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Presentación

442px-Emblem of the Papacy SE svgBienvenido a este blog de actualidad religiosa,de filosofía, de combate de la Verdad contra la secta modernista del "Concilio Vaticano II", de honor, amor y fidelidad al Magisterio infalible de la Santa Iglesia Católica, y de discusión sobre la actualidad de Méjico.
   Este blog pretende también reunir las direcciones de los centros de Misa y de sacerdotes NON UNA CUM, celebrando el Santo Sacrificio en total desunión a "Benedicto XVI" en México.

   No reconocemos, pues, la legitimidad de la autoridad de los "Papas del Concilio" Vaticano II. Estamos ciertos de que solamente esta posición, también llamada sedevacantismo, es la posición teológica que responde perfectamente a la situación actual de la Autoridad en la Iglesia, en particular detallada por la Tesis de Cassiciacum.

   Le invitamos a leer nuestro blog detalladamente. Permítanos presertarle nuestra postura teológica.

   Sea a la mayor gloria de Dios: 


El equipo de México y Tradición

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3 octubre 2012 3 03 /10 /octubre /2012 05:21

 

 EL LATÍN EN LA SANTA MISA, ¿POR QUÉ?
Por Mons. Mark A. Pivarunas, CMRI


http://www.traditionalmass.org/sspadmin/albums/HolyWeekEaster2010/hr/DSCF1457.jpg
1. ¿Porqué se oficia la Misa en Latín?
La Misa en latín con frecuencia se denomina “Misa Tridentina,” en referencia al hecho de que fue codificada por San Pío V poco después del Concilio de Trento (1545-1563), de donde proviene el término “Tridentino.” Contrario a lo que algunas personas piensan, San Pío V no creó una nueva Misa, sino unificó toda la Liturgia existente: Ordenando y estructurándola bajo un “Ordo,” de tal manera; que toda la Liturgia de la Iglesia permaneciera sin mutación con el correr de los Siglos. Su Bula “Quo Primum Tempore” no solamente declaró que había que mantener la Misa permanentemente inalterable, sino también prohibió la introducción de nuevas Liturgias en la Misa. La Misa en Latín puede de hecho llamarse Misa de los Apóstoles, porque data del tiempo de Nuestro Señor y de los Apóstoles. Los pormenores de las primeras Liturgias se asemejan a la Misa en Latín en sus detalles esenciales.

2. ¿Originalmente en que Idioma se decía la Santa Misa en la Iglesia?
La Misa se decía originalmente en Arameo o Hebreo, puesto que estas eran las lenguas que hablaban Cristo y los Apóstoles; las expresiones: “Amen, Alleluia, Hosanna y Sabbaoth” son palabras Arameas que se mantuvieron y aun permanecen actualmente en la Santa Misa en Latín. Cuando la Iglesia se extendió por todo el mundo gentil en el Siglo I; adoptó el Griego en su Liturgia porque este era el Idioma común del Imperio Romano. El uso del Griego continuó hasta el siglo II y parte del siglo III. El Kyrie eléison, y el Símbolo Litúrgico IHS (deriva de la palabra Jesús en Griego) son una prueba víva del uso de este Idioma en la Liturgia de la Iglesia; pues permanecen aun en la Santa Misa en Latín. Las Misas Romanas iniciales se encuentran en los escritos de San Justo “que datan del año 150 del Cristianismo” y también en los de San Hipólito del “año 215.” El Latín finalmente remplazó al griego como lengua oficial del Imperio.

3. ¿Desde cuándo se usa el latín en la Iglesia?
Hacia el año 250 de la fundación de la Iglesia, la Misa se decía en Latín en la mayor parte del mundo Romano. Incluyendo las ciudades del Norte de África y de Italia, como Milán. La Iglesia en el Imperio Occidental adoptó el latín en la Misa alrededor del año 380 del Cristianismo. El Canon de la Santa Misa en latín, como lo conocemos actualmente, ya estaba completo para el año 399 del Cristianismo. El Latín dejó de ser lengua vernácula hacia los Siglos VII y IX; sin embargo, la Misa siguió ofreciéndose en Latín porque mucha de su Liturgia ya había sido creada en esa lengua. Los Santos Padres de la Iglesia, por entonces, no vieron razón alguna para adoptar las nuevas lenguas vernáculas que estaban en desarrollo alrededor del mundo conocido. Este fue un medio providencial; porque el latín, aunque lengua muerta, sirvió como medio de comunicación en la Iglesia y a través de los Siglos. Sin duda era este el medio por el cual, Dios prometiera en el santo Evangelio, que estaría con nosotros hasta el fin de los tiempos; esto es parte del Plan de Dios para preservar a su Iglesia hasta el final.

4. ¿Qué razones tuvo la Santa Iglesia para mandar que se oficiara la Misa en Latín?
El único objetivo de San Pío V al mandar codificar la Misa, no fue sino el de la Unidad de la Iglesia, la única de las razones de peso; por la que se asegura la Unidad en el Culto Católico y se evita la disparidad de Rito, el único medio era la Uniformidad en el Idioma, y así se preservaría no solo de Cisma sino también de los errores que pudieran ser introducidos. Mandó San Pío V fuese dicha, la Misa en lo que sería en adelante el Idioma Oficial de la Santa Iglesia: “El Latín.”

5. ¿Cómo asegurar la perpetuidad de los Ritos Católicos, a través de tanta diversidad de Idiomas, Naciones, costumbres y que además esas mismas diferencias cambiarían a través del correr de los años?
Las razones son evidentes, había que asegurarse de que el Idioma que la Iglesia tomara como oficial, no fuera modificado a través de los tiempos y los lugares; pues la Historia nos demuestra que los vocablos de los Idiomas cambian de significado o se introducen modismos, por el habla Popular con el tiempo.
Hasta los reformistas protestantes reconocen la conexión entre las enseñanzas de la Iglesia y la Misa. Lutero creyó que eliminando la Misa, podría derrocar al papado. El y otros reformistas protestantes se dedicaron a erradicar la noción del sacrificio de sus liturgias “reformadas.” Eliminaron los altares y los crucifijos, y las lecturas de las Escrituras y los sermones remplazaron el concepto de la Real Presencia de Cristo en el Sagrado Sacramento. Esto se fue haciendo gradualmente, para que los católicos quienes, después de todo, iban a las mismas iglesias y con frecuencia tenían los mismos pastores, difícilmente se dieran cuenta de que poco a poco se iban convirtiendo en protestantes.
La repuesta Sabia de la Iglesia, a todas estas incógnitas Preocupantes, las soluciona adoptando una Lengua que en sí misma sea inalterable, inmutable en lo esencial de sus vocablos.

 6. ¿Qué lengua entre el Griego, Latín, Hebreo y el llamado Siriaco-Arameo resolvía éstas incógnitas?
El Latín ofrecía esta garantía; es por eso que se mandó, se adoptase en toda la Liturgia de la Iglesia: “El Latín Lengua Muerta” a excepción de los Ritos Católicos que tuvieran más de 200 años de existencia. Son por estas razones y no por otras, por las que se dice la Misa en Latín (Lengua Muerta). Como no se habla actualmente como lengua vernácula de país alguno; las palabras en latín no cambian de significado. Por ejemplo el Idioma Inglés será más fácil de entender, pero a causa del habla popular, los Coloquialismos, y la influencia de los Regionalismos, las palabras que usamos varían de significado de un sitio a otro y de un año a otro. Como lo dijo su Santidad Pío XII de feliz memoria: “El uso del Latín” es una señal hermosa y manifiesta de la Unidad, así como un antídoto efectivo contra cualquier corrupción en la Verdad Doctrinal” (Mediator Dei).

 7. ¿Qué podemos decir de las personas que objetan que hay dificultad actualmente para entender el latín por lo que les resulta aburrida la Misa?
Es evidente, están olvidando que el acto de Adoración Supremo (Misa) no es una reunión social que sirva para alagar a los sentidos ni mucho menos un estímulo para favorecer el sentimentalismo; muy al contrario es la “Aceptación de la Soberanía infinita de Dios y de sus Perfecciones con la sumisión absoluta de la criatura para con su Señor y Creador. Nos encontramos por desgracia en una situación en donde los modismos y costumbres en los Idiomas se suceden una y otra vez sin interrupción; de tal manera que al cabo de solo 2 o 3 años ya no tienen el mismo significado tal o cual palabra, la prueba está en que experimentamos cambios en la forma de hablar de las generaciones pasadas a las actuales y sin embargo lo aceptamos gustosos. Entonces, ¿ Porqué no aceptar un Idioma que además de ser Mandado por la Iglesia Católica es a la vez una garantía de seguridad que preserva a nuestra Fe Católica de todo contagio de error y de corrupción?. Para los que se quejan de no entender el latín no es sino una manera fácil de justificar su falta de piedad y de Fe y por este motivo culpan a un Idioma que facilita la Unidad de la Iglesia y que además a sido Inspirado por el Espíritu Santo y por eso se conforman con el progresismo religioso de los Templos actuales; condenado por la Santa Iglesia.

8. ¿Cuál es la manera Católica de guiarnos cuando asistimos los domingos a las Misas en latín?
Existe una diversidad de Misales que traen el texto en Latín y adjunto la traducción en el Idioma de cada País; recordemos que el Culto de “Dulía que ofrecemos a los Santos” y el Culto de “Latría o de Adoración que es el que se tributa solo a Dios” lo hacemos conforme lo manda La Santa Iglesia y que éste solo hecho debe bastarnos para satisfacer nuestras exigencias de entender el Latín, pues aunque por el oído no lo entendamos sabemos que adoramos a Dios de la manera como quiere ser Adorado, del modo, forma y medida que el Espíritu Santo a proporcionado a su Iglesia. Sus Ministros lo entienden y nos trasmiten los sentimientos de la Iglesia en cada mínimo gesto litúrgico; y basta con que ellos nos expliquen con claridad cada parte del Culto Oficial de la Iglesia que es: “la Liturgia” y como consecuencia el Centro de ella “La Santa Misa.”

 9. ¡Qué es lo que sucede actualmente! ¿Porqué razón, no se ofician más Misas Católicas, es decir, en el Idioma Oficial y con las disposiciones mandadas y ordenadas por la Iglesia?
La razón es que las Misas que se dicen a partir del 20 de Noviembre de 1960, mandadas por el hereje Pablo VI (Montini), no son ya Misas Católicas, puesto que se separan de una manera impresionante de la Misa Tridentina (Cardenal Ottaviani); el Novus Ordo Missae o nueva Misa; no es ni será jamás, Un Ordo Católico; muy al contrario no representa mas que un Misal arreglado y ordenado a merced de las aspiraciones protestantes: la Nueva Misa, no representa más que el sueño dorado del Pérfido Martín Lutero; pues su máxima favorita era: “¡Destruid la Misa y Habréis acabado con Papado!” Y en efecto se cortó el canal de la gracia (la Misa) que es el Centro de Toda la Liturgia; y se consiguió lo que aspiraban, protestantizar a la que ellos consideraban su enemigo acérrimo la “Iglesia Católica.” La nueva Misa es en verdad una Asamblea protestante. Ella es el reflejo vivo de la secta protestante; y en honor a la verdad si Ud. ¡No lo cree!, lo Insto a que lo compruebe con sus propios ojos, si puede Ud. encontrar alguna diferencia entre una asamblea protestante Y la Misa nueva; basta con presenciar personalmente las dos Asambleas; la protestante y la que dicen en los Templos modernos mal llamados Católicos.

 10. ¿Cuáles fueron las consecuencias al querer imponer a todos los sacerdotes la nueva Misa?
Aunque la Misa en Latín data del año 150 del Cristianismo, el advenimiento de la nueva Misa Protestante (Novus Ordo Missae) hecha oficial por el hereje Pablo VI el 22 de Marzo de 1970, causó la Apostasía de muchos Sacerdotes. Pero también la reacción de muchos otros que permanecieron fieles a las Enseñanzas de la Iglesia, los cuales conscientes de la importancia de la Unidad cuya nota, es la principal para conocer la Verdadera Religión; han continuado Oficiando la Santa Misa tal como fue codificada por la Santa Iglesia poco después del Concilio de Trento, sin agregar ni disminuir nada de lo que allí establecieron; según aquello del conmmonitorio: “no traspases los límites que han establecido vuestros antepasados.” Los sacerdotes de la “Congregación María Reina Inmaculada” (CMRI) que comenzó en el año de 1967, siempre han ofrecido la Misa Católica (Tradicional en Latín) con las circunstancias que rodean actualmente a la Santa Iglesia, como es el: Declarar que la Sede Apostólica está Vacante, por razón cierta y comprobada que los últimos Papas predecesores a Pío XII han caído consuetudinariamente en las heréticas y depravadas prácticas de Doctrinas condenadas por la Iglesia, separándose así del Cuerpo Místico de Cristo tales son los casos de Juan XXXIII, Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II los cuales habiendo reformado; la Misa, Sacramentos, y aún la Liturgia en general, se han plegado a los errores Modernistas condenados por San Pío X. Pues es clara la Iglesia cuando la escuchamos decir por San Roberto Bellarmino: ¿Puede un Papa caer en herejía? Y no duda al responder que, Sí, cuando atenta contra los Dogmas, y lo establecido a “perpetuidad” concerniente a (Moral y Doctrina Católica) que ya la Iglesia por medio de los Pontífices antecesores haya Decretado, quien pretenda hacer lo contrario, y refórmese lo ya establecido quedará ipso facto fuero de la Santa Iglesia, esta es doctrina clara de la misma; es hereje quien niegue, reforme, agregando o disminuyendo lo que la Iglesia manda que crea, reciba y obedezca; cualquiera que haya sido su condición o Autoridad dentro de la Santa Iglesia llámese: Obispo, Arzobispo, Cardenal y en definitiva Papa.

 11. ¡Acaso la Liturgia no puede acomodarse a las necesidades de los tiempos actuales! ¿Porqué la Misa en latín es tan importante para ustedes?

El Papa Pío XII declara expresamente que la Sagrada Liturgia está íntimamente vinculada a las verdades de la Fe Católica y por lo tanto debe conformarse a ella y reflejar esas verdades; no podemos so pretexto, de acomodar la Liturgia a las exigencias de los pueblos y de los tiempos modernos, comprometer una sola Verdad de Fe; es absolutamente importante conservar inalterable la Liturgia para que ella sirva actualmente salvaguardando la integridad de la Fe (Mediator Dei). Si la Liturgia en este sentido representa el depósito de la Fe Católica, resultaría herético y sacrílego, querer acomodar la Santa Misa a merced del capricho humano, atropellando con ello toda una tradición infalible.

 12. Estimo que el latín es una lengua Anticuada ¿Acaso no se opone al progresismo cultural de los pueblos?
No podemos objetar el que una lengua como el latín haya pasado de uso en estos tiempos tan modernos o el que peligremos habernos quedado anclados en el Siglo XV; como afirman muchas personas de juicio ligero. Contrario a estos criterios equívocos, no solamente afirmamos que quedamos anclados en el Siglo XV sino en el año 33 de Nuestro Señor; por eso cuando se nos acusa de novedosos podemos responderles: “no hay nada mas nuevo que permanecer en los Orígenes”( Sta. Teresa de Jesús). No es pues la Misa en latín, una manera selectiva o novedosa de oficiarla ni tampoco elitista o exclusivista, todo lo contrario, es la única manera católica, es decir, Universal de oficiarla, acomodada para que sea escuchada por toda persona bautizada del mundo sin importar la Nacionalidad que tuviera (Chino, Alemán, Norteamericano etc.) Esta fue la intención de la Iglesia al mandar codificar la Misa en una lengua que a través de los tiempos y los lugares no sufriera cambios, pues pertenecemos a la Iglesia Católica que es Una: en el Bautismo, Una en los Sacramentos, Una en la Fe; como dice el Apóstol San Pablo. Por estas razones, la Iglesia siempre ha protegido cuidadosamente el Texto de la Misa, para evitar que se incorporen a la Liturgia errores doctrinales. La Misa tradicional en latín es entonces la expresión perfecta de las verdades inmanentes de la Iglesia Católica. Hasta los protestantes reformistas reconocen la conexión entre las enseñanzas de la Iglesia y la Misa. Lutero creyó que eliminando la Misa, podría derrocar el Papado. El y todos los demás protestantes se dedicaron a quitar la Noción de Sacrificio de sus Liturgias, “inventadas” por ellos: eliminaron los altares y los crucifijos, y las lecturas de las Escrituras y los sermones reemplazaron el concepto de la Real Presencia de Cristo en el Sagrado Sacramento. Esto se fue haciendo de un modo gradual y despacio para que los Católicos, quienes después de todo, observaban atónitos los cambios y novedades que se iban introduciendo en sus iglesias, ni siquiera advirtiesen que se iban convirtiendo en protestantes.

 13. ¿Cuál fue el origen de la nueva Misa conocida como: “NOVUS ORDO MISSAE”?
Desde principios de la década de los 60′s muchos de estos primeros cambios se fueron gradualmente introduciendo en las iglesias Católicas. Fue entonces en ésta época cuando la Misa experimentó cambios por una comisión del Vaticano II asistida por seis protestantes. En la nueva Liturgia que arreglaron ellos no hay referencias a la Misa como un sacrificio, pues la definen como: “El memorial del Señor” y se identifica perfectamente con el servicio protestante. Al transformar toda la Liturgia alejándose impresionantemente de la Teología Católica, éstas reformas han demostrado a la sociedad que los nuevos cambios litúrgicos solo conducen a una total desorientación en los Católicos que dieron señales de indiferencia y de disminución de la Fe, otros pasaron por una torturante crisis de conciencia y finalmente miles apostataron; pues la nueva Misa no era ya la expresión de una Fe Católica sino la de una nueva religión ecuménica.

 14. ¿Acaso no debe la liturgia acomodarse a las necesidades de las culturas y de los pueblos para Evangelizarlos?
La Misa es el acto supremo de Adoración a Dios, quién está por sobre el tiempo, las lenguas y las culturas. La finalidad de la Misa es honrar a Dios y Adorarlo. Durante Siglos, un Católico podía asistir a la Misa en cualquier parte del mundo y siempre hallaba la misma forma Católica de seguirla y cumplir con el precepto. Si pudiésemos viajar a través del tiempo, encontraríamos la misma Verdad: una Misa ofrecida por un sacerdote Católico que viviera en Roma en el año 570 sería igual a una ofrecida por un sacerdote que viviera en Nagasaki en 1940, o la de un sacerdote del Monte San Miguel en el año 2002. Este hecho refleja claramente dos de las cuatro Notas de la Iglesia Católica; su Unidad y su Catolicidad en relación con el tiempo y el espacio.

 15. ¿Cuáles son los fines de la Santa Misa?
Recordando nuestro Catecismo; los propósitos por los que se ofrece la Misa son:

    Adorar a Dios como Señor y Creador
    Darle gracias a Dios por todos los favores recibidos
    Pedir a Dios que derrame sus bendiciones sobre todos los hombres
    Satisfacer la Justicia de Dios por los pecados que se cometen.

La Misa es, aún más, la Adoración pública ofrecida por la Iglesia entera a Dios a través de Jesucristo, quién, como el Sumo Sacerdote Eterno se ofrece de nuevo a su Eterno Padre como lo hiciera en la Cruz. Él es el Cordero de Dios, la Víctima sin mancha cuyo sacrificio lava los pecados del mundo. La Misa, es entonces el cumplimiento de la profecía: “De Levante a Poniente, grande es mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar se sacrifica y se ofrece al Nombre Mío una ofrenda pura” ( Mal. I,11).

 Obispo Mark A. Pivarunas, CMRI

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Published by Juan Manuel Olivar Robles - en La Misa de San Pío V
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5 septiembre 2010 7 05 /09 /septiembre /2010 06:02

INFINITO VALOR DE

LA SANTA MISA

missa tridentina 502-copia-1

He aquí un texto resumido del teólogo romano R. Garrigou-Lagrange O.P. que en su obra  El Salvador y su amor por nosotros, nos habla de la excelencia y eficacia de la santa Misa (Colección Patmos, ed. Rialp, Cap. XIV).

“Jesucristo, Salvador nuestro, es el Sacerdote principal del sacrificio de la Misa. La oblación interior, que fue el alma del sacrificio de la Cruz, per-dura siempre en el Corazón de Cristo que quiere nuestra salvación. Él mismo ofrece todas las Misas que se celebran cada día. ¿Cuál es el valor de cada una de esas Misas? Es importante tener una idea justa, para unirse cada día al santo Sacrificio y recibir más abundantes frutos.

En la Iglesia se enseña comúnmente que el sacrificio de la Misa considerado en sí mismo tiene un valor infinito, pero que el efecto que produce en nosotros es siempre finito, por elevado que sea, y proporcional a nuestras disposiciones interiores. Estos son los dos puntos de doctrina que conviene explicar.

El sacrificio de la Misa considerado en sí mismo tiene un valor infinito

La razón estriba en que, en sustancia, el sacrificio de la Misa es el mismo que el de la Cruz, el cual tiene un valor infinito a causa de la dignidad de la Víctima ofrecida y del Sacerdote que la ha ofrecido, pues es el Verbo hecho hombre quien, en la Cruz, era al mismo tiempo Sacerdote y Víctima. Es Él quien permanece en la Misa como Sacerdote principal y Víctima realmente presente, realmente ofrecida sacramentalmente inmolada. Mientras que los efectos de la Misa inmediatamente relativos a Dios, como la adoración reparadora y la acción de gracias, se producen

Siempre infaliblemente en su plenitud infinita, incluso sin nuestro concurso, sus efectos relativos a nosotros sólo se extienden en la medida de nuestras disposiciones interiores.

En cada Misa se ofrecen infaliblemente a Dios una adoración, una reparación y una acción de gracias de valor sin límites, y ello en razón de la Víctima ofrecida y del Sacerdote principal, independientemente de las oraciones de la Iglesia universal y del fervor del celebrante.

Es imposible adorar a Dios, reconocer mejor su soberano dominio sobre todas las cosas, sobre todas las almas, que por la inmolación sacramental del Salvador muerto por nosotros en la Cruz. Tal adoración la expresa el Gloria: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Te alabamos, Te bendecimos, Te adoramos, Te glorificamos. Esta adoración la expresa de nuevo el Sanctus y aún más la doble Consagración. Es la más perfecta realización del precepto: Adorarás al Señor tu Dios y al Él sólo servirás. Sólo la infinita grandeza de Dios merece el culto de latría. En la Misa se le ofrece una adoración en espíritu y en verdad de valor sin medida.

En el momento de la Consagración, en la paz del santuario, hay como un gran impulso de adoración que sube hacia Dios. Su preludio es el Gloria y el Sanctus, cuya belleza queda subrayada algunos días por el canto gregoriano, el más excelso, el más simple y el más puro de todos los cantos religiosos; pero cuando llega el momento de la doble Consa-gración, todos se callan: el silencio expresa a su manera lo que el canto ya no puede decir. Que el silencio de la Consa-gración sea nuestro reposo y nuestra fortaleza.

Esa adoración, que sube hacia Dios en todas las Misas cotidianas, recae, de alguna manera, como fecundo rocío, sobre nuestra pobre tierra para fertilizarla espiritualmente.

Igualmente, es imposible ofrecer a Dios una reparación más perfecta por las faltas que se cometen diariamente, como dice el Concilio de Trento. No se trata de una nueva reparación, distinta de la de la Cruz: Cristo no muere ni sufre más, pero, según el mismo Concilio, el Sacrificio del altar, siendo substancialmente el mismo que el del Calvario, agrada a Dios más que lo que le desagradan todos los pecados juntos. El imprescriptible derecho de Dios, So-berano Bien, a ser amado por encima  de todo no se podría reconocer mejor por la oblación [ofrecimiento] del Cordero [Jesucristo] que quita los pecados del mundo.(Dz 940 y 950, S. Tomás, de Aquino, Suma Teológica III, 48 2).

A menudo nos olvidamos de agradecer a  Dios sus gracias, como los leprosos curados por Jesús; de diez, sólo uno se lo agradeció. Conviene ofrecer con frecuencia Misas de acción de gracias. Por cada Misa celebrada, por la oblación y la inmolación sacramental del Salvador en el altar, Dios obtiene infaliblemente una adoración infinita, una reparación y una acción de gracias sin límite.

No olvidemos que el más alto fin del Santo Sacrificio es la Gloria de Dios. Sin embargo hay otros efectos que son relativos a nosotros. La Misa puede obtenernos todas las gracias necesarias para la salvación. Cristo, que siempre está vivo, no deja de interceder por nosotros, (Hebreos 7,25).

¿Cuáles son los efectos que la Misa puede producir en nosotros?

Aunque el sacrificio de la Misa tenga en sí un valor infinito, en razón de la dignidad de la Víctima ofrecida y del Sacerdote principal, los efectos que produce en nosotros son siempre finitos a causa de los límites mismos de la criatura y de los límites mismos de nuestra disposición interior.

Gran número de  teólogos, inspirándose en los textos de Santo Tomás, dicen: El efecto de cada Misa no está limitado por la voluntad de Cristo, sino tan sólo por la devoción de aquellos por los que se ofrece. Una sola Misa ofrecida por cien personas, puede  serle provechosa a cada una, del mismo modo que si hubiese sido dicha sólo por una.

La razón estriba en que la influencia de una causa universal sólo está limitada por la capacidad de los sujetos que la reciben. Así, el sol ilumina y calienta en un solo lugar tanto a mil personas como a una sola. La influencia de la Santa Misa en nosotros no está pues, limitada más que por la disposición y el fervor de quienes las reciben.

El sacrificio de la Misa, que perpetúa en sustancia el de la Cruz, es de un valor infinito para aplicarnos los méritos y las satisfacciones de la Pasión del Salvador.

Es esto lo que explica la práctica de la Iglesia, que ofrece Misas por la salvación del mundo entero, por todos los fieles vivos y difuntos, por el Soberano Pontífice, los jefes de Estado, los obispos, sin limitar sus intenciones. Actuando así, la Iglesia no piensa en modo alguno que la Misa sea menos provechosa para aquél por quien se aplica especialmente.

En la Misa Cristo sigue ofreciéndose por acto teándrico [acto divino-humano], de valor infinito para aplicarnos los frutos de su Pasión. El límite no proviene de Él, sino sólo de nosotros, de nuestras disposiciones y de nuestro fervor. Como dice Santo Tomás de Aquino, igual que uno recibe más el calor de un hogar si se aproxima a él, así nosotros nos beneficiamos tanto más de los frutos de una Misa a la que asistimos con más espíritu de fe, de confianza en Dios, de amor y de piedad.

La Misa facilita nuestra conversión

En tanto que nos obtiene la gracia del arrepentimiento, nos facilita el perdón de los pecados; no se dicen en vano estas palabras antes de la Comunión: Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten misericordia de nosotros. ¡Cuántos pecadores, asistiendo a Misa, han encontrado allí la gracia del arrepentimiento y la inspiración de hacer una buena confesión de toda su vida!

Por razón de que la Misa facilita el arrepentimiento, se sigue que puede ser ofrecida por pecadores incluso endurecidos e impenitentes a los que no se podría dar la Comunión. El santo Sacrificio puede obtenerles suficientes gracias de luz y de conversión. Incluso puede ser ofrecido, como el de la Cruz, por todos los hombres vivos, incluso por los infieles, los cismáticos, los herejes, siempre y cuando no se ofrezca por ellos como si fuesen miembros de la Iglesia. Con esta idea, el Padre Charles de Foucauld, eremita del Sahara [África], celebraba a menudo la Misa por los musulmanes a fin de preparar sus almas para recibir más tarde la predicación del Evangelio

La Misa neutraliza al demonio

                El espíritu del mal nada teme tanto como una Misa, sobre todo cuando es celebrada con gran fervor y cuando muchos se unen a ella con espíritu de fe. Cuando el enemigo del bien choca con un obstáculo insuperable, es que en una iglesia, un sacerdote consciente de su propia debilidad y de su pobreza, ha ofrecido la omnipotente Hostia y la Sangre redentora. Hay que recordar el caso de santos que, asistiendo a Misa, en el momento de la elevación del cáliz, han visto desbordarse la preciosa Sangre y deslizarse por los brazos del sacerdote, y los ángeles venir a recogerla en copas de oro para llevarla a aquellos que tienen mayor necesidad de participar en el misterio de la Redención.

La Misa disminuye nuestro purgatorio

El sacrificio de la Misa no sólo perdona nuestros pecados, sino la pena debida a nuestros pecados perdonados, ya se trate de vivos o muertos por quienes se ofrece el sacrificio. Este efecto es infalible; sin embargo, la pena no siempre es perdonada en su totalidad, sino según la disposición de la Providencia y el grado de nuestro fervor. Así se verifican las palabras: Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, danos la paz.

De aquí no se sigue que los difuntos que han dejado mucho dinero para que se digan numerosas Misas por su intención, sean librados más rápidamente del purgatorio que los pobres que no han podido dejar nada o casi nada; pues esos pobres, teniendo quizá menos deudas con la Justicia divina, puede ser que hayan sido mejores cristianos y participen más del fruto de las Misas dichas por todos los difuntos y del fruto general de cada Misa.

Finalmente, el sacrificio de la Misa nos obtiene los bienes espirituales y temporales necesarios o útiles para nuestra salvación.  Así, conviene, como lo recomendó el Papa Bene-dicto XV, celebrar Misas para obtener la gracia de una buena muerte, que es la gracia de las gra-cias, de la que depende nuestra salvación eterna.

Conviene que al asistir a Misa, nos unamos, con gran espíritu de fe, de confianza y de amor, al acto interior de oblación que perdura siempre en el Corazón de Cristo. Mientras más nos unamos así a Nuestro Señor en el momento de la Consagración, la esencia del sacrificio de la Misa, mejor será nuestra Comunión, que es una perfecta participación en ese sacrificio.

Ofrezcamos igualmente las contrariedades cotidianas; será la mejor manera de llevar nuestra cruz, tal como el Señor lo ha pedido. ¡Quiera Dios que tengamos el pensamiento y la fortaleza de renovar esta oblación en el momento de nuestra muerte, de unirnos entonces, por medio de un gran amor, a las Misas que se celebrarán, al sacrificio de Cristo perpetuado en el altar! ¡Podríamos hacer así, del sacrificio de nuestra vida, una oblación de adoración reparadora, de súplica y de acción de gracias, que sea verdaderamente el preludio de la vida eterna!

Los fieles que poco a poco, dejan de asistir a Misa pierden progresivamente el sentido cristiano, el sentido de las cosas superiores y de la eternidad. Hay que encomendar las parroquias y las comunidades donde no se celebra Misa sino de tarde en tarde a aquellos santos del cielo que recibieron el carácter sacerdotal, en particular al alma del Santo Cura de Ars, para que desde arriba, vele sobre los rebaños sin pastor, para que interceda y obtenga a los agonizantes que no son asistidos la gracia de la buena muerte. Hay que pensar en ello a menudo al asistir al santo Sacrificio, y puesto que cada Misa tiene un valor infinito, hay que pedir que ésa a la que asistimos resplandezca allí donde ya no se celebra, donde poco a poco se pierde la costumbre de asistir a ella. Pidamos a Nuestro Señor que haga germinar vocaciones sacerdotales en esos medios; pidámosle sacerdotes, santos sacerdotes, cada día más conscientes de la grandeza del sacerdocio de Cristo, para que sean sus celosos ministros que solo vivan para la salvación de las almas. En los periodos turbulentos la Providencia envía innumerables santos; por eso es necesario pedir al Señor que envíe al mundo santos que tengan la fe y la confianza de los Apóstoles.”

                Pase esta información a otra persona. Distribúyalo dondequiera incluso bajo las puertas para que la gente se alimente de la doctrina católica. Ayudar a su prójimo es obra de caridad. Dios se lo pagará. San francisco  de Sales que convirtió 72 000 protestantes decía:

“ El grado supremo de la caridad cristiana es preocuparse de la salvación del prójimo” .Hoy millones de católicos viven en una ignorancia tremenda que los hace candidatos para las sectas que los buscan sin descansar. Por amor a Dios trabajemos para defender a nuestros hermanos católicos que están en peligro.

 

 

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5 junio 2010 6 05 /06 /junio /2010 06:21

MISA DE SIEMPRE, O MISA DE PABLO VI
¿Cuál elegir? Un problema de conciencia

  

missa tridentina 502  
     

Presentamos a nuestros lectores un texto
del Padre Jean-Michel Gomis dividido en tres partes,
publicado en parte en la Revista “Iesus Christus”:


I. ¿Qué es la Santa Misa?
II. Formación del Rito Romano tradicional, llamado “Misa de San Pío V”
III. Formación del Novus Ordo Missæ, llamado “Misa de Pablo VI”.

¿RUPTURA O CONTINUIDAD?

El 7 de julio de 2007 el Papa Benedicto XVI publicaba el Motu proprio Summorum Pontificum. Este documento reafirmaba una verdad constantemente negada a lo largo de los cuarenta últimos años, por la que fue perseguido Monseñor Lefebvre, muchos sacerdotes y fieles: la no abrogación del rito romano tradicional, llamado también “Misa de San Pío V”, y la posibilidad para cada sacerdote de celebrar en este rito. Pero al mismo tiempo que alegraba a los hijos de Monseñor Lefebvre por este restablecimiento de la verdad, provocó también graves críticas de los mismos.(1) ¿Se podía igualar, o más bien subordinar, la Misa de siempre (llamado “Rito extraordinario” en el documento, o sea de uso excepcional) a la “Misa de Pablo VI” (llamado Rito “ordinario”, esto es, de uso habitual)? ¿Cómo no quedarse perplejo al ver a Benedicto XVI, en la Carta que acompañaba el Motu proprio, hablar del “valor y santidad del nuevo rito” y decir que “no hay ninguna contradicción entre una y otra edición del Missale Romanum. En la historia de la Liturgia hay crecimiento y progreso pero ninguna ruptura”? (2)

Sin embargo, en 1969, unas semanas después de la promulgación del Novus Ordo Missæ, los Cardenales Ottaviani (en aquel entonces Pro-prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe) y Bacci no dudaban en escribir a Pablo VI: “El nuevo Ordo Missae, si se consideran los elementos susceptibles de apreciaciones muy diversas, que aparecen sobreentendidos o implícitos, se aleja de manera impresionante, tanto en el conjunto como en los detalles, de la teología católica de la Santa Misa, tal como fue formulada en la XXIIª sesión del Concilio de Trento”.(3) Este Novus Ordo consuma una “grave fractura” (4) y “es evidente que ya no quiere seguir expresando la fe de Trento. A esta fe, sin embargo, están vinculadas para siempre las conciencias de los católicos. Por consiguiente, después de promulgado el Novus Ordo, el verdadero católico, de cualquier condición u orden, se encuentra en la trágica necesidad de optar entre cosas opuestas entre sí”.(5) La afirmación de una ruptura doctrinal entre el rito nuevo y el tridentino no podía ser más clara.

Con el presente estudio queremos poner de manifiesto los fundamentos de esta grave afirmación, y recordar cuál debe ser, a la luz de la doctrina perenne de la Iglesia, el juicio doctrinal y la actitud práctica del católico respecto a la “Misa de Pablo VI”. Dividiremos nuestro estudio en tres partes: después de recordar la doctrina católica sobre el Sacrificio de la Misa, resumiremos el desarrollo histórico del rito romano hasta San Pío V, dejando para el final el estudio propiamente dicho del Novus Ordo Missæ o “Misa de Pablo VI” .(6)

Primera Parte:
¿Qué es la Santa Misa?

En el Catecismo de San Pío X leemos que “la Santa Misa es el Sacrificio del Cuerpo y Sangre de Jesucristo, que se ofrece sobre nuestros altares bajo las especies de pan y de vino en memoria del Sacrificio de la Cruz. (…)(7) El Sacrificio de la Misa es sustancialmente el mismo de la Cruz (…)” . Por lo tanto, para comprender la esencia de la Santa Misa –en la medida que se puede comprender, ya que los misterios de fe no se pueden comprender perfectamente, sino más bien exponer y delimitar–, es necesario definir la noción de sacrificio en general y la esencia del Sacrificio de la Cruz.

A. ¿QUÉ ES UN SACRIFICIO?

En el siglo XIII, Santo Tomás no dudaba en afirmar que “en cualquier época y en cualquier nación los hombres ofrecieron siempre sacrificios”.(8) Sin embargo, nuestra época irreligiosa, marcada por la pérdida del sentido de Dios y su reemplazo por el culto al hombre, desconoce la misma noción de sacrificio. Inspirándose de la doctrina del Doctor Común,(9) el Catecismo de San Pío X enseña que “el sacrificio en general consiste en ofrecer una cosa sensible a Dios y destruirla de alguna manera en reconocimiento de su supremo dominio sobre nosotros y sobre todas las cosas”.(10) Expliquemos los elementos de esta definición.

1. ¿A quién se ofrece el sacrificio, y para qué?

El destinatario del sacrificio es necesariamente Dios (el Dios verdadero o un dios falso); el sacrificio es por naturaleza un acto de adoración. Es la oblación “de algo exterior como testimonio de nuestra sumisión a Dios”.(11) Con este espíritu, el pagano Traseas en el siglo Iº, condenado por Nerón a abrirse las venas, rociaba la sala con su sangre para ofrecerla en libación a Júpiter (considerado por los romanos como el dios supremo): quería manifestar que su vida sólo le pertenece a Dios, y que nadie más puede disponer de ella.

Además de la adoración el sacrificio puede tener otros fines:

- La acción de gracias (en griego: “eucaristía”). Se trata de agradecer a Dios por los beneficios recibidos. Por ejemplo, los romanos celebraban las victorias importantes entrando triunfalmente en Roma y yendo al templo para ofrecer sacrificios. En el Antiguo Testamento, el sacrificio del cordero pascual conmemoraba el fin de la cautividad de Egipto y el paso del Mar Rojo.(12)

- El pedido o impetración. Se ofrece el sacrificio con el fin de pedir algunos beneficios. En China, por ejemplo, los emperadores de la dinastía Ming iban tres veces al año al Templo de Pekín para ofrecer animales en sacrificio, pidiendo la lluvia y la protección para gobernar durante un año.

- La expiación o satisfacción. Se trata de implorar el perdón divino y ofrecer víctimas para reparar las faltas cometidas. Estos sacrificios se encontraban tanto en los ritos paganos como judíos. Un sacrificio por el pecado se ofrecía todos los días en la religión del Antiguo Testamento, y una vez al año tenía lugar el sacrificio incruento del chivo expiatorio: cargándolo con todos los pecados de Israel, se lo expulsaba al desierto.(13) Estos sacrificios tenían por finalidad hacer a Dios favorable y propicio a los hombres, de manera que escuche sus súplicas. Por eso se habla también de propiciación.

2. ¿Quién lo ofrece?

Los pueblos siempre nombraron a algún encargado para ofrecer a Dios el sacrificio: el sacerdote. El sacerdote es mediador, esto es, el representante de los hombres ante Dios, y a la vez el representante de Dios ante los hombres. Generalmente es consagrado durante una ceremonia ritual particular, como lo vemos en el caso del sacerdocio judío del Antiguo Testamento.(14)

3. La acción sacrificial: una oblación, con destrucción de la realidad ofrecida.

El sacrificio consiste en una oblación, cruenta o incruenta, “signo del sacrificio interior espiritual, con que el alma se ofrece a sí misma a Dios”.(15) La oblación incluye la destrucción de la víctima, para manifestar el soberano dominio de Dios sobre la creación. Generalmente se presentaban oblaciones cruentas (con efusión de la sangre) en el caso de los sacrificios de expiación y propiciación: con su pecado, el hombre había merecido la muerte y la ira divina. La inmolación del animal reemplazaba la del pecador, manifestando que el hombre reconocía la gravedad de su culpa y su deseo de repararla.

4. La realidad ofrecida: la víctima.

Las realidades ofrecidas en sacrificios fueron muy variadas a lo largo de la historia: objetos, alimentos, animales, y hasta… personas humanas. Asombra ver que casi todos los pueblos de la Antigüedad cayeron en las prácticas abominables del sacrificio humano: aztecas, babilonios, romanos, griegos, habitantes de la India, beduinos, celtas… ofrecieron sus hijos o –más a menudo– sus presos a los dioses.

B. EL SACRIFICIO DE LA CRUZ

Hemos aclarado brevemente la noción de sacrificio, primer paso necesario para seguir adelante con nuestro estudio. Puesto que el Sacrificio del Altar es “sustancialmente el mismo de la Cruz”, en el paso siguiente tenemos que exponer lo que nos enseña la doctrina católica sobre la Pasión de de Jesús. ¿En qué la Pasión fue un sacrificio, y cómo se encuentra en ella la esencia del sacrificio?

1. ¿Fue la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo un sacrificio?

Con unanimidad, la Tradición enseña que “la muerte de Cristo fue sacrificio gratísimo a Dios”.(16) El Concilio de Trento (Ses. XXII, cap.1º) describe de esta manera el drama del Viernes Santo: “El Dios y Señor nuestro [Jesucristo], se ofreció una sola vez a sí mismo a Dios Padre en el altar de la cruz, con la interposición de la muerte, a fin de realizar para ellos [los que habían de ser santificados] la eterna redención”. Veamos cómo esta descripción contiene los elementos esenciales del sacrificio, tal como los vimos en los párrafos anteriores.

2. Destinatario y fines de la Pasión de Cristo.

El destinatario de la Pasión fue “Dios Padre”. El motivo esencial por el que Jesús se entregó a la Pasión fue el amor al Padre: “(Cristo) padeció por amor del Padre, según las palabras del Evangelio según San Juan (14, 31): «Para que sepa el mundo que amo al Padre, y que obro según el mandato que el Padre me dio, levantaos, vámonos de aquí», a saber, al lugar de la Pasión”.(17) Por razón de la perfección del alma y de las virtudes de Jesús, este acto de caridad incluía necesariamente la adoración y gratitud.

Sin embargo el fin esencial de la Pasión fue alcanzar la “eterna redención”. Sobre la Cruz Jesús expió nuestros pecados –“nos amó y nos limpió de nuestros pecados por la virtud de su sangre” (18)– y se ofreció como propiciación por nosotros –“hemos sido reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (19)–, pidiendo por todos los hombres el perdón y la vida eterna –“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” –(20). Por tanto, es manifiesto que los fines de la Pasión corresponden con los fines de un verdadero sacrificio.

Hay que notar que el Sacrificio de la Cruz fue perfectísimo y alcanzó sumamente la expiación y propiciación por los pecados del género humano: “Cristo, al padecer por caridad y por obediencia, presentó a Dios una ofrenda mayor que la exigida como recompensa por todas las ofensas del género humano. Primero, por la grandeza de la caridad con que padecía. Segundo, por la dignidad de su propia vida, ofrecida como satisfacción, puesto que era la vida de Dios y del hombre. Tercero, por la universalidad de su Pasión y por la grandeza del dolor asumido (…). Y, por tal motivo, la Pasión de Cristo no fue sólo una satisfacción suficiente, sino también superabundante por los pecados del género humano, según aquellas palabras de San Juan (I Jn. 2,2): «Él es víctima de propiciación por nuestros pecados; y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero»”.(21)

3. El sacerdote y la víctima: el mismo Cristo.

En el Sacrificio de la Cruz, el sacerdote y la víctima son uno solo: el mismo Jesús. Lo afirma claramente el Concilio de Trento – “El Dios y Señor nuestro [Jesucristo], se ofreció una sola vez a sí mismo a Dios Padre en el altar de la cruz”– y lo repite muchas veces la Sagrada Escritura: “Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima a Dios cual incienso (de olor) suavísimo” (22); “Yo soy el buen Pastor (…) y pongo mi vida por mis ovejas”.(23)

Se puede decir con toda verdad que Jesús se inmoló a sí mismo porque dejó que los judíos y romanos lo mataran, mientras, siendo Dios, lo podía impedir: “Cristo fue causa de su Pasión y muerte, porque pudo impedirlas. En primer lugar, conteniendo a sus enemigos, de modo que o no quisiesen o no pudiesen matarle. En segundo lugar, porque su espíritu tenía poder para conservar la naturaleza de su cuerpo, de suerte que no recibiera ningún daño. Tal poder lo tuvo el alma de Cristo porque estaba unida al Verbo de Dios en unidad de persona (…) Por consiguiente, al no rechazar el alma de Cristo ningún daño inferido a su cuerpo, sino queriendo que su naturaleza corporal sucumbiese a tal daño, se dice que entregó su espíritu o que murió voluntariamente”.(24)

4. La acción sacrificial: oblación cruenta de los sufrimientos y vida de Jesús.

El mismo Jesús “en la Cruz se ofreció como víctima inmaculada a Dios”,(25) por caridad y obediencia al Padre eterno. Derramó hasta la última gota de su sangre para manifestar la perfecta expiación de los pecados que iba a alcanzar su muerte.

Por tanto, la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo cumple perfectamente con la esencia de un sacrificio: Jesús, Sumo Sacerdote, se ofreció a sí mismo como víctima, derramando su sangre hasta la última gota para alcanzarnos la vida eterna. Nos queda por ver cómo la Santa Misa renueva el Sacrificio del Viernes Santo.

C. EL SACRIFICIO DE LA MISA

1. ¿Es la Santa Misa un sacrificio?

La Santa Misa es un verdadero sacrificio. Es una verdad de fe definida por el magisterio de la Iglesia: “En la última Cena, la noche que era entregado, para dejar a su esposa amada la Iglesia, un sacrificio visible, como exige la naturaleza de los hombres, por el que representara aquel suyo sangriento que había una sola vez de consumarse en la cruz, y su memoria permaneciera hasta el fin de los siglos, y su eficacia saludable se aplicara para la remisión de los pecados que diariamente cometemos… Jesús ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y vino, y bajo los símbolos de esas mismas cosas los entregó, para que los tomaran, a sus Apóstoles, a quienes entonces constituía sacerdotes del Nuevo Testamento, al mismo tiempo que les intimaba la orden, tanto a ellos como a sus sucesores en el sacerdocio, de que renovasen la oblación”. (26)

Ya hemos citado la definición de la Misa del Catecismo de San Pío X: “La Santa Misa es el Sacrificio del Cuerpo y Sangre de Jesucristo, que se ofrece sobre nuestros altares bajo las especies de pan y de vino en memoria del sacrificio de la Cruz. (…) El Sacrificio de la Misa es sustancialmente el mismo de la Cruz (…)”.(27)

El Papa Pío XII, en su magistral encíclica Mediator Dei del 20 de noviembre de 1947, precisa las palabras de su predecesor: “El Augusto Sacrificio del altar no es, pues, una pura y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino que es un Sacrificio propio y verdadero, por el que el Sumo Sacerdote, mediante su inmolación incruenta, hace nuevamente lo que hizo en la Cruz, ofreciéndose al Padre como víctima por el ministerio del sacerdote” (nº 67; de ahora en adelante, cuando citemos esta encíclica, sólo indicaremos el número).

A la luz de estas enseñanzas, podemos establecer un compendio de la doctrina católica sobre el Santo Sacrificio del altar. Comprenderla bien es de mucha importancia para el resto de nuestro estudio.

2. ¿Qué es la Santa Misa?

a) En la Santa Misa, Jesús hace nuevamente la oblación que hizo de Sí mismo en la Cruz. “El Sacrificio de la Misa es sustancialmente el mismo que el Sacrificio de la Cruz”, “representa” el Sacrificio sangriento que se consumó en la Cruz; en los altares, Jesús “hace nuevamente lo que hizo en la Cruz, ofreciéndose al Padre como víctima”. ¿Para qué esta nueva oblación? ¿Por qué razones quiso Jesús instituir el Sacrificio del Altar?

Además de la necesidad natural que tiene el hombre de manifestar su dependencia para con Dios por medio del sacrificio, son dos las principales razones de la institución del Sacrificio de la Misa por el Salvador:

- Perpetuar el recuerdo de nuestra Redención. Se puede decir que, sin la Misa, el recuerdo del Sacrificio de Cristo en el Calvario se hubiera perdido. El Redentor quiso que el hombre jamás pudiera olvidarse de que “así amó Dios al mundo: hasta dar su Hijo único, para que todo aquél que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna”.(28) La Misa es el gran memorial de la Pasión.

- Aplicarnos diariamente la salvación merecida por Jesucristo sobre la Cruz. Es el aspecto más esencial del Sacrificio de la Misa, que vamos a detallar en el párrafo siguiente.

b) Destinatario y fines de la Santa Misa. Siendo un “sacrificio propio y verdadero”, la Santa Misa se dirige necesariamente a Dios. Alcanza perfectamente los cuatro fines del sacrificio:

- La adoración: “El (fin) primero es la glorificación del Padre Celestial. Desde su nacimiento hasta su muerte, Jesucristo ardió en el celo de la gloria divina; y desde la Cruz, la inmolación de su Sangre subió al cielo en olor de suavidad. Y para que este himno jamás termine, los miembros se unen en el Sacrificio Eucarístico a su Cabeza divina, y con Él, con los Ángeles y Arcángeles, cantan a Dios alabanzas perennes, dando al Padre Omnipotente todo honor y gloria” (Mediator Dei, nº 70).

- La acción de gracias: “El segundo fin es dar gracias a Dios. El Divino Redentor, como Hijo predilecto del Eterno Padre, cuyo inmenso amor conocía, pudo dedicarle un digno himno de acción de gracias. Esto es lo que pretendió y deseó, «dando gracias», en la última Cena, y no cesó de hacerlo en la Cruz, ni cesa jamás en el augusto Sacrificio del Altar, que precisamente significa acción de gracias o acción eucarística” (nº 71).

- El pedido: “El hombre, hijo pródigo, ha malgastado y disipado todos los bienes recibidos del Padre Celestial, y así se ve reducido a la mayor miseria y degradación; pero desde la Cruz, Jesucristo «ofreciendo plegarías y súplicas con potente clamor y lágrimas... fue escuchado en vista de su actitud reverente». De igual manera en los sagrados altares ejerce la misma eficaz mediación, a fin de que seamos colmados de toda clase de gracias y bendiciones” (nº 73).

- La expiación, propiciación y reconciliación: “Nadie, en realidad, sino Cristo, podía ofrecer a Dios Omnipotente una satisfacción adecuada por los pecados de la humanidad. Por eso quiso Él inmolarse en la Cruz, «víctima de propiciación por nuestros pecados, y no tan sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo». Asimismo se ofrece todos los días sobre los altares por nuestra redención, para que, libres de la condenación eterna, seamos acogidos en la grey de los elegidos. Y esto no solamente para nosotros, los que vivimos aún en esta vida mortal, sino también para todos los que descansan en Cristo” (nº 72). Detallemos un poco más este aspecto de la Sacrificio del Altar.

c) La Santa Misa aplica diariamente los méritos de Jesús durante su Pasión. El Viernes Santo, “elevado entre el cielo y la tierra, (Jesús) ofreció su vida en sacrificio para salvarnos, y de su pecho atravesado hizo brotar en cierto modo los Sacramentos que distribuyen a las almas los tesoros de la Redención” (nº 18). “El augusto Sacrificio del Altar es un insigne instrumento para distribuir a los creyentes los méritos que brotan de la Cruz del Divino Redentor” (nº 78). Mediante este sacrificio, “se nos aplica la eficacia saludable de la Cruz, para remisión de nuestros pecados cotidianos” (nº 74).

Con Santo Tomás de Aquino, la Iglesia siempre creyó que “en este sacramento se recuerda la Pasión de Cristo en cuanto que su efecto se comunica a los fieles”. (29) “Por este sacramento nos hacemos partícipes de los frutos de la Pasión del Señor”.(30) Por eso en una oración secreta dominical se dice: “Siempre que se celebra la memoria de esta víctima, se consigue el fruto de nuestra redención”.(31) Para resumir, se puede decir que el sacrificio de la Cruz lo merece todo y no aplica nada; el Sacrificio de la Misa no merece nada sino que lo aplica todo.

d) Objeción protestante: Si se necesita la Misa para aplicarnos los méritos de la Pasión de Cristo, entonces ¿habrá que decir que el Sacrificio de la Cruz fue imperfecto? “¡Blasfemia abominable! –dice Lutero–, que contradice a San Pablo cuando afirma la perfección del Sacrificio del Calvario”. Escuchemos a Pío XII responder al heresiarca: “El Apóstol de los Gentiles, al proclamar la superabundante plenitud y perfección del Sacrificio de la Cruz, declara que Cristo, con una sola ofrenda, hizo perfectos para siempre a los que ha santificado.(32) En efecto, los méritos de este Sacrificio, como infinitos e inmensos que son, no tienen límites, y se extienden a todos los hombres en cualquier lugar y tiempo, porque en él el Sacerdote y la Víctima es el Dios Hombre (…) Sin embargo (…) es menester que Cristo, después de haber rescatado al mundo al precio valiosísimo de Sí mismo, entre, en la posesión real y efectiva de las almas. De aquí que, para que se lleve a cabo y sea grata a Dios la redención v salvación de todos los individuos y de las generaciones venideras hasta el fin de los siglos, es de necesidad absoluta que entren todos en contacto vital con el Sacrificio de la Cruz y así les sean transmitidos los méritos que de él se derivan. Se puede decir que Cristo ha construido en el Calvario una piscina de expiación y salvación que elevó con la Sangre por Él derramada; pero si los hombres no se sumergen en sus aguas y no lavan en ellas las manchas de sus culpas, no pueden ser purificados ni salvados” (nº 75). “Lejos de disminuir la dignidad del Sacrificio cruento, hace resaltar, como afirma el Concilio de Trento, su grandeza y pregona su necesidad. Al ser renovado cada día, nos advierte que no hay salvación fuera de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (nº 78).

e) Quien ofrece el Sacrificio de la Misa: el mismo Jesús, por el ministerio del sacerdote. Entre el sacrificio del Calvario y el Sacrificio de la Misa “idéntico, pues, es el Sacerdote, Jesucristo, cuya sagrada persona es representada por su ministro. Éste, en virtud de la consagración sacerdotal que ha recibido, se asemeja al Sumo Sacerdote, y tiene el poder de obrar en virtud y en la persona del mismo Cristo (33); por eso, con su acción sacerdotal, en cierto modo, presta a Cristo su lengua y le ofrece su mano” (nº 68). En la Misa el sacerdote es el instrumento que el Salvador utiliza para renovar su propio sacrificio.

f) La acción sacrificial. Consiste en una inmolación incruenta con la que Jesús ofrece su Cuerpo y su Sangre en memoria de su Sacrificio en la Cruz, el Viernes Santo. Dicha inmolación es incruenta a causa del estado actual de inmortalidad de Jesús, presente realmente bajo las sagradas especies. La consagración separada del pan y del vino significa la separación del cuerpo y de la sangre de Jesús el Viernes Santo. Es importante recordar que Jesús se ofrece real y actualmente en cada Misa. Lo hace de dos maneras:

- Comunicando a su ministro la virtud de operar la transubstanciación, que convierte la sustancia del pan en su Cuerpo y la del vino en su Sangre;

- Ofreciéndose actualmente desde la gloria del cielo, como lo recuerda el Papa Pío XI en la encíclica Quas Primas: “Cristo, como Sacerdote, se ofreció y sigue ofreciéndose diariamente como víctima por nuestros pecados”.

g) Cuál es la víctima: el mismo Jesús, presente realmente, por transubstanciación, bajo las especies del pan y del vino. Entre el Sacrificio de la Cruz y el del altar, “idéntica es la víctima, es a saber, el Redentor Divino, según su naturaleza humana y en la verdad de su Cuerpo y su Sangre” (nº 69). Durante la Santa Misa, por el ministerio del Sacerdote, Jesús se hace realmente presente, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Esta presencia real, y no solamente simbólica o espiritual, se opera por transubstanciación: cuando el sacerdote pronuncia las palabras consagratorias, toda la sustancia del pan se convierte en el Cuerpo de Jesús, y toda la sustancia del vino se convierte en su Sangre, de manera que después de la consagración sólo subsisten las especies del pan y vino: gusto, color, olor, apariencias, etc.

h) Diferencias entre el Sacrificio de la Cruz y el del altar: El Sacrificio de la Misa es sustancialmente el mismo que el Sacrificio de la Cruz: el mismo sacerdote (Jesús) ofrece la misma Víctima (el mismo Jesús) al Padre eterno por los mismos fines de adoración, acción de gracias, pedido y expiación. Sólo difieren en tres aspectos:

- En cuanto al modo de oblación: El Viernes Santo, la oblación fue cruenta, con efusión de sangre; en la Misa la oblación es incruenta.

- En cuanto al ministro: Durante la Pasión, Jesús se ofreció personalmente, sin intermediario ni instrumento. En la Misa, actúa y se ofrece por el ministerio del Sacerdote.

- En cuanto al fruto del Sacrificio: La oblación de Jesús durante la Pasión mereció todas las gracias de salvación para todos los hombres de todas las épocas. El Sacrificio de la Misa aplica a cada alma en particular el tesoro de méritos de la Pasión.

CONCLUSIÓN: SUMA IMPORTANCIA DEL SACRIFICIO DE LA MISA

Después de haber recorrido la doctrina católica sobre la Santa Misa, comprendemos algo de la gran importancia del Sacrificio de la Misa con relación a la salvación de los hombres. Los Papas y los Santos no se cansaron de hablar del lugar esencial que tiene el Sacrificio del Altar en la vida cristiana: “El Misterio de la Sagrada Eucaristía, instituido por el Sumo Sacerdote, Jesucristo, y por orden suya constantemente renovado por sus ministros, es el punto culminante y como el centro de la religión cristiana” (nº 65); “tiene la máxima eficacia de santificación” (nº 26); es “el acto fundamental del culto divino” y “en él se ha de hallar necesariamente la fuente y el centro de la piedad cristiana” (nº 199) “Conviene (…) que todos los fieles se den cuenta de que su principal deber y su mayor dignidad consiste en la participación en el Sacrificio Eucarístico” (nº 79).

La Santa Misa derrama sobre las almas los tesoros de la Redención. Sin la gracia no hay salvación. Sin la Misa no hay gracia. A menudo las almas desconocen y no tienen conciencia de esta realidad sumamente importante, de la que depende su destino eterno. Pero el enemigo más encarnizado de las almas, el ángel de las tinieblas, conoce muy bien la importancia del Sacrificio del Altar: “La Misa es lo más bello y hermoso que tiene la Iglesia (…) Por eso el demonio siempre buscó privar al mundo de la Misa, por medio de los herejes, haciendo de ellos precursores del anticristo” (San Alfonso de Ligorio). (34)

Terminemos esta parte con unas palabras de un gran amante de la Misa, Monseñor Lefebvre: “Jamás llegaremos a comprender en profundidad el gran misterio de la Misa”. “Debemos persuadirnos de que la Misa no es sólo el acto religioso más importante, sino la fuente de toda la doctrina católica, la fuente de la fe, de la moral individual, familiar, social. De la Cruz continuada sobre el altar descienden todas las gracias que permiten a la sociedad cristiana vivir, desenvolverse; secar la fuente significa extinguir todos los efectos”.(35)



NOTAS:
(1) Monseñor Fellay, Superior General de la FSSPX, decía después del Motu proprio: “Es clarísimo que alrededor de la Misa se juega gran parte de la crisis de la Iglesia. Dos misas, dos teologías, dos espíritus. Por medio de la nueva misa se inoculó en todas las venas del Cuerpo Místico un nuevo espíritu, “el espíritu del Vaticano II”. En cambio, la Misa tradicional irradia el Espíritu católico” (Carta a los amigos y benefactores nº 71). Para un estudio detallado del Motu Proprio “Summorum Pontificum”, se podrán leer los artículos publicados en la revista Sí Sí No No de noviembre 2007 (El motu propio sobre la Misa tradicional) y de marzo 2009 (¿Qué consecuencias se derivan del Motu propio sobre la Misa tradicional?).
(2) Carta de Benedicto XVI acompañando el Motu Proprio Summorum Pontificum, del 7 de julio de 2007.
(3) Carta de presentación del “Breve Examen crítico del Novus Ordo Missæ”, Card. Ottaviani y Bacci, Corpus Christi 1969.
(4) Carta de presentación del “Breve Examen crítico del Novus Ordo Missæ”, Card. Ottaviani y Bacci, Corpus Christi 1969.
(5) “Breve Examen crítico…”, nº VI.
(6) He aquí las principales fuentes que usaremos a lo largo de nuestro estudio: 1) “La Misa nueva”, Louis Salleron, Iction (1978); 2) “El movimiento litúrgico”, R. P. Bonneterre, Iction (1982); 3) “La messe a-t-elle une histoire?”, Ediciones del M.J.C.F. (1997); 4) “Breviario sobre la Hermandad San Pío X”, Cuaderno Fides nº7 (1998); 5) “Marcel Lefebvre une vie”, Ediciones Clovis (2002); 6) “El Drama litúrgico”, Augusto del Río, editoriales Santiago Apóstol y Teodicea (2008); 7) Revista “Sí Sí No No” de habla española; 8) “Un grave problema de conciencia”, suplemento a la Revista “Iesus Christus” nº 60.
(7) Catecismo Mayor de San Pío X, pregunta nº 655-656.
(8) IIa IIae, c. 85, a.1, s.c.
(9) IIa IIae, c.85.
(10) Catecismo Mayor de San Pío X, pregunta nº 653.
(11) IIa IIae, c.85, a.4.
(12) Éxodo, 12.
(13) Levítico, 16, 10.
(14) Éxodo, 29.
(15) IIa IIae, c.85, a.2.
(16) IIIª c.47, a.2.
(17) IIIª c.47, a.2.
(18) Apocalipsis, 1, 5.
(19) Romanos, 5, 10.
(20) San Lucas, 23, 34.
(21) IIIª c. 48, a.2.
(22) Efesios, 5, 2.
(23) San Juan, 10, 14-15.
(24) IIIª c. 47, a.1.
(25) Pío XII, Mediator Dei (1947) nº 1.
(26) Concilio de Trento, Ses. XXII, cap. 1º.
(27) Catecismo Mayor de San Pío X, pregunta nº 655-656.
(28) San Juan, 3, 16.
(29) IIIª c. 83 a.2 ad 1um.
(30) IIIª c. 83 a.1.
(31) Secreta del IXº Domingo después de Pentecostés.
(32) Hebreos, 10, 14.
(33) IIIa, c. 22, art. 4.
(34) Oeuvres du Bx Alphonse de Liguori, 1827, p. 182.
(35) Un Obispo habla, ed. Nuevo Orden (1977), p. 134 y 116.

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23 noviembre 2009 1 23 /11 /noviembre /2009 19:38
        

He aquí un texto resumido del teólogo romano R. Garrigou-Lagrange O.P. que en su obra  El Salvador y su amor por nosotros, nos habla de la excelencia y eficacia de la santa Misa (Colección Patmos, ed. Rialp, Cap. XIV).

“Jesucristo, Salvador nuestro, es el Sacerdote principal del sacrificio de la Misa. La oblación interior, que fue el alma del sacrificio de la Cruz, per-dura siempre en el Corazón de Cristo que quiere nuestra salvación. Él mismo ofrece todas las Misas que se celebran cada día. ¿Cuál es el valor de cada una de esas Misas? Es importante tener una idea justa, para unirse cada día al santo Sacrificio y recibir más abundantes frutos.

En la Iglesia se enseña comúnmente que el sacrificio de la Misa considerado en sí mismo tiene un valor infinito, pero que el efecto que produce en nosotros es siempre finito, por elevado que sea, y proporcional a nuestras disposiciones interiores. Estos son los dos puntos de doctrina que conviene explicar.

 

El sacrificio de la Misa considerado en sí mismo tiene un valor infinito

La razón estriba en que, en sustancia, el sacrificio de la Misa es el mismo que el de la Cruz, el cual tiene un valor infinito a causa de la dignidad de la Víctima ofrecida y del Sacerdote que la ha ofrecido, pues es el Verbo hecho hombre quien, en la Cruz, era al mismo tiempo Sacerdote y Víctima. Es Él quien permanece en la Misa como Sacerdote principal y Víctima realmente presente, realmente ofrecida sacramentalmente inmolada. Mientras que los efectos de la Misa inmediatamente relativos a Dios, como la adoración reparadora y la acción de gracias, se producen siempre infaliblemente en su plenitud infinita, incluso sin nuestro concurso, sus efectos relativos a nosotros sólo se extienden en la medida de nuestras disposiciones interiores.

En cada Misa se ofrecen infaliblemente a Dios una adoración, una reparación y una acción de gracias de valor sin límites, y ello en razón de la Víctima ofrecida y del Sacerdote principal, independientemente de las oraciones de la Iglesia universal y del fervor del celebrante.

Es imposible adorar a Dios, reconocer mejor su soberano dominio sobre todas las cosas, sobre todas las almas, que por la inmolación sacramental del Salvador muerto por nosotros en la Cruz. Tal adoración la expresa el Gloria: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Te alabamos, Te bendecimos, Te adoramos, Te glorificamos. Esta adoración la expresa de nuevo el Sanctus y aún más la doble Consagración. Es la más perfecta realización del precepto: Adorarás al Señor tu Dios y al Él sólo servirás. Sólo la infinita grandeza de Dios merece el culto de latría. En la Misa se le ofrece una adoración en espíritu y en verdad de valor sin medida.

En el momento de la Consagración, en la paz del santuario, hay como un gran impulso de adoración que sube hacia Dios. Su preludio es el Gloria y el Sanctus, cuya belleza queda subrayada algunos días por el canto gregoriano, el más excelso, el más simple y el más puro de todos los cantos religiosos; pero cuando llega el momento de la doble Consa-gración, todos se callan: el silencio expresa a su manera lo que el canto ya no puede decir. Que el silencio de la Consa-gración sea nuestro reposo y nuestra fortaleza.

Esa adoración, que sube hacia Dios en todas las Misas cotidianas, recae, de alguna manera, como fecundo rocío, sobre nuestra pobre tierra para fertilizarla espiritualmente.

Igualmente, es imposible ofrecer a Dios una reparación más perfecta por las faltas que se cometen diariamente, como dice el Concilio de Trento. No se trata de una nueva reparación, distinta de la de la Cruz: Cristo no muere ni sufre más, pero, según el mismo Concilio, el Sacrificio del altar, siendo substancialmente el mismo que el del Calvario, agrada a Dios más que lo que le desagradan todos los pecados juntos. El imprescriptible derecho de Dios, So-berano Bien, a ser amado por encima  de todo no se podría reconocer mejor por la oblación [ofrecimiento] del Cordero [Jesucristo] que quita los pecados del mundo.(Dz 940 y 950, S. Tomás, de Aquino, Suma Teológica III, 48 2).

A menudo nos olvidamos de agradecer a  Dios sus gracias, como los leprosos curados por Jesús; de diez, sólo uno se lo agradeció. Conviene ofrecer con frecuencia Misas de acción de gracias. Por cada Misa celebrada, por la oblación y la inmolación sacramental del Salvador en el altar, Dios obtiene infaliblemente una adoración infinita, una reparación y una acción de gracias sin límite.

No olvidemos que el más alto fin del Santo Sacrificio es la Gloria de Dios. Sin embargo hay otros efectos que son relativos a nosotros. La Misa puede obtenernos todas las gracias necesarias para la salvación. Cristo, que siempre está vivo, no deja de interceder por nosotros, (Hebreos 7,25).

 

¿Cuáles son los efectos que la Misa puede producir en nosotros?

Aunque el sacrificio de la Misa tenga en sí un valor infinito, en razón de la dignidad de la Víctima ofrecida y del Sacerdote principal, los efectos que produce en nosotros son siempre finitos a causa de los límites mismos de la criatura y de los límites mismos de nuestra disposición interior.

Gran número de  teólogos, inspirándose en los textos de Santo Tomás, dicen: El efecto de cada Misa no está limitado por la voluntad de Cristo, sino tan sólo por la devoción de aquellos por los que se ofrece. Una sola Misa ofrecida por cien personas, puede  serle provechosa a cada una, del mismo modo que si hubiese sido dicha sólo por una.

La razón estriba en que la influencia de una causa universal sólo está limitada por la capacidad de los sujetos que la reciben. Así, el sol ilumina y calienta en un solo lugar tanto a mil personas como a una sola. La influencia de la Santa Misa en nosotros no está pues, limitada más que por la disposición y el fervor de quienes las reciben.

El sacrificio de la Misa, que perpetúa en sustancia el de la Cruz, es de un valor infinito para aplicarnos los méritos y las satisfacciones de la Pasión del Salvador.

Es esto lo que explica la práctica de la Iglesia, que ofrece Misas por la salvación del mundo entero, por todos los fieles vivos y difuntos, por el Soberano Pontífice, los jefes de Estado, los obispos, sin limitar sus intenciones. Actuando así, la Iglesia no piensa en modo alguno que la Misa sea menos provechosa para aquél por quien se aplica especialmente.

En la Misa Cristo sigue ofreciéndose por acto teándrico [acto divino-humano], de valor infinito para aplicarnos los frutos de su Pasión. El límite no proviene de Él, sino sólo de nosotros, de nuestras disposiciones y de nuestro fervor. Como dice Santo Tomás de Aquino, igual que uno recibe más el calor de un hogar si se aproxima a él, así nosotros nos beneficiamos tanto más de los frutos de una Misa a la que asistimos con más espíritu de fe, de confianza en Dios, de amor y de piedad.

 

La Misa facilita nuestra conversión

En tanto que nos obtiene la gracia del arrepentimiento, nos facilita el perdón de los pecados; no se dicen en vano estas palabras antes de la Comunión: Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten misericordia de nosotros. ¡Cuántos pecadores, asistiendo a Misa, han encontrado allí la gracia del arrepentimiento y la inspiración de hacer una buena confesión de toda su vida!

Por razón de que la Misa facilita el arrepentimiento, se sigue que puede ser ofrecida por pecadores incluso endurecidos e impenitentes a los que no se podría dar la Comunión. El santo Sacrificio puede obtenerles suficientes gracias de luz y de conversión. Incluso puede ser ofrecido, como el de la Cruz, por todos los hombres vivos, incluso por los infieles, los cismáticos, los herejes, siempre y cuando no se ofrezca por ellos como si fuesen miembros de la Iglesia. Con esta idea, el Padre Charles de Foucauld, eremita del Sahara [África], celebraba a menudo la Misa por los musulmanes a fin de preparar sus almas para recibir más tarde la predicación del Evangelio

 

La  Misa neutraliza al demonio

El espíritu del mal nada teme tanto como una Misa, sobre todo cuando es celebrada con gran fervor y cuando muchos se unen a ella con espíritu de fe. Cuando el enemigo del bien choca con un obstáculo insuperable, es que en una iglesia, un sacerdote consciente de su propia debilidad y de su pobreza, ha ofrecido la omnipotente Hostia y la Sangre redentora. Hay que recordar el caso de santos que, asistiendo a Misa, en el momento de la elevación del cáliz, han visto desbordarse la preciosa Sangre y deslizarse por los brazos del sacerdote, y los ángeles venir a recogerla en copas de oro para llevarla a aquellos que tienen mayor necesidad de participar en el misterio de la Redención.

 

La Misa disminuye nuestro purgatorio

El sacrificio de la Misa no sólo perdona nuestros pecados, sino la pena debida a nuestros pecados perdonados, ya se trate de vivos o muertos por quienes se ofrece el sacrificio. Este efecto es infalible; sin embargo, la pena no siempre es perdonada en su totalidad, sino según la disposición de la Providencia y el grado de nuestro fervor. Así se verifican las palabras: Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, danos la paz.

De aquí no se sigue que los difuntos que han dejado mucho dinero para que se digan numerosas Misas por su intención, sean librados más rápidamente del purgatorio que los pobres que no han podido dejar nada o casi nada; pues esos pobres, teniendo quizá menos deudas con la Justicia divina, puede ser que hayan sido mejores cristianos y participen más del fruto de las Misas dichas por todos los difuntos y del fruto general de cada Misa.

Finalmente, el sacrificio de la Misa nos obtiene los bienes espirituales y temporales necesarios o útiles para nuestra salvación.  Así, conviene, como lo recomendó el Papa Benedicto XV, celebrar Misas para obtener la gracia de una buena muerte, que es la gracia de las gracias, de la que depende nuestra salvación eterna.

Conviene que al asistir a Misa, nos unamos, con gran espíritu de fe, de confianza y de amor, al acto interior de oblación que perdura siempre en el Corazón de Cristo. Mientras más nos unamos así a Nuestro Señor en el momento de la Consagración, la esencia del sacrificio de la Misa, mejor será nuestra Comunión, que es una perfecta participación en ese sacrificio.

Ofrezcamos igualmente las contrariedades cotidianas; será la mejor manera de llevar nuestra cruz, tal como el Señor lo ha pedido. ¡Quiera Dios que tengamos el pensamiento y la fortaleza de renovar esta oblación en el momento de nuestra muerte, de unirnos entonces, por medio de un gran amor, a las Misas que se celebrarán, al sacrificio de Cristo perpetuado en el altar! ¡Podríamos hacer así, del sacrificio de nuestra vida, una oblación de adoración reparadora, de súplica y de acción de gracias, que sea verdaderamente el preludio de la vida eterna!

Los fieles que poco a poco, dejan de asistir a Misa pierden progresivamente el sentido cristiano, el sentido de las cosas superiores y de la eternidad. Hay que encomendar las parroquias y las comunidades donde no se celebra Misa sino de tarde en tarde a aquellos santos del cielo que recibieron el carácter sacerdotal, en particular al alma del Santo Cura de Ars, para que desde arriba, vele sobre los rebaños sin pastor, para que interceda y obtenga a los agonizantes que no son asistidos la gracia de la buena muerte. Hay que pensar en ello a menudo al asistir al santo Sacrificio, y puesto que cada Misa tiene un valor infinito, hay que pedir que ésa a la que asistimos resplandezca allí donde ya no se celebra, donde poco a poco se pierde la costumbre de asistir a ella. Pidamos a Nuestro Señor que haga germinar vocaciones sacerdotales en esos medios; pidámosle sacerdotes, santos sacerdotes, cada día más conscientes de la grandeza del sacerdocio de Cristo, para que sean sus celosos ministros que solo vivan para la salvación de las almas. En los periodos turbulentos la Providencia envía innumerables santos; por eso es necesario pedir al Señor que envíe al mundo santos que tengan la fe y la confianza de los Apóstoles.”

Claro todo lo que se dice en estos textos trata de Misa tradicional.
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21 mayo 2009 4 21 /05 /mayo /2009 06:27

Santo Sacrificio de la Misa





 Ponemos los siguientes videos a disposición de sacerdotes, seminaristas, religiosos, acólitos y fieles que deseen aprender o conocer la Misa de San Pío V.


























Buena difusión y buen apostolado.


                                                                            El Equipo de México y Tradición.
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17 mayo 2009 7 17 /05 /mayo /2009 07:59



ORDINARIO DE LA MISA



PRIMERA PARTE DE LA MISA



 
La primera parte de la Misa va del comienzo al Ofertorio. Es la Misa de los Catecúmenos; Sirve de preparación al Santo Sacrificio propiamente dicho.

  Nos preparamos por medio de la Oración, la Alabanza y la Instrucción.

Oraciónes: Oraciones al pie del altar. - Kirye. - Oraciones.

Alabanza: Introito. - Gloria. - Gradual. - Aleluya.

Instrucción: Epístola. - Evangelio. - (Sermón). - Credo

 El Sacerdote recita alternadamente con el monaguillo, el salmo Judica me, que expresa la tristeza, la confianza y la alegría:

  Tristeza por vivir en la tierra del exilio, en medio de un mundo corrupto y enemigo de Dios, expuestos al pecado.

  Confianza en la misericordia Dios Padre, cuyo Hijo Jesús ha muerto para expiar nuestros pecados, y que nuevamente sobre el altar nuevamente va a pedir perdón por nosotros.

  Finalmente alegría, al pensar en subir al altar, después de haber obtenido la paz de una buena conciencia.

  Este es el sentimiento de alegría que debe dominar en nosotros cada vez que asistimos a Misa. La asistencia a Misa debe ser para nosotros una dulce obligación, sobre todo los domingos.



(MISA DE LOS CATECÚMENOS)


1. - Ejercicio preparatorio



De rodillas

   Una vez que el Celebrante ha preparado el Cáliz en el altar y ha registrado el Misal, baja las gradas, hace la genuflexión al Santísimo Sacramento encerrado en el Sagrario y empieza con la señal de la Cruz, diciendo (y todos los asistentes con él):


In Nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen...


Ver el ordinario de Misa COMPLETO

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17 mayo 2009 7 17 /05 /mayo /2009 07:49

De la Santa Misa y cómo se ha de oír
por San Francisco de Sales






No te he hablado aún del sol de los Ejercicios espirituales, que es el santísimo y soberano Sacrificio de la Misa, centro de la Religión cristiana, alma de la devoción, vida de la piedad, misterio inefable que comprende el abismo de la caridad divina, por el cual, Dios, uniéndose realmente a nosotros, nos comunica con magnificencia sus gracias y favores.

La oración, unida con este divino Sacrificio, tiene una indecible fuerza, de modo que por este medio abunda el alma de celestiales favores, como apoyada sobre su amado, el cual la llena tanto de olores y suavidades espirituales, que parece una columna de humo producida de las maderas aromáticas de mirra y de incienso y de todos los polvos que usan los perfumadores, como se dice en los Cantares.

Procura, pues, con toda diligencia oír todos los días Misa para ofrecer con el sacerdote el sacrificio de tu Redentor a Dios, su Padre, por ti y por toda la Iglesia. Allí están presentes muchos ángeles, como dice San Juan Crisóstomo, para venerar este santo misterio; y así, estando nosotros con ellos y con la misma intención, es preciso que con tal compañía recibamos muchas influencias propicias. En esta acción divina se vienen a unir a nuestro Señor los corazones de la Iglesia triunfante y los de la Iglesia militante, para prendar con El, en El y por El el corazón de Dios Padre, y apoderarse de toda su misericordia. ¡Oh, qué
felicidad es para un alma contribuir devotamente con sus afectos a un bien tan necesario y apetecible!

Si por algún estorbo inexcusable no puedes asistir corporalmente a la celebración de este soberano Sacrificio, a lo menos envía allá tu corazón, asistiendo espiritualmente. Para esto, a cualquiera hora de la mañana mira con el espíritu a la Iglesia, ya que no puedes de otro modo; une tu intención con la de todos los cristianos y haz desde el lugar en que te halles los mismos actos interiores que harías si te hallases realmente presente en la iglesia al santo Sacrificio.

Para oír Misa como conviene, ya sea real, ya espiritualmente, has de seguir este método:

1. Desde el principio has que el sacerdote sube al altar prepárate juntamente con él, lo cual harás poniéndote en la presencia de Dios, reconociendo tu indignidad y pidiéndole perdón de tus defectos.

2. Desde que el sacerdote suba al altar hasta el Evangelio, considera sencillamente y en general la venida de nuestro Señor al mundo y su vida en él.

3. Desde el Evangelio, hasta concluido el Credo, considera la predicación del Salvador, protesta que quieres vivir y morir en la fe y obediencia a su santa palabra y en la unión de la Santa Iglesia Católica.

4. Desde el Credo hasta el Pater noster contempla con el espíritu los misterios de la Pasión y muerte de nuestro Redentor, que actual y esencialmente se representan en este santo Sacrificio, que has de ofrecer, juntamente con el sacerdote y con el resto del pueblo, a Dios Padre para honra suya y salvación de tu alma.

5. Desde el Pater noster hasta la Comunión, esfuérzate a excitar en tu corazón muchos y ardientes deseos de estar siempre junta y unida a nuestro Señor con un amor eterno.

6. Desde la Comunión hasta el fin, da gracias a su Divina Majestad por su encarnación, vida, Pasión y muerte, y por el amor que nos muestra en este santo Sacrificio, pidiéndole por él que te sea siempre propicio a ti, a tus parientes, a tus amigos y a toda la Iglesia, y humillándote de todo corazón recibe devotamente la bendición divina que te da nuestro Señor por medio de su ministro.

Pero si quieres tener mientras la Misa la meditación de los misterios que vas siguiendo por orden todos los días, no es necesario que te diviertas en hacer estos actos particulares: bastará que al principio hagas intención de que el ejercicio de meditación y oración que tienes sirva para adorar y ofrecer este santo Sacrificio, puesto que en cualquiera meditación se encuentran los actos arriba dichos o ya expresos, o a lo menos implícita y virtualmente.

 

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