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Presentación

442px-Emblem of the Papacy SE svgBienvenido a este blog de actualidad religiosa,de filosofía, de combate de la Verdad contra la secta modernista del "Concilio Vaticano II", de honor, amor y fidelidad al Magisterio infalible de la Santa Iglesia Católica, y de discusión sobre la actualidad de Méjico.
   Este blog pretende también reunir las direcciones de los centros de Misa y de sacerdotes NON UNA CUM, celebrando el Santo Sacrificio en total desunión a "Benedicto XVI" en México.

   No reconocemos, pues, la legitimidad de la autoridad de los "Papas del Concilio" Vaticano II. Estamos ciertos de que solamente esta posición, también llamada sedevacantismo, es la posición teológica que responde perfectamente a la situación actual de la Autoridad en la Iglesia, en particular detallada por la Tesis de Cassiciacum.

   Le invitamos a leer nuestro blog detalladamente. Permítanos presertarle nuestra postura teológica.

   Sea a la mayor gloria de Dios: 


El equipo de México y Tradición

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25 julio 2013 4 25 /07 /julio /2013 05:46

Estimados lectores:

 

seguramente habrán escuchado diferentes opiniones sobre las posturas sedevacantistas. Hoy les traemos un extracto de un artículo completo de la Revista Integrismo del P. Héctor Lázaro Romero sobre los argumentos infundamentados de la FSSPX en Italia.

 

El Equipo de México y Tradición.

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El dossier debería haber presentado especialmente los argumentos aducidos por los sedevacantistas. Pero no hay ni traza de estas pruebas, lo que evita al autor la faena de refutarlas.

Un viejo axioma escolástico reza: “alegar una dificultad no equivale a demostrar la falsedad de un razonamiento”. Como veremos, el dossier consistirá sustancialmente en una continua variación sobre un único tema: como objeción contra el sedevacantismo presenta la doctrina de la indefectibilidad de la Iglesia. Enseguida veremos cómo esta objeción -ciertamente importante- no es probatoria. Así, se evita explicar las pruebas que presentamos para demostrar que la Sede Apostólica está (formalmente) vacante. Un trabajo científicamente correcto tiene la obligación de exponer estas pruebas para luego demostrar que son falsas, cosa que el dossier se guarda muy bien de hacer.
El autor, completamente ocupado en destacar (hasta la exasperación) las divergencias que existen entre los diversos sedevacantismos, se olvida precisamente del punto fundamental sobre el cual el acuerdo es prácticamente unánime: Francisco I no puede ser Papa precisamente en virtud del dogma de la infalibilidad del Papa y de la Iglesia.
El sedevacantismo (que se pretende estudiar) parte justamente de la infalibilidad del Papa y/o de la Iglesia:
infalibilidad del magisterio ordinario universal;
infalibilidad práctica en la promulgación de leyes canónicas;
infalibilidad práctica en la promulgación de leyes litúrgicas;
infalibilidad práctica en la canonización de los santos.
Ahora bien, la propia Fraternidad San Pío X admite la tesis -que incluso defiende a capa y a espada- según la cual están contenidos errores:
en el Concilio Vaticano II;
en el nuevo código de derecho canónico;
en el nuevo rito de la misa y en las demás reformas litúrgicas;
en algunas canonizaciones efectuadas después del Concilio.
De aquí el hecho de que el Vaticano II y las reformas que le siguieron no estén garantizadas por la infalibilidad cuando, por el contrario, deberían estarlo. No pueden venir de la Iglesia. No pueden venir del Papa. Pablo VI, Juan Pablo II, etc., que promulgaron y confirmaron estos actos, no pueden ser la Autoridad.
De todo esto, el lector de "La Tradizione Cattolica" [TC] -en un dossier dedicado al sedevacantismo y que pretende exponer sus razones no hallará ni rastros (en lo referido al argumento particular de la Tesis de Cassiciacum acerca de la falta habitual y objetiva de procurar el bien/fin de la Iglesia por parte de Pablo VI, Juan Pablo II, etc., no hallará ni una exposición ni una refutación, sino tan solo una alusión (en pág. 11, nota 1).
Esta sola laguna bastaría para desacreditar totalmente el dossier de la TC sobre el sedevacantismo. De esta laguna se derivan dos consecuencias: por un lado, el autor se siente dispensado -como ya dijimos- de rebatir los argumentos sedevacantistas. Por otro, le resulta asimismo posible acusar a los sedevacantistas de prejuicio y apriorismo deshonesto. Si no entienden y aún deforman la teología, es porque “para ellos el hecho de que Francisco I y sus sucesores no sean Papas es un dato descontado y finiquitado; en consecuencia, se sirven de Belarmino o de otros autores autorizados no para buscar la verdad, no de modo desinteresado, esforzándose honestamente para comprender qué es lo que dicen, sino simplemente para hallar argumentos que sirvan a la demostración de una verdad ya dada por sentada y finiquitada desde el vamos (…) Además, en ellos [los guerardianos] se vuelve a descubrir a veces la actitud de quien pretende hacer encajar la teología y la realidad con un juicio ya formulado a priori…” (pág. 54) [se advierte que el dossier escribe lo contrario en la pág. 7]. Lógicamente, si se suprimen los argumentos que condujeron a una conclusión tan grave como la de que la Sede está Vacante, tal conclusión no puede ser sino fruto de prejuicio, apriorismo, testarudez... Le pregunto al autor si no será verdad, en cambio, lo contrario: si acaso la posición suya y la de los sacerdotes de la Fraternidad no es -ésta sí- la dictada por un juicio apriorístico fundado en la autoridad de Mons. Lefebvre. Y le pregunto más concretamente: si Mons. Lefebvre hubiese declarado categóricamente la Sede Vacante (como muchas veces estuvo a punto de hacer), el autor; ¿habría abandonado a Mons. Lefebvre o también él se habría hecho sedevacantista?

El dossier exagera -en interés propio- las divergencias entre las posturas sedevacantistas

Si el dossier poco aclara en qué consiste y como se justifica el sedevacantismo, se extiende en cambio en como “se articula” (pág. 6). El autor admite -con razón- la confusión que siempre ha hecho la Fraternidad San Pío X entre las dos posiciones en que “se articula” el sedevacantismo (sedevacantismo estricto y Tesis de Cassiciacum) (pág. 13), pero luego exagera las diferencias innegables entre ambas posiciones, para enfrentarlas y rebatir a la una con los argumentos de la otra y viceversa (cf. La imposibilidad de conciliar el sedevacantismo estricto y la Tesis de Cassiciacum, págs. 12-14). ¿Es tal vez demasiado pedir que las dos posiciones se presenten como son, con sus diferencias y sus coincidencias? Para la Tesis de Cassiciacum Francisco I no es formalmente Papa; a la pregunta de si Francisco I es Papa o no lo es, la Tesis responde “no”. Cassiciacum y el sedevacantismo coinciden formalmente (1).

¿Una “reflexión serena y desapasionada”? (pág. 6)

El dossier no mantiene pues sus promesas: el lector no podrá saber en qué consiste el sedevacantismo ni cómo se justifica. ¿Mantiene al menos la promesa de resguardar ese clima de auténtica caridad que se propone “para poder tratar el tema con tranquilidad”? Se diría que no, cuando se lee que atribuye a los “colegas” sedevacantistas “odio y veneno” (pág. 48), razonamientos de rabinos (pág. 15) o de fariseos (págs. 42-43), poniendo más que en duda la buena fe y la honestidad intelectual (en este caso, mías: pág. 56). Incluso no es “inocente” el dar la lista de los pintorescos antipapas sedevacantistas (pág. 9) y de los obispos consagrados por Mons. Thuc (págs. 44-45). Por caridad no hay intención alguna de “ridiculizar” al adversario (pág. 10), pese a que, concretamente, ése es el efecto que tendrá sobre el lector de la “Tradizione Cattolica” la publicación de esta lista…
En consecuencia, la intención del autor era buena y estoy convencido de que era también sincera, pero no se ha logrado lo suficiente porque todavía existe una excesiva animosidad que dificulta un debate verdaderamente objetivo.

Segunda parte: EL “VERDADERO PROBLEMA” Y LA SOLUCIÓN PROPUESTA POR LA TRADIZIONE CATTOLICA

Antes de exponer las objeciones que la TC presenta a nuestra posición y nuestras respuestas, me parece oportuno examinar la solución que el dossier propone a los lectores para el problema de la Autoridad. Comenzaré recordando la materia en disputa (y su importancia) para luego analizar la solución propuesta.

El “verdadero problema”: el Papa. Importancia del Papa en la Fe Católica y para la salvación

Hablar de “sedevacantismo” es hablar del Papa (y escribo Papa con mayúscula, como corresponde y es habitual en italiano y no con minúscula, como es habitual en Francia y como figura en el “dossier”, cuyo autor sin embargo no es francés).
He escrito que el gran ausente del “dossier” sobre el sedevacantismo es justamente el sedevacantismo, o bien en qué consiste y como se justifica esta postura. De igual modo podría decir, con mayor razón, que el gran ausente del “dossier” es el Papa. Sin embargo, refutar la posición sedevacantista querría decir, en teoría, demostrar que Francisco I es el legítimo pontífice de la Iglesia Católica, o sea, el sucesor de Pedro, el Vicario de Cristo (“el dulce Cristo en la tierra”, según la expresión de Santa Catalina), a quien se debe no únicamente subordinación jerárquica, sino “verdadera obediencia, no solo en las cuestiones que respectan a la fe y las costumbres, sino también en aquellas relativas a la disciplina y al gobierno de la Iglesia” (Vaticano I, Pastor Æternus, DS 3060 y 3064). Demostrar que la postura sedevacantista es falsa equivale a aplicar a Francisco I cuanto escribe el Concilio Vaticano I a propósito del Romano Pontífice: “El Primado apostólico, que el Romano Pontífice [para la TC, Francisco I] posee sobre la Iglesia universal como sucesor de Pedro Príncipe de los Apóstoles, abarca también al poder supremo de magisterio (...) En efecto, los Padres del IVº Concilio de Constantinopla, siguiendo las huellas de sus predecesores, formularon esta solemne profesión de fe: ‘La primera condición para la salvación es la de custodiar la regla de la recta fe. Y puesto que no puede volverse letra muerta la expresión de Nuestro Señor Jesucristo que dice: ‘Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’ (Mt. 16, 18); esta afirmación se verifica en la práctica porque en la Sede Apostólica la Religión Católica siempre se ha conservado inmaculada y la doctrina católica siempre ha sido profesada en su santidad” (…) [El Papa, para el IIº Concilio de Lyon] “como tiene el deber de defender por sobre todo la verdad de la fe, así las disputas que surgiesen a propósito de la fe deben ser resueltas por juicio suyo (…) [Los Obispos] “han referido especialmente a esta Sede Apostólica los peligros emergentes en materia de fe, para que los daños causados a ella fuesen reparados sobre todo donde la Fe no puede sufrir deficiencias (…) Por lo mismo, este carisma de Verdad y de fe, jamás defectible, ha sido concedido por Dios a Pedro y a sus sucesores sobre esta Cátedra para que ejercitasen este altísimo oficio para la salvación de todos. Y para que la grey universal de Cristo, apartada por obra suya del cebo envenenado del error, fuese nutrida con el manjar de la doctrina celeste y, eliminada cualquier ocasión de cisma, la Iglesia toda se conservase en la unidad y, establecida sobre su fundamento, se irguiese inquebrantable contra las puertas del infierno” (Concilio Vaticano I, Pastor Æternus, DS 3071-3075). Demostrar que el sedevacantismo es falso significa también aplicar a Francisco I cuanto se ha definido en relación a la obligación de obediencia al Papa para salvarse: “declaramos, afirmamos, definimos que estar sometido al Romano Pontífice [para la TC, Francisco I] es necesario para la salvación a toda criatura humana” (Bonifacio VIII, Unam Sanctam, DS 875); “ningún hombre (...) podrá a la postre ser salvo fuera de la fe de la Iglesia misma y de la obediencia a los Romanos Pontífices [para la TC, Pablo VI, Juan Pablo II, etc.]” (Clemente VI, DS 1051). “Luego, entre los mandamientos de Cristo no ocupa un lugar menor el que nos ordena estar incorporados mediante el bautismo al Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia y el de adherir a Cristo y a su Vicario [en este caso, Francisco I], mediante el cual [Francisco I] Él mismo [Cristo] gobierna de modo visible a la Iglesia en la tierra. Por esto, no se salva aquel que, sabiendo que la Iglesia ha sido divinamente instituida por Cristo, rechaza sin embargo el someterse a la Iglesia o rechaza la obediencia al Romano Pontífice [para el caso, Francisco I], Vicario de Cristo en la tierra” (Pío XII, carta del Santo Oficio al Obispo de Boston, DS 3867). Reconocer a Juan Pablo II y no obedecerle equivale a declararse cismáticos: “En efecto, ¿de qué sirve proclamar el dogma católico del primado del Bienaventurado Pedro y de sus sucesores y haber difundido tantas declaraciones de fe católica y de obediencia hacia la Sede Apostólica, cuando las acciones abiertamente desmienten por sí mismas las palabras? ¿Acaso no es menos excusable la obstinación cuanto más se reconoce la debida obligación de la obediencia?¿Acaso la autoridad de la Sede Apostólica no se extiende más allá de lo que ha sido dispuesto por Nosotros, o basta tener comunión de fe con ella sin obligación de obediencia para que se pueda considerar salva la fe católica? (...) En efecto, Venerables Hermanos e hijos dilectos, se trata de la obediencia que se debe prestar o negar a la Sede Apostólica; se trata de reconocer la suprema potestad también sobre vuestras Iglesias, al menos en lo que concierne a la fe, la verdad y la disciplina; quien la negare es hereje. Por el contrario, quien la reconozca pero orgullosamente rehúse obedecerle, es merecedor del anatema” (Pío IX, Enc. Quæ in patriarchatu, nros. 23 y 24, del 1º de septiembre de 1876) (2). Obediencia que también incluye las censuras canónicas impuestas por la autoridad: “El fraude más empleado para conseguir el nuevo cisma es el nombre de católico, que los autores y sus secuaces asumen y usurpan no obstante haber sido amonestados por Nuestra autoridad y condenados con Nuestra sentencia. Siempre fue cosa importante para los herejes y cismáticos declararse católicos y decirlo públicamente, gloriándose de ello, para inducir a error a pueblos y Príncipes (…)”. En cambio, el Papa enseña que “quienquiera haya sido señalado como cismático por el Romano Pontífice, hasta que no admita expresamente su autoridad y la respete, debe dejar de usurpar de cualquier modo el nombre de católico. Nada de esto puede beneficiar mínimamente a los Neocismáticos, quienes, siguiendo las huellas de los herejes más recientes, llegaron al punto de protestar que era injusta, y por lo tanto carente de toda importancia y sin valor alguno, aquella sentencia de cisma y de excomunión conminada contra ellos en Nuestro nombre. (…) Estas razones son absolutamente nuevas y desconocidas a los antiguos Padres de la Iglesia e inauditas. (…) Por esto, habiendo los herejes jansenistas osado enseñar afirmaciones idénticas -esto es, que no se debe tener en cuenta una excomunión impuesta por un prelado legítimo con el pretexto de que es injusta, ciertos de cumplir no obstante aquella el propio deber, como decían-, Nuestro predecesor Clemente XI, de feliz memoria, en la Constitución ‘Unigenitus’ publicada contra los errores de Quesnel proscribió y condenó tales proposiciones para nada distintas de algunos artículos de Juan Wiclef, ya condenados previamente por el Concilio de Constanza y por Martín V. Efectivamente, aunque ocurra por incapacidad humana que alguien pueda ser alcanzado injustamente por censuras del propio prelado, es no obstante necesario, como lo ha advertido Nuestro predecesor San Gregorio Magno: ‘Que aquel que está bajo la guía de Pastor tenga el saludable temor de estarle siempre sometido, incluso si es castigado injustamente y no proteste temerariamente el juicio del propio superior, de modo que la culpa que no existía no se torne arrogancia a causa del acalorado reclamo’. En fin, si hay que preocuparse por uno que fue condenado injustamente por su Pastor, ¿qué no deberíamos decir, empero, de aquellos que, rebeldes a su Pastor y a esta Sede Apostólica, laceran y despedazan la inconsútil túnica de Cristo, que es la Iglesia? (…) Pero los Neocismáticos afirman que no se ha tratado de dogmas sino de disciplina (…) y por consiguiente, a aquellos que se oponen a ella no puede negárseles el nombre y la prerrogativa de católicos. Y Nosotros no dudamos de que a vosotros no os pasará por alto en qué medida es fútil y vano este subterfugio. En efecto, todos aquellos que obstinadamente resisten a los legítimos prelados de la Iglesia, especialmente al Sumo Pontífice de todos, y rehúsan seguir sus órdenes no reconociendo su dignidad, siempre han sido reconocidos como cismáticos por la Iglesia Católica” (Pío IX, Encíclica Quartus supra, del 6 de enero de 1873, nros. 6-12) (3).
Esta es la doctrina católica de la verdadera Tradición Católica, pero no la de la revista homónima, que no hace la más mínima alusión a esta doctrina. Y esto se debe a motivos obvios. En efecto, la posición de la Fraternidad San Pío X es completamente opuesta a la que acabamos de recordar. Se sostiene que Francisco I es Papa, pero su autoridad queda reducida a vanas palabras: se le niega a su magisterio (potestas docendi) no solo la infalibilidad sino hasta su misma existencia (Francisco I no enseñaría más: “es claro que según esta perspectiva, todo tipo de enseñanza -en sentido estricto y auténtico- por parte de Juan Pablo II se vuelve técnicamente imposible, pierde la propia razón de ser, y por lo tanto, su posibilidad de existir” TC, pág. 25); se rehúsa cualquier forma de obediencia a su gobierno (potestas regendi). Y en todo el dossier no hay ni trazas de ese amor por el Papa que distingue al verdadero católico.

"RESPUESTA AL DOCUMENTO DE LA FRATERNIDAD SAN PÍO X SOBRE EL SEDEVACANTISMO", http://integrismo.over-blog.com/article-documentos-50950108.html

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Published by Juan Manuel Olivar Robles - en El Sedevacantismo
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