Overblog Seguir este blog
Administration Create my blog

Presentación

442px-Emblem of the Papacy SE svgBienvenido a este blog de actualidad religiosa,de filosofía, de combate de la Verdad contra la secta modernista del "Concilio Vaticano II", de honor, amor y fidelidad al Magisterio infalible de la Santa Iglesia Católica, y de discusión sobre la actualidad de Méjico.
   Este blog pretende también reunir las direcciones de los centros de Misa y de sacerdotes NON UNA CUM, celebrando el Santo Sacrificio en total desunión a "Benedicto XVI" en México.

   No reconocemos, pues, la legitimidad de la autoridad de los "Papas del Concilio" Vaticano II. Estamos ciertos de que solamente esta posición, también llamada sedevacantismo, es la posición teológica que responde perfectamente a la situación actual de la Autoridad en la Iglesia, en particular detallada por la Tesis de Cassiciacum.

   Le invitamos a leer nuestro blog detalladamente. Permítanos presertarle nuestra postura teológica.

   Sea a la mayor gloria de Dios: 


El equipo de México y Tradición

Archivos

4 mayo 2009 1 04 /05 /mayo /2009 22:05


¿POR QUÉ ESTAN LOS CATOLICOS PERPLEJOS?



     ¿Quién negará, que los Católicos de este agonizante siglo XX están perplejos? El fenómeno es relativamente reciente, correspondiéndose con los últimos 20 años de la historia de la Iglesia. Basta observar lo que pasa persuadirse de ello. Antes todo era más fácil, el camino estaba perfectamente trazado; se seguía o no se seguía; se tenía fe o se había perdido, o nunca se había tenido. Pero quien tenía fe, quien había entrado en la santa Iglesia por el bautismo, y había renovado sus promesas a los once años, y había recibido el Espíritu Santo el día de su Confirmación sabía perfectamente lo que debía creer y los que debía practicar.

Hoy muchos lo ignoran. Se oyen en las iglesias tantos despropósitos, se hacen tantas declaraciones contrarias a los que se había enseñado antes, que las dudas se han removido en los espíritus.

El 30 de junio de 1968, en la clausura del Año Santo de la Fe, S.S. Pablo VI ante todos los Obispos presentes en Roma y ante millares de fieles hacía una profesión de fe católica. En su preámbulo ponía en guardia a los fieles contra los ataques doctrinales que preveía: “Esto engendrará (como desgraciadamente ocurre hoy) sufrimientos y perplejidades en muchas almas fieles”.

La misma palabra se encuentra en una alocución de S.S. Juan Pablo II, el 6 de febrero de 1981: “Los cristianos de hoy se encuentran en gran parte perdidos, confusos, perplejos; más aún, decepcionados”. El Santo Padre resumía las causas de esta perplejidad de la manera siguiente:

“Por todas partes se extienden ideas que contradicen la verdad revelada y siempre enseñada. Verdaderas herejías se han divulgado en los dominios del dogma y de la moral, suscitando dudas, confusión y rebelión. La misma liturgia no ha sido respetada. Sumergidos en un relativismo intelectual y moral, los cristianos se sienten tentados por un iluminismo vagamente moralista, por un cristianismo sociológico, sin dogmas definidos y sin moralidad objetiva”.

Esta perplejidad se manifiesta constantemente en conversaciones, escritos, periódicos, emisiones radiofónicas o televisivas y en el comportamiento de los católicos; esto último se traduce en una disminución considerable en la práctica religiosa, tal como lo testimonian las estadísticas; en un abandono de la misa y de los sacramentos y en una relajación general de las costumbres.

Como consecuencia nos preguntamos, ¿qué es los que ha provocado este estado de cosas? Porque no hay efecto sin causa. ¿Por qué la fe de los hombres se aminora?; ¿por un eclipse de generosidad del alma, por un mayor deseo de felicidad o por la atracción que ejercen los placeres de la vida y las múltiples distracciones que ofrece el mundo moderno? Estas no son las verdaderas razones; estas causas siempre se han dado de una manera o de otra; la rápida caída de la práctica religiosa se debe principalmente a un nuevo espíritu que se ha introducido en la Iglesia; espíritu que ha puesto en duda todo un pasado de visa de la iglesia, de enseñanzas y principios cristianos que regían esa vida. Caudal de enseñanzas y principios que se basaban en la fe inmutable de la Iglesia, transmitida por los catecismos, reconocidos y aceptados de manera uniforme por todos los episcopados.

La fe se fundaba en certezas. Al derrumbarse éstas se ha sembrado la perplejidad.

Veamos un ejemplo. La Iglesia enseñaba –y todos los fieles creían- que la religión católica era la única verdadera. La razón, muy sencilla: había sido fundada por el mismo Dios, mientras que las otras religiones lo han sido por hombres. En consecuencia, el cristiano, por un lado, debe evitar relacionarse con esas religiones falsas; y por otro lado, hacer todo lo posible para llevar sus adeptos a la verdadera religión que es la de Cristo.

¿Esto sigue siendo verdad? Desde luego. La verdad no puede cambiar, de lo contrario nunca hubiera sido la verdad. Ningún dato nuevo, ningún descubrimiento teológico o científico –si es que se puede hablar de descubrimientos teológicos- jamás hará que la religión católica deje de ser la única vía de salvación.

Pero he aquí que el mismo Papa asiste a ceremonias religiosas de estas falsas religiones, reza y predica en templos de sectas heréticas. La Televisión transmite al mundo entero imágenes de estos contactos. Los fieles lógicamente no comprenden nada.

Lutero arrancó pueblos enteros a la Iglesia, revolvió espiritual y políticamente a toda Europa arruinando la jerarquía católica, el sacerdocio católico, inventando una falsa doctrina sobre la justificación y la salvación, y una falsa doctrina sobre los sacramentos. Su revolución contra la Iglesia será el modelo de los futuros revolucionarios que arrojarán el desorden sobre Europa y sobre el mundo. Imposible, 500 años más tarde, hacer de él, como algunos quisieran, en profeta o un doctor de la Iglesia, cuando no un santo.

Pero si leo, por ejemplo, La documentación catholique o ciertas revistas diocesanas ¿qué encuentro? Encuentro escrito y por la pluma nada menos que de la Comisión Mixta Católico-Luterana, oficialmente reconocida por el Vaticano II, lo siguiente:

“Entre las ideas del Concilio Vaticano II se da acogida a ciertas opiniones de Lutero. Véase por ejemplo:

-la descripción de la Iglesia como “Pueblo de Dios” (idea maestra del nuevo Derecho Canónico; idea democrática y no jerárquica);

-se pone el acento sobre el sacerdocio de todos los bautizados;

-el compromiso a favor del derecho de la persona a la libertad en materia religiosa.

Otras exigencias de Lutero, formuladas ya en su tiempo, se pueden considerar atendidas y satisfechas hay día con la teología y la práctica de la Iglesia; el uso de la lengua vernácula en la liturgia, la posibilidad de la Comunión bajo las dos especies y la renovación de la Teología y de la celebración de la Eucaristía”. (La DOC. CATH,. 3 de julio 1983), núm. 1.085, pág. 696 y 697).

¡Qué revelación tan considerable! ¡Satisfacer las exigencias de Lutero, enemigo resuelto y brutal de la Misa y del Papa! Acoger y aceptar opiniones del blasfemo que decía: “¡Afirmo que todos los lupanares, homicidios, robos, adulterios son menos malos que esta misa abominable!” Sólo se puede sacar de tan aberrante rehabilitación una conclusión: o bien hay que condenar el Concilio Vaticano II que la ha autorizado, o por el contrario, es preciso condenar al Concilio de Trento y a todos los Papas que, desde el siglo XVI, han declarado herético y cismático al protestantismo.

Se comprende que ante tal cambio los católicos estén perplejos. Pero ¡hay tantas causas para estarlo! A lo largo de estos años se ha podido ver cómo se cambiaban el fondo e la forma de las prácticas religiosas de siempre, las que los adultos habían conocido en los comienzos de sus vidas. En las iglesias, los altares han sido destruidos o arrancados para poner en su lugar una mesa, a menudo móvil y escamoteable. El Sagrario ya no ocupa el lugar de honor; la mayoría de las veces se le ha disimulado, colocado sobre una columna y a un lado del presbiterio. Cuando se ha quedado en el centro, el sacerdote diciendo la misa le vuelve la espalda. Celebrante y fieles se dan la cara, dialogan juntos. Cualquiera puede tocar los vasos sagrados, que frecuentemente se reemplazan por paneras, platos o recipientes de cerámica; laicos, entre ellos mujeres, dan la comunión que se recibe en la mano. Al sacratísimo Cuerpo de Cristo se le trata con una falta de reverencia, que insinúa la duda sobre la fe en la realidad de la transustanciación.

Los sacramentos se administran de manera distinta según el sitio; por ejemplo la edad del bautismo y de la confirmación, el desarrollo de la bendición nupcial, completada por cantos y lecturas que nada tienen que ver con la religión, ya sea que estén influenciados por otras religiones o por una literatura absolutamente profana, si es que lo están por ideas simplemente políticas.

El latín, lengua universal de la iglesia y el gregoriano, han desaparecido de una manera casi general. La totalidad de los cánticos han sido remplazados por cantinelas modernas en las cuales no es raro encontrar los mismos ritmos que los que se tienen en lugares de diversión.

Los católicos se han visto sorprendidos también por la brusca desaparición del hábito eclesiástico como si sacerdotes y religiosos tuvieran vergüenza de que se les conociese por lo que son

Los padres que envían a sus hijos al catecismo constatan que ya no se les enseñan las verdades de la fe, ni aun las más elementales; la Santísima Trinidad, el misterio de la Encarnación, la Redención, el pecado original, la Inmaculada Concepción. De ahí ha salido ese sentimiento de profundo desarraigo: ¿Es que ya no es la verdad? ¿Es que todo eso está ya “pasado” de moda?. Las virtudes cristianas ya ni se mencionan. ¿En qué catecismos se habla por ejemplo, de la humildad, de la castidad, de la mortificación? La fe se ha convertido en un concepto fluctuante, la caridad es una especie de solidaridad universal y la esperanza es, sobre todo, la esperanza de un mundo mejor.

Estas novedades no son de esas que, en un plano humano, aparecen al correr del tiempo, a las cuales uno se habitúa y que tras un primer período de sorpresa y adaptación, acaba uno por asimilarlas. A lo largo de la vida del hombre muchas formas de actuar y de hacer desaparecen o se transforman. Si yo fuera aún misionero en Africa me trasladaría allí en avión y no en barco, pues tendría dificultades en encontrar una línea marítima que cubriese mis necesidades. En este sentido se puede decir que es necesario vivir con los tiempos, y está uno obligado a ello.

Pero los católicos, a los que se han querido imponer novedades en el origen espiritual y sobrenatural, en virtud de este mismo principio, han comprendido que esto no era posible. No se cambian el Santo Sacrificio de la Misa, los sacramentos instituidos por Jesucristo; no se cambia la verdad revelada una vez para siempre; no se sustituye un dogma por otro.

Las páginas que van a seguir quisiera responder a las preguntas que Uds. se hacen, Uds. que han conocido otra cara de la Iglesia. Ellas se dirigen también a los jóvenes, nacidos después del Concilio y a los que la comunidad católica no les ofrece lo que ellos tienen derecho a saber. Quisiera dirigirme también a los indiferentes y a los agnósticos. Algún día la gracia de Dios les tocará el corazón. Pero corren el riesgo de encontrar entonces una Iglesia sin sacerdotes, una doctrina que no corresponda a las aspiraciones de sus almas.

Además es evidente que es ésta una cuestión que hoy se plantean muchos, a juzgar por el interés que le concede la prensa de información general, de manera particular en nuestra patria. Los periodistas muestran también perplejidad. Es fácil leer titulares como los siguientes:, escogidos al azar: “¿Va a morir el cristianismo?, “¿Habrá aún sacerdotes en el año 2000?”.

A estas preguntas quiero responder, no aportando a mi vez nuevas teorías, sino apelando a la Tradición ininterrumpida de la Iglesia, que por haber sido abandonada en estos últimos años parecerá a muchos lectores como algo enteramente nuevo.
 
 

Carta abierta a los Católicos Perplejos

Mons. Lefebvre 


 

   


Alfredo Cardenal Ottaviani

Antonio Cardenal Bacci

BREVE EXAMEN CRITICO
DEL NUEVO ORDO DE LA MISA


I


Al celebrarse en Roma en el mes de octubre de 1967 el Sínodo episcopal se le pidió a la misma asamblea de Padres un juicio sobre la así llamada "Misa normativa", a saber, de esa "Misa", que había sido excogitada por el Consilium ad exsequendam Constitutionem de sacra Liturgia. Pero el esbozo de semejante Misa suscitó perplejidades entre los Padres convocados al Sínodo, de modo tal que, mientras de los 187 sufragios 43 la rechazaron abiertamente, 62 no la aprobaron sino juxta modum (con reservas). Tampoco se debe pasar por alto el hecho de que la prensa y los diarios internacionales anunciaron que aquélla nueva forma de la Misa había sido sin más rechazada por el Sínodo. En cambio, las publicaciones de los innovadores prefirieron pasar en silencio el asunto: No obstante, una revista bastante conocida, destinada a los obispos y que divulga las opiniones de éstos, describi6 el nuevo rito sintéticamente con las siguientes palabras: " Aquí se ordena hacer tabla rasa de toda la teología de la Misa. En pocas palabras, se acerca a esa teología de los protestantes, que ya abolió y destruyó totalmente el Sacrificio de la Misa".

   Pues bien, en el Novus Ordo Missae, recientemente publicado por la Constitución Apostólica Missale romanum, se encuentra desgraciadamente casi la misma "missa normativa". Tampoco consta que las Conferencias episcopales, difundidas por todo el mundo, hayan sido entre tanto interrogadas, al menos en cuanto tales.

   Efectivamente, en la Constitución Apostólica se afirma que el antiguo Misal promulgado por San Pío V el día 13 de julio del año 1570 (pero que en gran parte debe ser atribuido ya a San Gregorio Magno, y más aún, que se deriva de los primitivos(1)orígenes de la religión cristiana) en los últimos cuatro siglos fue para los sacerdotes de rito latino la norma para celebrar el Sacrificio; y no es sorprendente si en tal y tan grande Misal en todas partes del mundo "innumerables y además santísimos varones alimentaron con gran copiosidad la piedad de sus almas para con Dios, sacando de él ya sus lecturas de las Sagradas Escrituras, ya sus oraciones". Así leemos en el Novus Ordo; y, sin embargo, esta nueva reforma de la Liturgia, que arranca y extermina de raíz aquel Misal de San Pío V, es considerada necesaria por el Novus Ordo, "desde el tiempo en que con más amplitud comenzó a robustecerse y prevalecer en el pueblo cristiano el afán por fomentar la Liturgia".

   Sin embargo, con la debida reverencia, sea permitido declarar que en este asunto hay un grave equívoco; pues si alguna vez se manifestó algún deseo del pueblo cristiano, esto aconteció - estimulándolo principalmente el gran San Pío X cuando el pueblo mismo comenzó a descubrir los tesoros eternos de su Liturgia. El pueblo cristiano no pidió nunca una Liturgia cambiada o mutilada para comprenderla mejor; pidió más bien que se entendiese la Liturgia inmutable, pero nunca que la misma fuese adulterada.

   Además, el Misal Romano, promulgado por mandato de San Pío V y venerado siempre religiosamente, fue muy querido para los co razones católicos tanto de los sacerdotes como de los laicos; de tal manera que nada parece haber en ese Misal que, previa una Oportuna catequesis, pueda inhibir una más plena participación de los fieles y un conocimiento más profundo de la sagrada Liturgia; y, por lo tanto, no aparece suficientemente claro por qué causa se cree que un Misal semejante, refulgente con tan grandes notas reconocidas además por todos, se haya convertido en un . erial tal que ya no pueda seguir alimentando la piedad litúrgica del pueblo cristiano.

   Sin embargo, la "misa normativa ", aunque rechazada ya "sustancialmente" por el Sínodo de los Obispos, hoy es nuevamente propuesta e impuesta como "Novus Ordo Missae", por más que tal Ordo nunca haya sido sometido al juicio colegial de las Conferencias. [Episcopales. N. del T.]. Pero si el pueblo cristiano ha rechazado cualquier reforma de . la Sacrosanta Misa (y esto mucho más en tierras de misiones), no vemos por qué causa se imponga esta nueva ley, que, como por lo demás lo reconoce la misma predicha Constitución, subvierte una tradición inmutable en la Iglesia ya desde los siglos IV y V.

     Por lo tanto, como esta reforma carece objetivamente de fundamento racional, no puede ser defendida con razones adecuadas, por las cuales no sólo se justifique ella misma si no también se torne aceptable para el pueblo católico.

   Es verdad que los Padres del Concilio, en el párrafo 50 de la Constitución Sacrosanctum Concilium decretaron que las diversas partes de la Misa se ordenaran de tal modo, "que aparezcan con mayor claridad el sentido propio de cada una de las partes como también su mutua conexión". Pero de inmediato  veremos cuán poco el Ordo recientemente promulgado responde a esos deseos, de los cuales apenas si parece quedar allí algún recuerdo.

   Pues examinando con mayor atención y pesando de nuevo en la balanza cada uno de los elementos del Novus Ordo se llegará a esa conclusión de que aquí se han añadido o quitado tantas y tan grandes cosas que con razón se debe aplicar también aquí idéntico juicio al de la "Missa normativa". Por consiguiente, no es nada extraño que tanto este Ordo como la "Missa normativa " agraden en muchos puntos a aquellos que entre los mismos protestantes son más "modernistas".  


                         Para ver el texto completo haga
click aquí.

 


 


La Libertad Religiosa


La libertad religiosa corresponde al término libertad en la Revolución Francesa.


Es un término ambiguo muy útil al demonio.


   Nunca ha sido este término comprendido en el sentido que admite el Concilio. Todos los documentos precedentes de la Iglesia que hablan de libertad religiosa entienden por ello la libertad de la religión y nunca la libertad de las religiones. Siempre que la Iglesia ha hablado de esta libertad, ha hablado de la libertad de la religión y de la tolerancia para con las otras religiones . se tolera al error. Darle la libertad es darle un derecho y el error no tiene ninguno. Sólo la verdad tiene derechos. Admitir la libertad de religiones es dar los mismos derechos a la verdad que al error. Esto es imposible. La Iglesia nunca puede decir una cosa semejante. A mi parecer, atreverse a decir eso es blasfemar. Va contra la gloria de Dios, pues Dios es la verdad, Jesucristo es la verdad. Poner a Jesucristo en el mismo plano que un Mahoma o que un Lutero, ¿qué es sino blasfemar? Si tenemos fe, no tenemos derecho a admitir esto; es el error de derecho común que fue condenado por Pió IX y todos los papas.

   Con la libertad religiosa penetró en el Concilio en sentido del término libertad según la Revolución Francesa.

   Considero que el “Caballo de Troya” destinado a realizar esta operación contra el Magisterio tradicional de la Iglesia es el inconcebible esquema de la “libertad religiosa”. Admitido éste, todo el vigor y todo el valor del Magisterio de la Iglesia caen heridos de muerte de una manera radical, pues en sí mismo el magisterio en contrario a la libertad religiosa.

   El Magisterio impone su Verdad, obliga moralmente el sujeto a aceptarla, le priva pues de su libertad moral. Sin duda permanece su libertad psicológica, pero la posibilidad de rechazar la enseñanza no le da, por sí misma, el derecho a rechazarla. Debe creer bajo pena de condenación contraria a la libertad.

   Es dar pruebas de gran ignorancia o fingir esa ignorancia, no querer reconocer que todas las religiones, a excepción de la verdadera, la religión católica, traen consigo un cortejo de tareas sociales que son la vergüenza de la humanidad: piénsese en el divorcio, la poligamia, la anticoncepción, y el amor libre en lo que concierne a la familia; piénsese también, en el terreno de la existencia misma de la sociedad, en las dos tendencias que la destruyen: una tendencia revolucionaria, destructiva de la autoridad, tendencia demagógica, fermento de continuos desórdenes, fruto del libre examen, o una tendencia totalitaria y tiránica gracias a la unión de la falsa religión con el Estado. La historia de los últimos siglos ilustra en forma contundente esta realidad.

   Es, pues, inconcebible que los gobiernos católicos se desinteresen de la religión o que admitan por principio la libertad religiosa en el terreno público. Sería no ver el fin de la sociedad y la extrema importancia de la religión en el terreno social y la diferencia fundamental entre la verdadera religión y las demás en el terreno de la moral, elemento capital para la obtención del fin temporal del Estado.

   Tal es la doctrina enseñada desde siembre en la Iglesia. Confiere a la sociedad un papel capital en el ejercicio de la virtud de los ciudadanos y, por tanto, en forma indirecta, en la obtención de su salvación eterna. Toda criatura ha sido y sigue estando ordenada a ese fin aquí abajo. Las sociedades, familia, Estado, Iglesia, cada una en su puesto, han sido creadas por Dios con ese fin. No se puede negar que, de hecho, la experiencia de la historia de la naciones católicas, la historia de la Iglesia, la historia de la conversión a la Fe Católica, manifiesta el papel providencial del Estado hasta tal punto que se debe afirmar legítimamente que su papel en la obtención de la salvación eterna de la humanidad es capital, si no preponderante Si todo el aparato y el condicionamiento social del Estado es laico, ateo, irreligioso y más aún si es perseguidos de la Iglesia ¿quién se atreverá a decir que les será fácil a los no católicos convertirse y a los católicos seguir siéndolo? Más que nunca ahora, con los medios modernos de comunicación social, con las relaciones sociales que se multiplican, el Estado tiene un influjo más y más grande sobre el comportamiento de los ciudadanos o sobre su vida interior y exterior, por consiguiente sobre su actitud moral, y en definitiva sobre su destino eterno.

   Sería criminal animar a los estados católicos a hacerse laicos, a despreocuparse de la religión y a dejar difundirse indiferentemente en error y la inmoralidad y, bajo el falso pretexto de la dignidad humana, introducir un fermento disolvente de la sociedad con una libertad religiosa exagerada, con la exaltación de la conciencia individual a expensas del bien común como en la legitimación de la objeción de conciencia.
 

+  Monseñor Marcel Lefebvre

 


 

Repost 0