuel Fierro. Rodeada de hijos y sobrinos, doña Magdalena descansó en el Señor al salir el sol el día 24 de enero de 1953.
El padre Joaquín se quedó unos días en la ciudad y, aprovechando su presencia, fue invitado por sus sobrinos, don Luis Covarrubias y su esposa, a oficiar en el matrimonio de su hija, sin que en tal ocasión los papas de los contrayentes hubiesen mencionado el templo escogido para la ceremonia.
Al presentarse los novios a ultimar los detalles en La Sagrada Familia, de la colonia Roma, hechos ya todos los preparativos y circuladas las invitaciones, al preguntar el nombre del oficiante, el padre Quiroz, encargado del templo y antiguo compañero del padre Sáenz, reaccionó violentamente y les dijo que por ningún motivo podía oficiar este sacerdote en iglesia alguna de la Compañía. Y una vez más fue difamado el antiguo jesuíta para tratar de justificar su rechazo.
Naturalmente no se hizo esperar el escándalo entre familiares y amigos, aunque don Joaquín pidió al nuevo Provincial, Enrique Ruiz, S. J., una explicación de lo sucedido, no obtuvo más respuesta que el silencio. La justicia y la caridad brillaban por su ausencia entre los nuevos jesuitas de la provincia mexicana.
Don Joaquín viajó a Europa. En los primeros días de junio de 1953 estuvo en Roma. Se entrevistó con el padre Tomás Trevi, S. J., ante quien ratificó y amplió los graves hechos que había denunciado. Con suma prudencia atendió el prominente eclesiástico al ex jesuita; nadie se opuso a que visitase a sus antiguos amigos en la residencia de la Compañía, y celebró misa sin problema alguno en los altares de sus templos. Recibió atenciones y distinciones. Poco después de abandonar la Ciudad Eterna le enviaron a México dos codicilios-diplomas. El primero, de fecha 24 de junio, firmado por el Prepósito General, y el segundo, de fecha 9 de julio, un Officium de Indulgentiis, de la Sacra Paenitentiara Apostólica.
El Padre no había ido a Roma en busca de títulos honoríficos, sino de nuevas oportunidades para su misión apostólica. Se trasladó a Madrid y contempló el descuido espiritual en que se encontraban los estudiantes hispanoamericanos. El 8 de julio escribió al padre Trevi, éste ofreció prestar atención a las recomendaciones formuladas por el celoso sacerdote, mientras podía instalarse en los Estados Unidos.
Sentía especial predilección por los jóvenes a quienes había entregado lo mejor de su actividad sacerdotal. A ellos y ellas pensó dedicarse en aquellos lugares donde estuviesen más desprotegidos. Centenares de estudiantes hispanoamericanos requerían atención espiritual en los Estados Unidos. Su proyecto fue bien recibido por el padre Trevi quien ofreció allanarle el camino con la ayuda de algunos jesuitas: "Espero ulteriores noticias de lo convenido con el padre Sobrino desde U. S. para encaminarse al providencial destino que soñamos"; le dice en su respuesta al padre Sáenz.
De regreso a México se instala en la calle de Saltillo 101, y allí recibe su correspondencia con el padre José A. Sobrino, S. J., encargado de tramitarle su visado para radicar en los Estados Unidos. Su proyecto para atender espiritualmente a los estudiantes hispanoamericanos recibe la aprobación del Provincial de los jesuitas en Nueva York. El lugar escogido para trabajar fue la Universidad de Fordham. Cartas van, respuestas vienen y surgen diferentes posibilidades, entre ellas la de cambiar su futura residencia de Nueva York por Chicago. El padre Sobrino, diligente y convencido, viajó a esta ciudad, habló con el padre Provincial, John Egan quien recomendó al intermediario con el P. J. D. Connerton, director del Newman Club de la Universidad de Chicago. El padre Connerton ya había trabajado con estudiantes hispanoamericanos y recibió complacido la sugerencia de que un sacerdote de habla española colaborase con él. Ambos visitaron al Vicario General que se ofreció a llevar el asunto al Cardenal a su regreso de Roma, en donde se encontraba. Había que escribir unas cartas, ciertos informes ocultando, diplomáticamente, la antigua militancia del padre Sáenz en la Compañía de Jesús. Finalmente, el 12 de noviembre de 1953, el padre Tomás J. Trevi escribe al padre Sáenz, lamentando el fracaso de sus gestiones. Algunos miembros de la Sociedad de Jesús estaban interesados en nulificar todos los esfuerzos de don Joaquín, pero él siempre se mostró dispuesto a colaborar en su labor docente y espiritual, con sus antiguos hermanos de la Orden.
En 1954, a petición del padre Manuel Figueroa, S. J., asesores de la Universidad Autónoma de Guadalajara establecieron en Puebla una organización juvenil, dirigida a contrarrestar la creciente influencia e intromisión de los comunistas en la Universidad poblana. Presidió este grupo el entusiasta Ramón Plata Moreno (2), y fue denominado Frente Universitario Anticomunista. Sus colaboradores inmediatos fueron, entre otros, Francisco Mügemburg, Luis Felipe Coello, Klaus Feldman y Víctor Sánchez Steimpreis.
La nueva corporación fue acogida favorablemente entre los sectores católicos e incluso por elementos gubernamentales del Estado. El mismo arzobispo Octaviano Márquez Toriz les otorgó su apoyo y respaldo moral.
El padre Sáenz Arriaga conservaba el aprecio y estimación del padre Figueroa, y a solicitud de éste colaboró en los pasos iniciales del Frente Universitario Anticomunista prestándoles asistencia religiosa, hasta que la infausta figura del jefe fue adquiriendo su verdadera dimensión. Al presentarse las primeras discrepancias con los señores Plata, Mügembur y Coello, don Joaquín renunció a seguir colaborando con ellos. El fervor inicial del Frente no pasó de la publicación de impresionantes despledados en la prensa de Puebla y del Distrito Federal, atacando a los comunistas que, haciendo caso omiso de la inocua ofensiva periodística, se apoderaron del edificio Carolino, sede de la rectoría de la Universidad Autónoma de Puebla. Los jóvenes partidarios del Partido Comunista expulsaron a estudiantes y maestros que rechazaron la dialéctica marxista y, desde entonces, hicieron de la Universidad angelopolitana un centro importante de adoctrinamiento.
Ante la ineficacia del Frente para detener los señalados avances socialistas, Ramón Plata Moreno (2) y sus colaboradores se establecieron en la capital de la República y se ostentaron como redentores de la Universidad Autónoma de México, para lo cual fundaron el Movimiento Universitario de Renovadora Orientación, mejor conocido como el MURO. Contando con los recursos obtenidos, primero en Puebla entre la iniciativa privada, después entre algunos empresarios de buena fe del llamado Grupo Industrial de Monterrey, empezó por infiltrar los colegios católicos de lasallistas, maristas y jesuítas, principalmente de la Universidad Iberoamericana, donde Plata Moreno contó con él apoyo del rector, Hans Martens.
En el sangriento conflicto estudiantil de 1968, los contraataques del MURO no alcanzaron a mellar los tenebrosos planes soviéticos que intentaban destruir el gobierno y asaltar el poder. Transcurrió más de un año para que el cardenal Miranda se decidiese a desautorizar en su arqui-diócesis a esta agrupación dentro de la cual, declaró, "trabajan elementos imbuidos en el materialismo y el socialismo marxista, tendientes a socavar los cimientos de la sociedad y de la Iglesia." Contradictorio, como en otras ocasiones, estuvo Su Eminencia.
Federico Mügemburg Rodríguez, en documentado trabajo sobre la infiltración de la Democracia Cristiana en México a principios de los años 60, (3) señala el peligro de hacer de esta corriente política basamento del socialismo, como sucedió en Chile, como acontece en Italia, como sucedía en Venezuela. . . Este deslizamiento ideológico planeado por las falsas derechas incrustadas en las estructuras eclesiásticas, encontró campo abonado en los cuadros juveniles del MURO.
La perspicacia del padre Sáenz había previsto la infiltración de falsos católicos en esta sociedad cuyo origen había sido, precisamente, defender a la Iglesia de embestidas reformistas y socializantes. Apartó de su camino ese fruto malogrado y continuó la siembra de fe y amor. Redobló sus actividades, continuó con paternal dedicación ocupándose de sus jóvenes estudiantes, sus misiones, sus ejercicios espirituales, solicitados y buscados en muchos lugares. Su inquietud pastoral lo obligaba a viajar constantemente y, cuando las circunstancias lo ameritaban, se trasladaba a Roma. Durante sus estancias en la Ciudad Eterna visitó en varias ocasiones a S. S. Pío XII. La última vez que lo vio, pocos meses antes de la muerte del Pontífice, se hizo acompañar de su hermana Guadalupe. El Papa los recibió y se hizo retratar con los hermanos Sáenz Arriaga, mostrando así especial deferencia para don Joaquín.
El ex jesuita se bahía dedicado, ya lo hemos dicho, a la atención preferente de estudiantes universitarios. En la colonia del Valle, ciudad de México, abrió una casa en la que proporcionaba asistencia, algunas veces gratuita, a un grupo de jóvenes. Los auxiliaba en sus estudios, los orientaba y aconsejaba. Celebraba la Santa Misa y rezaba con todos el Rosario, práctica que no descuidó desde su niñez hasta su tránsito final. Así transcurrieron aquellos años, sin grandes altibajos en las actividades de esta sacerdote incardinado a la Arquidiócesis de México, a partir del 14 de julio de 1958.

NOTAS
(1) Irma Serrano, "La Tigresa", en su autobiorafía A calzón amarrado, publicada en México en 1979, hace un retrato privado de este funcionario, su primero y dispendioso amante que pasaba por honesto y cumplido padre de familia.
(2) Asesinado en la ciudad de México el 24 de diciembre de 1979. Sus victimarios no fueron identificados.
(3) Mügemburg: Rodriguez, Federico. La Cruz ¿un ariete subversivo? Editorial Ser. S. A., México. D. F., 1970.

CAPITULO VII.- LA IGLESIA POSTCONCILIAR
Su Santidad Pío XII murió en Castelgandolfo el 9 de octubre de 1958.
En su pontificado pudo contener la inacabable conspiración contra las estructuras de la Iglesia y la teología católica, ya denunciada por su remoto antecesor, el Papa Pío X, al que elevó a los altares.
Una vez desaparecido este Pontífice excepcional, en el cónclave convocado para elegir nuevo papa, introdujéronse sutiles elementos de discordia. La ingenuidad, la credibilidad de los viejos cardenales encontraron serios obstáculos para escoger un fiel continuador de la obra realizada por el Pastor Angélico, y transaron en la selección del anciano cardenal Angelo Roncalli, quien habilidosamente "hizo" campaña electoral para, en octubre de 1958, asegurarse 36 de los 50 votos del cónclave que lo elevó al papado con el nombre de Juan XXIII", (1) según reveló el cardenal Eugenio Tisserant en documento dado a conocer después de su muerte.
Una vez instalado en el trono pontificio Juan XXIII, las cosas comenzaron a cambiar, y aunque las innovaciones iniciales no pasaron inadvertidas, pocas personas, sin embargo, calaron en la importancia de las mismas. Falto de prudencia hizo aquello que había rechazado su antecesor: convocar a un concilio ecuménico en el momento en que las presiones políticas, las discrepancias filosóficas, los intereses económicos mundiales y las polémicas sociales exigían rigidez en la doctrina, fortaleza en el mando.
Desde el momento mismo que Juan XXIII tomó la grave decisión de convocarlo, autorizadas voces advirtieron el peligro que se cernía sobre la Iglesia, hasta entonces unificada, inasequible al error, firme en sus cimientos dogmáticos. El día 31 de agosto de 1962, un equipo de teólogos, bien informados de los pormenores de un vasto plan para demoler la Iglesia, denunciaron las acechanzas y, con lógica irrebatible, previeron las desastrosas consecuencias del complot contra la Iglesia que había de encontrar, en el concilio, campo abonado para germinar. Este grueso y documentado volumen suscrito por Maurice Pinay, circuló entre los padres conciliares. Su eficacia, sin embargo, fue limitada. El grupo implicado en el complot funcionó como mecanismo de relojería, lubricado con todo el dinero necesario para orientar noticias y opiniones de la prensa, radio y televisión, hacia sus fines particulares.
Simultáneamente a la publicación de Complot contra la Iglesia, (2) el padre Sáenz recibió una revista española en la que aparecía un sustancioso artículo que anunciaba, con jubilosa esperanza, la oportunidad de revivir el postulado de los hermanos Lehman, famosos conversos del siglo pasado que abogaron por la conversión de sus hermanos judíos, la devoción a la Santísima Virgen y por la absolución al cargo de deicido al judaismo. El avisado teólogo advirtió los intereses en juego y los trascendentes resultados de cualquier concesión doctrinal. Para cubrir a la Iglesia de todo ataque franco o subterráneo, era necesaria la intercomunicación entre quienes en verdad amaban y conocían los peligros que la amenazaban. Viajó a Europa y publicó su primer folleto relacionado con la crisis que se avecinaba: Carta de información a los obispos de España, Portugal y América.
En Roma, acompañado por el padre Rúa, estableció contacto con el cardenal Samore. Más tarde, Rúa y él estuvieron en España y se entrevistaron con el general Franco, en busca de apoyo moral para los católicos mexicanos.
Sus relaciones eclesiásticas en Europa le descubrieron que el llamado "Papa Bueno", cuando era nuncio en París, había sido amigo de altos dignatarios masones.
También se informó de la falsificación de certificados de bautismo expedidos a israelitas, durante la guerra, cuando Roncalli era nuncio apostólico en Turquía o Bulgaria.
Estas informaciones aparecieron en su mencionado folleto, de circulación limitada, al que no faltaron ataques promovidos por quienes se sentían afectados.
Su Carta de información, aunque no lleva fecha, por su contexto se deduce que fue impresa en julio de 1963, medio año después de haber sido clausurada la primera etapa del Concilio Vaticano II, y tres meses antes de la apertura, por Paulo VI, de la segunda sesión, el 29 de septiembre de 1963.
Juan XXIII no pudo ver terminada su obra. Esta responsabilidad la adquirió su sucesor, Juan Bautista Montini, arzobispo de Milán, a donde lo había enviado Pío XII para alejarlo de la Curia Romana. Juan XXIII lo hizo cardenal en 1958 y lo puso en camino de sucederlo en el cargo, como resultó en el cónclave convocado al fallecimiento del Papa Rancalli acaecida el día 3 de junio de 1963.
Durante el Concilio luchó, desde afuera, con los cuatrocientos obispos tradicionalistas y sus jefes, Ottaviani, Lefebvre, Proenca, Sigund —de Brasil—, Carli, quien denunció como contrario a los Evangelios el postulado sobre los judíos presentado por el cardenal Bea —documento incluido en la Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones—; los patriarcas orientales y todos aquellos que, bajo el seudónimo de Maurice Pinay, publicaron el libro Complot contra la Iglesia.
A la muerte de Juan XXIII, el padre Sáenz, en alianza con algunos seglares, logró hacer llegar a los cardenales del Cónclave una biografía con todos los antecedentes modernistas de Juan Bautista Montini, a quien el presbítero Julio Meinville —culto escritor que denunció la penetración y 5l avance de los postulados del modernismo en la nueva iglesia— calificara en privado, por su actuación, como Capo de la Masonería en Roma.
La habilidad de Montini, la presión de los centros europeos amagando con el cisma, el amor a la Iglesia de los cardenales Ottaviani y Siri, que representaban la mayoría del cónclave, fueron los factores determinantes en la elección de Montini. Al cardenal Ottaviani correspondió anunciar la elevación al trono pontificio de Paulo VI.
Durante el Concilio Vaticano II, asamblea en la que ocuparon estratégicos sitiales los neomodernistas, que se exhibieron como los más piadosos, suaves y diligentes para llevar agua a su molino, pronunciaron frases emotivas, se mostraron insinuantes y partidarios de allanar los difíciles caminos de la exclusividad dogmática. La posesión no negociable de la verdad que hasta entonces había sido patrimonio intransferible de la Iglesia Católica quedó sujeta a sutiles interpretaciones. Estos profetas del aperturismo democrático pregonaron la conveniencia del diálogo, y abrieron las ventanas de la Revelación Divina al horizonte sin límites del pensamiento humano, puesto al servicio del progresismo religioso.
El padre Sáenz viajó a París; estableció comunicación con monseñor Roche, uno de los secretarios del cardenal Tisserant que había sido, a su tiempo, comisionado por Pío XII para vigilar a monseñor Montini, entonces pro-secretario de Estado, por sus sospechosas relaciones con personas de dudosa procedencia.
No paró allí el Ulises de la Tradición; viajó a Medio Oriente, cultivó relaciones con los ritos orientales, cercados por el sionismo dueño de la Ciudad Santa en la que se estableció la capital de Israel, contra la opinión mundial expresada en una resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que supuestamente quiso conservar el carácter apolítico de Jerusalén.
En su fructífero recorrido por la antigua Palestina, en 31 de julio de 1965 le fue otorgado, por Elias Bandak, mayor de Belén, el título de ciudadano honorable de dicha ciudad.
El balance final del Vaticano II resultó dañino por sus incontables ambigüedades que, al paso del tiempo, resultarían fértil caldo de cultivo del cambio, de la falsificación, de la negación o condicionamiento del magisterio anterior de la Iglesia.
Los primeros síntomas se presentaron inmediatamente después de la clausura del Concilio, aun cuando otros hechos, como la presencia de Paulo VI en la ONU el día 4 de octubre de 1965, hicieron presumir los drásticos cambios que se avecinaban.
En su histórica visita a la sede la Organización de las Naciones Unidas, Paulo VI fundó el bien público del género humano en los valores que patrocina esta agrupación internacional, y no en los valores morales de la Ley Divina Natural y Positiva, como hicieron San Agustín y Santo Tomás.
El Catecismo Holandés —que hubo forzosamente de haberse preparado con suficiente antelación— fue de las primeras campanadas que sonaron, rotundas y contundentes, en medio de la creciente algarabía del antes tranquilo pueblo de Dios.
El día 7 de diciembre de 1965 terminó la postrera reunión de la cuarta y última etapa del Concilio Vaticano II. La euforia universal rechazaba toda advertencia de peligro. Nadie parecía ver el severo resquebrajamiento que había sufrido el magisterio de la Iglesia. Sólo unos cuantos, inmersos en el silencio de sus retiros, aplicados al estudio de los documentos conciliares, pudieron calibrar las grietas que amenazaban la integridad, hasta entonces monolítica, de las estructuras eclesiásticas y sus bases doctrinales.
El padre Sáenz Arriaga, que había seguido muy de cerca los incidentes del Concilio, que había estudiado los esquemas propuestos y las declaraciones promulgadas, anunció, antes que muchos, la crisis que se avecinaba.
"Yo creo en la Iglesia de los Papas y de los Concilios, no en la Iglesia de un Papa o de un Concilio. Es absurdo desvincular las enseñanzas dogmáticas, disciplinarias o pastorales del Concilio Vaticano II de la contextura veinte veces secular de la doctrina apostólica, de la doctrina de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia, de la doctrina de los Concilios y de los Papas precedentes, de la doctrina secular de toda la teología católica. Cualquier progreso que desconozca el pasado, no es progreso, sino ruina y destrucción; cualquier sentido contrario al que los dogmas han tenido, no es interpretación, sino claudicación." (3)
Había transcurrido medio año desde la clausura del Vaticano II. En la revista norteamericana Look, del 25 de enero de 1966, apareció extensa crónica escrita por Joseph Roddy, intitulada: Cómo los judíos cambiaron el pensamiento católico. En ella se relatan las interferencias israelitas antes y en el transcurso del Concilio, hasta lograr la declaración, contraria a la verdad histórica y a la doctrina de la Iglesia, por la que exime de toda culpa al pueblo judío en la muerte de Nuestro Señor Jesucristo, admitiendo, tácitamente, la propia culpabilidad por los "odios, persecusiones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos."
Esta Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, fue promulgada el 28 de octubre de 1965. El capítulo dedicado a La religión judía sufrió incontables modificaciones hasta culminar con el texto que habría de satisfacer plenamente las demandas israelíes.
Don Joaquín tradujo cuidadosamente el artículo de la revista Look. Al final del mismo añadió varias notas en las que desmenuza el sentido teológico del texto conciliar y comenta o amplía las intromisiones judaicas que lograron torcer el sentido católico de la condenación al pueblo deicida.
En ninguna frase falta a la caridad cristiana. Escribe con sencillez, expone con lógica: "El ataque no es nuestro, es de ellos; no habría defensa si no hubiera ataque. El ataque del judaismo a la Iglesia ha sido secular, veinte veces secular; ha sido permanente: unas veces solapado, insidioso, cauto; otras veces violento, destructor, incendiario y sangriento . . ." (4)
Apoya sus argumentos en testimonios tan válidos, que algunos provienen de los mismos judíos y de significados masones.
Cuando apareció este libro del padre Sáenz, la Mitra Metropolitana le envió una amonestación, no obstante que, en la primera página de la obra que lleva por título Con Cristo o contra Cristo, está impreso el aval de monseñor Juan Navarrete, arzobispo de Hermosillo, en cuya arquidiócesis fue publicado.
El cardenal Miranda no disimulaba su antagonismo personal hacia el antiguo jesuíta. Aunque pertenecía a su arquidiócesis, no era don Joaquín de los serviles o incondicionales que, con su reconocida capacidad y preparación, buscase acomodo en la Mitra. La publicación de su libro, aunque autorizado por el arzobispo sonorense, no le agradó; veía venir la resuelta actitud del padre frente a los cambios radicales que se avecinaban y que él tendría que implantar en su arquidiócesis.
Lo mandó llamar. La cita fue hecha por teléfono; el padre, a quien algunos obispos habían revelado que el cardenal pretendía silenciarlo, le envió ese mismo día —26 de enero de 1967— una carta disculpándose de no poder presentarse en la Mitra. Ante la amenaza de amonestación, admitía la posibilidad de haber cometido algunas equivocaciones en sus trabajos, escritos, sin embargo, "con la mayor pureza de intención y con el respaldo de personas prudentes de conciencia y ciencia teológica", por lo cual agradecería a Su Excelencia se dignase hacerle, por escrito, sus observaciones. No acudía a la cita por padecer gran quebranto físico, que no mental, como maliciosamente pregonaban por ahí algunos eclesiásticos de ideas contrarias a las suyas. Aceptada "esta humillación, como sacrificio personal a Dios", aunque "le gustaría que las refutaciones de esos padres más que con ofensas personales fueran con razones teológicas." (5)
Nunca llegó a ver realizado su justo deseo. Ni prelados, ni presbíteros ni simples legos pudieron rebatir una sola de sus macizas conclusiones teológicas.
Recibió un nuevo llamado telefónico, citándolo en la Mitra el día 4 de febrero. Esta vez envió oportuna disculpa en forma de certificados médicos, suscritas por honorables profesionistas que certificaban su mal estado de salud y la inconveniencia, por ese motivo, de acudir al llamado de don Miguel Darío.

Notas:
(1) ExcélsioT. Diario, México, D. f., 28 de junio de 1972. Pág. 23.
(2) Pinay, Maurice. Complot, contra le Iglesia. Ediciones "Mundo Libre , México,, D. F., septiembre de 1968 (traducción al español por el doctor Luis González).
(3) Sáenz Arriaga, Dr. Joaquín. Con Cristo o contra Cristo, Hermosillo, Sonora, México, 1966. Pág. 5.
(4)Ibídem
(5) Sáenz Arriaga, Dr. Joaquín. Correspondencia privada. Ibídem. Pág. 10.

 

continúa parte 3

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Published by Juan Manuel Olivar Robles - en El Concilio Vaticano II y sus herejías
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